Cuando 'Black Mirror' se hace realidad: pagar por ver humillaciones y retos extremos en directo
En la madrugada de este fin de año, el 'streamer' Sergio Jiménez Ramos, catalán de 37 años, murió durante un reto retransmitido en directo.
Simón Pérez popularizó estos retos en directo en los que consume droga o hace desafíos peligrosos.

Madrid--Actualizado a
Pagaban por verlo drogarse, beber y humillarse. Pagaban, sin saberlo, por verlo morir. Detrás de la pantalla, decenas de personas lo empujaban a esnifar una raya más. No era una escena de Black Mirror. En la madrugada de este fin de año, el streamer Sergio Jiménez Ramos, catalán de 37 años, murió durante un reto retransmitido en directo.
El suceso no ocurrió en una plataforma clandestina ni en la deep web, sino en una videollamada común de Google Meet. Por solo cinco euros -la cantidad por la que solía vender su contenido- un grupo privado de espectadores pudo haberlo visto consumir grandes cantidades de droga y alcohol en directo hasta acabar con su vida presuntamente debido a la sobredosis. Jiménez era conocido en el mundo del streaming como Sancho o Sssanchopanza y, según publicó El Periódico, estaba en tratamiento psiquiátrico.
Los Mossos han abierto una investigación para aclarar las circunstancias sobre la muerte y determinar si se pudo incurrir en algún delito.
Este se trata del primer caso en España de una muerte ocurrida durante una retransmisión en vivo de este tipo. Pero el fenómeno se ha extendido cada vez más. En agosto del año pasado, Raphaël Graven, un streamer francés, murió tras una retransmisión en la plataforma australiana Kick, marcada por insultos y agresiones constantes de los espectadores. Aún más extremo fue el caso ocurrido en Rusia en 2020, cuando un youtuber dejó morir a su novia embarazada de frío en la calle después de que sus seguidores le pagaran por ello.
Simón Pérez popularizó estos retos
Jiménez había llegado a este sector tras aparecer en los directos de Simón Pérez, un famoso streamer que lleva años consumiendo droga en directos online, haciendo retos peligrosos y jugando a casinos en la red.
El sistema que Pérez popularizó en España se basaba inicialmente en retransmitir en directo en plataformas como Kick, Dlive o Pump.fun. Sin embargo, fue expulsado de todas ellas por consumir drogas durante las emisiones y por promocionar casinos online. Ante esta situación, optó por crear grupos privados en los que los miembros, bautizados como Los Diplomáticos, pagaban entre 40 y 120 euros para acceder a los directos y a un grupo de Telegram compartido con el streamer.
Sin embargo, su vida no fue siempre así: hace una década Pérez era supuestamente un hombre de éxito. Trabajaba como director financiero de distintas compañías tras haber estudiado Administración de Empresas y varios másteres en banca y gestión. Era colaborador habitual en medios de comunicación, tenía casa, pareja y estabilidad económica.
Todo se vino abajo a raíz de su adicción a las drogas y de un vídeo publicado en 2017, protagonizado junto a Silvia Charro, en el que explicaban productos hipotecarios bajo los efectos de la cocaína. Desde entonces, su vida dio un giro radical.

En el último año, decenas de personas le han visto drogarse durante horas, lanzar una impresora por un balcón, salir disfrazado a la calle, afeitarse las cejas, atravesar el síndrome de abstinencia, actuar como un perro, beber su propia orina o restregarse una lasaña por el cuerpo. Mientras la audiencia paga por este espectáculo, él se degrada públicamente y financia su adicción. Al principio, también participaba su compañera Silvia Charro, pero ella ya dejó atrás estos retos.
En octubre, Jiménez empezó a aparecer en algunos de esos directos y en videollamadas privadas con Pérez. "Él vino aquí, vio lo que había y se abrió su grupo. Mucha gente que viene no se abre su grupo. Yo le dije que no hiciera directos, que se quitara del Telegram, que era una mierda, que iba a acabar mal. Yo no tengo ninguna culpa", aseguró Pérez en un directo posterior a la muerte.
Los streamers también recurren a plataformas abiertas como YouTube y TikTok como escaparate para atraer nuevos suscriptores a sus grupos privados. Aunque TikTok ya eliminó la cuenta de Pérez hace unos días.
Los expertos señalan que los portales digitales reaccionan tarde. "En muchos casos, estas prácticas vulneran las normas de las plataformas, pero al tratarse de contenidos en directo, las medidas se toman a posteriori, cuando el contenido se ha emitido y ha sido consumido por otros usuarios. Así, se observa que algunas cuentas o perfiles son suspendidos o eliminados", explica Sílvia Martínez, profesora de los Estudios de Ciencias de la Información y de la Comunicación de la UOC, en una publicación reciente.
Además, existen cuentas de terceros en YouTube que recopilan los "mejores momentos" de los directos privados y suben fragmentos pixelados, donde eliminan las partes más explícitas -ya que vulneran las políticas de la red social- que ya acumulan miles de visitas.
El morbo que atrae al espectador
Todo esto ocurre en un entorno digital saturado, donde millones de publicaciones compiten por captar una atención cada vez más breve. Según el informe Video Attention Span Statistics de WifiTalents Report, la duración media de visualización de un vídeo en redes sociales es de apenas 16 segundos.
En ese contexto, los creadores de contenido tienen que arriesgar más que el resto para luchar por acaparar la atención de la audiencia. Algo que en un directo se refuerza aún más para que el espectador se quede, y, sobre todo, que done dinero. "Se genera una espiral en la que hay que cruzar cada vez más límites, ofrecer algo más en la siguiente conexión, aumentando los actos destructivos o denigrantes", explica Martínez.
Por su parte, los espectadores que siguen estos retos los consideran atractivos porque producen "una mezcla de emociones intensas -morbo, tensión, sorpresa- y la interacción en tiempo real activa el mismo circuito de recompensa cerebral que otras adicciones", señala el neuropsicólogo Juan Luis García en el mismo documento de la UOC.
A esto se suma que el mundo digital y el anonimato producen una sensación de mayor impunidad. "El entorno virtual contribuye a una mayor falta de empatía, sensación de irrealidad y distanciamiento emocional que se ven impulsados por comentarios, memes o reacciones del público que minimizan la gravedad de los actos", añade Martínez.

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