Opinión
No es personal, sólo negocios
Por David Torres
Escritor
Lo normal, cuando marchan mal las cosas con la ley, es cambiar de abogado, aunque en España, si tienes mayoría absoluta, es más sencillo cambiar de juez. No obstante, para que no se le escape ni una coma, el PP ha decidido también cambiar de fiscal. Al Capone tenía que conformarse con comprar a los jurados, una táctica burda que no le valió de gran cosa, ya que es más efectivo tener controlado todo el cotarro judicial: la policía, los abogados, los secretarios, los jueces, el fiscal, el tribunal, los juzgados, los periódicos y hasta la señora de la limpieza, que a menudo hace horas extras en la prensa amiga. Si todo esto fallara (que tal y como van las cosas todo podría ocurrir) siempre les quedaría el procedimiento de cambiar de país y que los juzguen en Suiza o en Andorra.
Con tantos procesos penales abiertos, en cualquier democracia seria ya habrían abierto una metástasis del proceso de Nüremberg para sentar en el banquillo al gobierno en bloque y sus allegados. En Quantico, lo primero que habrían hecho, siguiendo los procedimientos de Ressler, es aclarar si se trata de criminales organizados o desorganizados. Según Ressler, los asesinos múltiples se dividen entre los que no dejan huellas ni pistas y los que lo dejan todo hecho un Cristo. Aquí, entre el Gürtel, las tarjetas negras, los sobresueldos y los sueldos en sobres, todo parece obedecer a una estrategia maestra de saqueo exhaustivo del país. Sin embargo, en seguida aparecen los trajes, las facturas de la peluquería a las dos de la mañana, las fotos con mafiosos y los mensajes presidenciales de apoyo a Bárcenas, y entonces la estrategia maestra se revela más bien una partida de mus. Como si Jack el Destripador fuese dejando en cada escena del crimen, sobre las tripas abiertas en canal, una tarjeta de visita.
Tras Garzón y Silva, la penúltima cabeza cortada en este apasionante thriller judicial ha sido la del Fiscal General del Estado, Eduardo Torres-Dulce, quien ha decidido dimitir antes de despertarse una mañana y encontrarse bajo las sábanas un christmas caballuno. O bien la visita extemporánea de un chiflado con un pistolón inservible y un mensaje en clave. Torres-Dulce tiene cultura cinematográfica de sobra para discernir entre las amenazas susurradas y las cabezas cortadas de cuadrúpedo. No es personal, sólo negocios.
La frase del consigliere intentaba mitigar las ansias de sangre de Sonny Corleone antes de que se lanzara sin pensar a una matanza. Contra los Tattaglia, contra Barzini, contra Moe Greene, sólo tienes las de perder, a menos que juegues al mismo juego que ellos y subas las apuestas. Después del fiasco de la consulta catalana, Torres-Dulce ha descubierto que se ha equivocado de película. Acostumbrado a las tramas detectivescas y los misterios perrunos de Sherlock Holmes, habituado a los tiroteos limpios del western, de repente se ha encontrado en un decorado de cine negro con los pies hundidos hasta el fondo en chapapote. Él se pensaba que estaba en el Oeste de John Ford, con el letrero de Fiscal General colgado en mitad del pueblo, y se le olvidó el consejo esencial de Tom Doniphon mientras sacaba el revólver: "Si cuelga ese letrero aquí, abogado, no olvide defenderlo con esto". Es muy difícil hacer de James Stewart sin un John Wayne que te cubra las espaldas. Es muy duro ser Gary Cooper solo ante el peligro. De modo que, prudentemente, ha abandonado el pueblo a manos de los cuatreros, ha dejado la estrella de sheriff sobre la mesa y ha montado otra vez en su caballo, harto de los cactus de la realidad, rumbo al espacioso travelling del crepúsculo.
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