Opinión
Pirómanos y colibríes

Por Leila Nachawati
Doctora en comunicación y conflicto, profesora en el departamento de Comunicación de la Universidad Carlos III. Autora de 'Cuando la revolución termine'.
Leo a un conocido columnista, habitual de las tertulias políticas, referirse a su trabajo como "encender fueguitos". Desayunar, darse una ducha, encender un fueguito. El fuego va variando según el día: lo de Irán, lo de Ceuta, lo de Maricarmen; el día que la desahuciaron, el día que ingresó en el hospital, el día que murió. No hay tiempo para reflexionar, no hay minutos de silencio. Hay que llenar páginas, cuotas de pantalla. Llegar con una opinión a cada tragedia, demostrar que uno tiene algo que aportar, que no se le escapa el incendio del día. Encender una nueva polémica, colocarse a contracorriente, decir lo que "no quieren que oigamos", aunque, paradójicamente, eso que supuestamente no quieren que oigamos termine saliendo en prime time y llevando al pirómano de tertulia en tertulia y de diario en diario. Solo hace falta tener la antorcha lista. Ya aparecerá el tema, lo que dé audiencia, lo que concentre la atención de hoy.
La piromanía de las palabras –simplismos, exageraciones llevadas al absurdo, insultos, burlas, deshumanización–, se ha convertido en un pasatiempo para muchos. Para algunos afortunados, incluso en un oficio, una profesión bien pagada. Que la violencia sea verbal y esté bien pagada no la hace menos violenta, menos incendiaria.
Sabemos que el lenguaje importa y que tiene la capacidad de provocar incendios. En octubre de 2025, el diario escocés The National llevó a su portada el titular "HOW GENOCIDE HAPPENED", reuniendo citas de figuras públicas israelíes como parte de un especial de cuatro páginas. Palabras como “ratas”, “animales humanos” o “no hay nadie inocente” para referirse a la población de Gaza mientras se la bombardeaba. Escribimos sobre ello aquí.
Aquí, en este lado del Mediterráneo, también hay nubes de palabras. "Traidor", “hijo de puta”, “hostiable”, “gaseable” para referirse a un presidente; cada día, en tertulias y diarios, en conciertos y en partidos de fútbol. “Invasores”, "hombres en edad de violar" en referencia a población migrante. "Parásito" o "jeta" para una mujer de 87 años con un cincuenta por ciento de discapacidad a la que echaron de su casa y acabó muriendo en un hospital. Incluso chascarrillos del nivel de "si fuera Morocarmen en vez de Maricarmen", capaces de matar dos pájaros de un tiro: insultar a una anciana desahuciada y a la población marroquí en una misma burla.
No son simples ocurrencias ni hechos aislados. Cada día sube la apuesta; un insulto más grave, una acusación más grosera, una nueva forma de convertir al otro en objeto de desprecio. Lo que estos pirómanos encienden en prime time prende después en la calle, en los autobuses, en los centros de trabajo, en los bares. Porque así funciona la impunidad. Si desde una tribuna se puede llamar "jeta" a una anciana, "hijo de puta" a un presidente o presentar a miles de migrantes como “violadores”, ¿por qué no va a repetirlo alguien en su cotidianidad? En su bar de confianza, durante el descanso del trabajo, en el gimnasio, en el grupo de WhatsApp.
Estos pirómanos que incendian con palabras prosperan al calor de otros más poderosos, más desinhibidos. Dialogan de país a país, de región a región. Se inspiran, se imitan, comprueban hasta dónde pueden llegar. Que líderes como Donald Trump conviertan el insulto y la humillación a periodistas, a candidatos de la oposición o a defensoras de derechos humanos en una forma como otra cualquiera de hacer política contribuye también a que en otros lugares resulte más fácil normalizarlo, que a lo largo y ancho del mundo se repitan las mismas fórmulas.
Y mientras tanto, los incendios más grandes avanzan. Vemos a pirómanos globales quemar colegios en Irán, campamentos de refugiados en Palestina, hospitales en Ucrania; vemos ciudades arrasadas en Yemen o Sudán, a población civil bajo las bombas, a niños y niñas que duermen entre ruinas. Los pirómanos ya no se avergüenzan de sus fechorías, sino que las exhiben, y en esto radica quizás la principal diferencia con respecto a incendios de otras épocas. Los actuales se graban, se difunden, se aplauden, a la vez que se anuncia el siguiente. Cuando no se teme el castigo, el incendio se convierte en un espectáculo que muestra lo que se puede, lo que se nos puede hacer, sin consecuencias.
En su último libro, Gaza y el destino del mundo, Santiago Alba Rico se detiene en esta mutación de nuestra relación con la violencia. Recupera Auschwitz e Hiroshima como dos formas de eliminación: la primera, horizontal, en contacto con el cuerpo del otro; la segunda, vertical, desde arriba y a distancia. Gaza combina, según el autor, ambas. Pero hay algo nuevo: vemos la violencia mientras sucede, en tiempo real. Mientras que Auschwitz se quiso ocultar, Gaza se muestra y, de tanto mostrarla, se normaliza. Alba Rico llega a plantear que si Hitler hubiera sabido las consecuencias de exhibir las atrocidades masivamente, no las habría ocultado como hechos vergonzosos, sino que habría introducido televisores en las cámaras de gas. Y advierte de otra consecuencia: no podemos mirarlo todo sin contaminarnos. No podemos pasar de un bombardeo a un vídeo de cocina, de un desahucio a un viaje a Bali, de un cuerpo bajo los escombros a la siguiente noticia, deslizando el dedo por la pantalla, sin que eso nos ensucie y nos convierta, inevitablemente, en cómplices. No podemos ver lo que vemos, oír lo que oímos, sin formar parte del incendio.
Y como vemos, oímos, y formamos parte, es urgente hacerse cargo. Que cada persona haga su parte, como pueda, donde pueda. Como el colibrí de la fábula, que sabía que una sola gota no basta y que contener el incendio es una tarea colectiva, pero no por eso dejaba de llevar y traer su gota en el pico. Quienes acampan estos días en Sol y en otras plazas del país han decidido hacer la suya, por Maricarmen y por tantas personas que sufren una injusticia cada vez más normalizada. Hay otros incendios, por todas partes, pequeños y grandes, y todos requieren manos que los contengan. Hasta que encender fuegos –o "fueguitos"- vuelva a tener consecuencias.




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