Opinión
El policía que ayudó a visibilizar dos problemas

Por Miquel Ramos
Periodista
Mucha gente se ha enterado de que los profesores valencianos están en huelga indefinida desde hace varias semanas gracias al vídeo del brutal empujón de un policía a una docente jubilada. De hecho, ha tenido más eco mediático este episodio violento que las numerosas y multitudinarias manifestaciones que han convocado los profesores, sus demandas y sus reiteradas denuncias sobre la precarización del sector. El agente de la Unidad de Intervención Policial que protagonizó los hechos ha sido, sin quererlo, un amplificador de la causa. Y ha sumado, además, un nuevo foco de atención, otro tema habitual que salpica numerosas protestas y conflictos sociales: la violencia policial, el corporativismo de las organizaciones que representan a los funcionarios del cuerpo y la exaltación del autoritarismo, la violencia y la impunidad de algunos ciudadanos, dispuestos a aplaudir lo que consideran un merecido castigo contra quienes protestan por mejorar la vida de la gente.
El profesorado valenciano lleva casi un mes en huelga para exigir mejoras en la educación pública, una reivindicación que debería interpelar a toda la sociedad y hacer saltar todas las alarmas. Ratios demasiado altas para ofrecer la atención necesaria a los niños, instalaciones ruinosas, falta de recursos, precariedad laboral, burocracias infinitas... La precarización de la escuela pública es un plan ideológico que lleva años en marcha, como sucede en otros sectores como la sanidad. Se trata de convertir el Estado del bienestar y sus pilares fundamentales en un negocio más, como el derecho a la vivienda, empujando a los usuarios a buscar alternativas privadas que, a su vez, son cada vez menos asequibles. Es el neoliberalismo en estado puro, el modelo que condena a la clase trabajadora a competir por recursos cada vez más escasos, y que engrosa a base de dinero público los beneficios de las empresas privadas que revolotean como buitres sobre las ruinas.
No sabemos si el agente que protagonizó el empujón a la profesora jubilada lleva a sus hijos a la escuela pública. Tampoco sabemos si le parece bien lo que demandan quienes cuidan y educan a nuestros hijos. Un tipo que resultó ser el jefe del dispositivo, que se supone formado para lidiar ante cualquier conflicto usando la mínima fuerza posible, y que acabó siendo retratado como un animal y provocando todavía más indignación y más mala imagen del Cuerpo. Esa acción no tiene justificación alguna. Lo sabe, igual que lo saben las organizaciones policiales y la extrema derecha que ayer salieron al unísono a defender el empujón y a vacilar a quienes lo criticaban. A la policía no se la puede criticar. Y si lo haces, ¿a quién vas a llamar cuando te pase algo?
Cada vez que surge el debate sobre los abusos policiales, supura en redes y medios un hediondo pus autoritario que los justifica. Aunque las imágenes, como en el caso de València, sean claras, siempre hay un sector dispuesto a mostrar su pulsión violenta, su crueldad y su desprecio por las mismas leyes y normas que dicen defender, incluso transgrediéndolas. En unos tiempos en los que la maldad está de moda, en los que algunos se esfuerzan por premiar ser un canalla y un nazi, es mucho más normal encontrar estos sarpullidos. Y nos vienen bien para tomar nota, para mostrar quiénes son y cómo son, y la idea que tienen de la democracia, de la convivencia y de la ley. Insisto: está muy bien que se retraten. No necesitamos exagerar ni convencer a nadie de la basura humana que son quienes celebran con odio tanta violencia. Ellos mismos lo demuestran. Pero también, lo alejados que están de las demandas por una vida mejor, por la causa que defienden nuestros docentes, que no es otra cosa que la calidad de enseñanza que reciben nuestros hijos. Directamente, se la suda.
Hay que aprovechar la cagada del policía para hablar del asunto que nos ocupa, de lo que piden los y las docentes, y de la brecha que están abriendo en el gobierno valenciano. No es la primera vez que sucede. En 2011 fue también la desmesurada actuación policial contra unos chavales de instituto lo que encendió la que se conoció como Primavera Valenciana, uno de los movimientos reivindicativos más masivos en el País Valencià que anticipó la derrota del PP. El jefe de la policía llegó a calificar a los adolescentes de ‘enemigos’ en una rueda de prensa, convirtiendo la reivindicación de los chavales en una causa común de todos los valencianos. Es lo que pasa cuando todos los actores reaccionarios se sienten impunes y eternos, que alguno de ellos siempre la caga por arrogante, y desata una ola de indignación que acaba tumbándolo.
Más allá de que al policía se le sancione con algunos días sin sueldo (pues dudo mucho que le aparten del Cuerpo para siempre), el foco, la atención, está de nuevo donde no quieren que esté: en la lucha del profesorado por los servicios públicos y en los abusos de poder. Dos temas que merecen una reflexión sobre la sociedad a la que nos dirigimos si quienes empujan el carro son los que pauperizan la educación y los que celebran la violencia como respuesta a cualquier disidencia. Porque son los mismos. Gracias, una vez más, por poner todas las cartas sobre la mesa.

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