Opinión
Pedro Sánchez, gafe internacional

Por David Torres
Escritor
Antes tenía mis dudas, pero ahora ya no me cabe duda ninguna. Pedro Sánchez es gafe, un gafe de esos torcidos, o peor aún, pernicioso, tal y como se definía a sí mismo José Luis Ozores en aquella película de 1959 titulada precisamente así, El gafe, para no dar lugar a equívocos. La pandemia del coronavirus, la borrasca Filomena, el volcán de La Palma, la invasión de Ucrania, la DANA de Valencia y el genocidio de Gaza son algunos de los mayores éxitos que se le atribuyen desde que entró en La Moncloa. Por supuesto, no hay relación causal alguna ni la menor evidencia científica entre el presidente del gobierno y esta continuada serie de catástrofes, pero la teoría del gafe ha sido estudiada a fondo por prestigiosos expertos de la talla de Jiménez Losantos o Los Meconios.
Es difícil rebatir estos argumentos -sobre todo si no hay ninguno-, pero cuando el mundo entero ha dado un giro radical hacia el feudalismo y los científicos las pasan canutas intentando rebatir que la Tierra es plana, lo más lógico es volver al mal de ojo, a hacer higas, rehuir gatos negros y no romper espejos. En el plano nacional, es evidente que -además de todos los efectos especiales bélicos y atmosféricos mencionados anteriormente- Sánchez nos ha traído cosas tan nefastas como la bajada del paro, los aumentos de sueldo, la subida de las pensiones y la puesta en marcha del ingreso mínimo vital, una medida pavorosa que ha provocado la ruina económica en Alemania, Francia, Noruega, Dinamarca, Luxemburgo y otros países igual de atrasados. La verdad es que estos últimos desastres no son responsabilidad exclusiva de Sánchez, sino más bien del nocivo gobierno de coalición que lidera y, en especial, de sus socios de izquierda. Mala gente.
Porque está claro que la mayor hecatombe de Pedro Sánchez fue ganar unas elecciones que tenía perdidas y hacerlo además por la mínima y en el último minuto, como en una final de baloncesto. Eso ya es imperdonable, lo que explica que cualquier método de oposición sea válido a la hora de alejar el infortunio, desde rezar rosarios a la intemperie durante meses a solicitar informes médicos sobre su salud, como hizo el otro día Cayetana Álvarez de Toledo pensando que el Parlamento era una tertulia de Sálvame Deluxe en horas bajas. Con gente de esta impecable catadura moral, capaz de aliarse incluso con el cáncer, nos va a ir a todos de puta madre.
No hay más que echar la vista atrás y ver la cantidad de buena suerte que nos trajo, por ejemplo, la presidencia de Mariano Rajoy. Por mencionar uno solo: el rescate a la banca, más de 70.000 millones de euros que pagamos a tocateja entre todos los españoles y de los que 60.000 millones, al menos, nunca más se supo. De Bárcenas a Montoro, igual que antes Matas, Rato y casi quien se les ocurra, los prebostes del PP han sido una auténtica pata de conejo para la economía española, al menos, para la suya propia. En cuanto a Aznar, no hay más que recordar que decidió embarcarse en la invasión de Irak sólo por hacerse una foto en las Azores, un regalo histórico que nos puso en el punto de mira del terrorismo islámico, que desembocó en el mayor atentado de la historia de Europa, y que Feijóo y Abascal están intentando repetir a gritos desde el gallinero.
De momento no pueden, porque el gafe de Sánchez -que acaba de provocar otra guerra en Irán- ocupa todo el centro del escenario con esas declaraciones intempestivas en las que definitivamente se ha situado en el lado incorrecto de la Historia. El lado correcto, al parecer, consiste en secuestrar presidentes, matarlos a distancia, cagarse en el orden internacional, bombardear países a traición e incendiar todo Oriente Medio. Ya es bastante extraño que el ejército israelí presuma de haber eliminado al líder supremo iraní y a medio centenar de altos mandos en menos de 24 horas, mientras que para eliminar a cuatro jefazos de Hamás necesite masacrar a docenas de miles de personas, montar campos de exterminio y arrasar Gaza hasta los cimientos. Y, años después, el Mossad todavía no sabe por dónde andan. También es mala suerte, hombre. Con toda seguridad, culpa de Pedro Sánchez.
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