Opinión
Morir a lo tonto

Por David Torres
Escritor
-Actualizado a
Esta Nochevieja, Sergio Jiménez Ramos, de 37 años, murió durante una retransmisión por videollamada en la que un grupo de espectadores iban donando dinero a cambio de que fuera esnifando rayas y trasegando whisky a manta. Dicen que llegó a meterse entre 6 y 8 gramos de cocaína en menos de dos horas. Como otros kamikazes sin oficio ni beneficio, Jiménez sobrevivía a base de humillaciones y retos virales en los que una audiencia de curiosos paga por ver cómo un pobre tipo se emborracha hasta la muerte, se atiborra de somníferos intentando no dormirse, se masturba en público o se pone a cagar en la calle. El pasado agosto, Raphaël Graven, un streamer francés, falleció cerca de Niza durante una retransmisión maratoniana de la plataforma australiana Kick en la que no dejó de recibir insultos y agresiones.
Es difícil saber qué da más pena: si alguien que -impulsado por la insensatez, la desesperación o la avaricia- decide poner en riesgo su salud, o el abominable coro de canallas y deficientes morales que lo alientan a seguir adelante. Esto último, la verdad, más que pena da asco. Como novelista, como columnista, como simple ser humano, yo intento ponerme siempre en el lugar de los demás, pero no me cabe en la cabeza qué clase de mierda podrá albergar en la cabeza un tipo capaz de preguntar si "alguien tiene el clip donde la palma". Hay gente que disfruta apedreando perros, hay gente que disfruta violando niños y hay gente que disfruta contemplando una vejación absoluta. Llamarlos animales es equivocar completamente el tiro, porque los animales no se dedican a estas cosas. Eso también es patrimonio de la humanidad, conviene no olvidarlo nunca.
Es fácil echarle la culpa a internet y a las redes sociales, pero internet y las redes sociales no son más que herramientas que agilizan y amplifican lo mejor y lo peor de nosotros. Hay youtubers estupendos que comentan libros, explican recetas de cocina o analizan partidas de ajedrez, pero también hay influencers que no son más que la versión digital del tonto de pueblo. En otras épocas, a los tontos de pueblo también se los desafiaba por diversión, a ver si eran capaces de comerse una vaca de una sentada, de beberse un litro de salfumán o de tirarse de cabeza desde lo alto de un campanario. Pongan una cámara y una conexión a internet a los palurdos que se lo pasaban en grande con estas burradas y ya tienen el antecedente directo de la muerte de Sergio Jiménez. No recuerdo si era en Mazurca para dos muertos -quizá la mejor novela que se ha escrito sobre la guerra civil española- donde Cela, con esa brutalidad descarnada que refleja lo que fue exactamente aquello, narra la historia de un parvo gallego al que fusilaron de broma, pero, claro, como el hombre era parvo, se murió de verdad.
Esto de jugarse la vida por sacarse unas perras, por buscar fortuna o por hacer el gilipollas no es nada nuevo, sólo que la tecnología permite que muchos más buitres carroñeros acudan al entierro. En 1901 Annie Edson Taylor, una maestra de escuela de 63 años, se tiró en un barril de madera por las cataratas del Niágara para asegurar su vejez y sobrevivió de milagro. Después se gastó buena parte de lo poco que había ganado contratando detectives que localizaran a su representante, que había escapado con el barril. Diez años después, el acróbata David Leach repitió la hazaña, aunque envuelto en un barril de acero.
A lo largo de los años, otros menos afortunados murieron en la caída y el más obstinado de todos fue Kirk Raymond Jones, que en 2003 salió vivo tras arrojarse únicamente con la ropa que llevaba encima y que luego se mató en 2017 por tentar dos veces a la suerte, y eso que iba protegido por una esfera de plástico inflable. Seguramente, nadie les empujaba a jugarse la vida y más de un amigo intentaría disuadirles de la locura que iban a cometer. Sin embargo, hay gente capaz de cualquier cosa por cuatro duros y cinco minutos de fama, y mucha más gente deseosa de ver cómo un semejante se quita de en medio.
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