Opinión
¿Cuándo van a pedir perdón los y las psiquiatras?

Por Andrea Momoitio
Periodista y escritora
No es que yo crea que tengo por aquí un público fiel que sigue con fervor, ni mucho menos, mis columnas. Pero si alguien me lee con cierta asiduidad es probable que sepa que hay algunas obsesiones que atraviesan mi vida: la lucha de las personas queer, la psiquiatría, la memoria histórica. Las obsesiones, como las adicciones, suelen entrelazarse. Escribo desde una cafetería del centro de Valladolid. No tiene nada del otro mundo, pero el café está bueno. No pido mucho, así que me parece un sitio perfecto para escribir mientras hago tiempo para que empiecen las jornadas de La Revolución Delirante, unas jornadas que organizan jóvenes profesionales de la salud mental. Este año han apostado por hablar de "ideología". Reconocen, como no podría ser de otra manera, que "la psiquiatría no es otra cosa que ideología. Toda ella. Y, como ideología, no es algo neutral. Fácilmente se transforma en un instrumento de dominación, de control social y de exclusión de las personas".
La psiquiatría es ideología ahora y lo ha sido históricamente. En casi todas las dictaduras del siglo XX la psiquiatría fue utilizada como instrumento de control social. Durante la dictadura y la transición españolas también funcionó como un aparato de poder. Fue mucho más que una rama médica: se convirtió en una herramienta de control social al servicio del Estado. Una pieza imprescindible en el engranaje familia-Estado-Iglesia-medicina.
Tras el golpe de Estado, el nuevo régimen necesitaba reconstruir no sólo la política, sino también la moral y el alma de la nación. En ese contexto, la psiquiatría se afianzó como un saber capaz de ordenar las conductas, normalizar los cuerpos y corregir las mentes de una generación de españoles y españolas que habían sido "contaminadas" por la ideología republicana. En los primeros años del régimen, se reorganizó todo el sistema de salud mental. Se crearon asociaciones, congresos, cátedras y revistas que presentaban la psiquiatría como una ciencia patriótica, alineada con el "Nuevo Estado". Los psiquiatras adquirieron un rol casi sacerdotal: médicos del alma nacional. Esto lo explica mucho mejor Ricardo Campos.
No se trataba, ni muchísimo menos, de tratar enfermedades, sino de purificar la nación. Figuras como Antonio Vallejo-Nágera primero o Juan José López-Ibor después encarnaron esta unión entre ciencia y poder. Su idea de que el marxismo o el feminismo eran síntomas de degeneración mental sirvió para justificar experimentos con presas republicanas y legitimar la violencia contra la disidencia política y sexual.
El engranaje de control entre familia-Estado-Iglesia-medicina se materializaba en lo macro y en lo micro. Los diagnósticos sustituyeron las sentencias. Mujeres pobres, disidentes, "rebeldes" o "viciosas" eran ingresadas sin diagnóstico clínico real, simplemente por no cumplir las normas del régimen. Esto lo saben mucho mejor María Huertas Zarco o Celia García, que afirma que "la psiquiatría se legitima en un momento en el que hace falta un control social desde la ciencia"
"La mujer", así, en singular, era uno de los emblemas de la moral nacional-católica. Su control, claro, era prioritario. Aquellas que desbordaban los límites de la buena mujer, lo tenían jodido. La psiquiatría ofreció la coartada perfecta: diagnosticar la rebeldía como enfermedad. Las mujeres libres eran amenazas que tenían que ser corregidas. El lenguaje de la ciencia legitimó el castigo: se hablaba de "curar", pero el objetivo era normalizar y domesticar. Para todo ello contaron con los manicomios y centros psiquiátricos, pero también con los centros del Patronato de Protección a la Mujer. Muchas chavalas llegaban allí de la mano de sus familias o de la policía y las monjas que las atendían trabajaban mano a mano con psiquiatras. De nuevo, familia-Estado-Iglesia-medicina. En este caso, la psiquiatría aportaba la autoridad técnica; el Patronato, la infraestructura; la Iglesia, la legitimidad moral; y la policía y la familia, la fuerza. Qué actual suena todo. Qué triste.
Durante años, la historia del franquismo se escribió desde un punto de vista masculino, político y público. Se centró en la represión ideológica —presos, fusilamientos, exilios—, pero dejó fuera las formas de represión cotidianas, sexuales y médicas. Tenemos que redefinir lo que entendemos por víctima. Ampliar el concepto de represión significa entender que la dictadura no solo se impuso con las armas y que no todas las muertas están en cunetas, sino también con diagnósticos, informes y tratamientos a los que nos cuesta muchísimo acceder.
Solo al integrar estas perspectivas podemos construir una memoria completa: una memoria que incluya a las locas, las disidentes, las maricas, las rebeldes y todas aquellas que fueron silenciadas por el poder médico y moral. Mirar hacia atrás no sirve solo para enumerar agravios, sino para asumir responsabilidades. La memoria no es un ejercicio de nostalgia, sino de justicia. Por eso, resulta inevitable preguntarse qué ha hecho la profesión psiquiátrica con todo esto. La Asociación Médica Alemana reconoció que la profesión médica participó de forma "entusiasta" en violaciones de derechos humanos bajo el régimen nazi y, en mayo de 2012, emitió una declaración de disculpa formal. La Asociación Estadounidense de Psiquiatría (APA) pidió disculpas en enero de 2021 por su papel en el apoyo al racismo estructural dentro de la psiquiatría en EE.UU.
Aquí se está tardando mucho en dar los primeros pasos. Es urgente que pidan perdón.
Comentarios de nuestros socias/os
¿Quieres comentar?Para ver los comentarios de nuestros socias y socios, primero tienes que iniciar sesión o registrarte.