Opinión
La postiza irreverencia de la derecha
Por Miquel Ramos
Periodista
-Actualizado a
“Prefiero a los pedófilos que a los zurdos”, decía un usuario de la red social X la pasada semana tras la publicación de los archivos del magnate Jeffrey Epstein que implicaban a varios gurús y líderes de la extrema derecha, multimillonarios y celebrities de toda ralea en el abuso de menores y otras lindezas. Si algo hay que agradecer a una gran parte de los fascistas es que por fin hayan salido del armario y ahorrarnos el trabajo para demostrar su verdadera idiosincrasia. Nadie dudaba que tras su vehemente supuesta defensa de la infancia contra lo que llaman ‘ideología de género’ y la educación sexual en las aulas estaba en realidad toda la mugre que calla ante los abusos en la Iglesia o en la mansión del magnate norteamericano. Mejor violar niños que subir impuestos a los ricos. En su cabeza suena espectacular.
Tras agrietar ese consenso progre que los amordazaba y los cancelaba a la mínima (ya no se puede decir nada, dicen) consiguieron que el buenismo pasara de moda, así que es hora ya de ir con la polla fuera. ¿Y tú cómo ligas? contestó Alfonso Serrano, número dos de Ayuso, a un periodista ante las acusaciones de abuso de poder y acoso sexual de un alcalde del PP a una concejala. Si Donald Trump se atreve a publicar una imagen de Barak y Michelle Obama caricaturizados como chimpancés, por qué aquí iban a ser menos.
Y así fue como el PP invitó a Vito Quiles y a Los Meconios al acto de cierre de campaña en las recién celebradas elecciones aragonesas. Una de las últimas incursiones en el terreno de lo supuestamente ‘políticamente incorrecto’ en el que el PP se empeña en entrar a competir con Vox. Si hay que dinamitar cualquier límite de lo decente, lo llamen corrección política o como quieran, ahora es el momento. No hay barreras ya. Nos gusta la fruta, recuerden. Hasta hicieron camisetas con ese lema, que en realidad representaba el insulto de Ayuso (‘hijo de puta’) al presidente del Gobierno.
La supuesta irreverencia sobre la que anda surfeando la derecha está dejando en evidencia la miseria moral que siempre la ha acompañado. El proceso de normalización en el que viene trabajando desde hace muchos años ha permitido que una parte de aquellos que siempre se reivindicaron como centristas y moderados haya abandonado por fin el disfraz. Me lo comentó la pasada semana Antonella Marty, una politóloga argentina a la que entrevisté para Público, y que los conoce bien. Ella convivió con esos autodenominados liberales, se consideraba una de ellos, hasta que le fue insoportable aguantar tanta hipocresía, tanto machismo y tan poco aprecio por esa libertad que arrastran en sus múltiples nombres.
Llevamos dos elecciones en pocos meses, primero en Extremadura y ahora en Aragón, en las que Vox le ha comido la tostada al PP. Mira que hay múltiples experiencias que advierten que copiar a la extrema derecha no la desactiva ni te devuelve esa fuga de votos, sino que la normaliza y es ella la que se lleva el gato al agua. Pero el PP parece empeñado en cavar su hoyo cada vez más hondo, y no cesa de regalarle a Vox cada vez más legitimidad y más votos. Anteayer, como decíamos, con Vito Quiles y Los Meconios como reclamo, ambos productos provenientes de la órbita de Alvise y de Vox. La politóloga Anna López lo explicaba de nuevo ayer en Público: “Este tipo de fichajes no desplazan el voto, lo consolida en el terreno del adversario”. En su competición por ser más ocurrente e irreverente que los de Abascal, el PP no deja de interpretar torpemente un papel que le viene grande. No porque no sean tan fachas, sino porque son cutres, y la imagen que están dando es aquella postiza que daban los pijos fachas queriendo ir de malotes disfrazándose de skins.
Aunque poblado está el rosal de capullos, ayer destacó uno en un centro público de salud, grabando un vídeo quejándose porque los otros usuarios le habían recriminado haber puesto el himno de España a todo trapo en su teléfono móvil. Y claro, como alguno de los presentes era migrante, pedirle que bajara el volumen era una muestra de su poca voluntad para integrarse y de su odio a España. El tipo, un fascista que ya había sido expuesto por regentar un bar convertido en un templo de la caspa, acabó su vídeo gritando loas a Franco. El caso se viralizó, y en los comentarios hubo una mezcla de asco y vergüenza ajena, síntomas de que todavía nos queda un poco de decencia.
Dicen que están ganando la batalla cultural, y no podemos negar que están abriendo una brecha en el sentido común por la que se está escurriendo la empatía y muchos otros valores que creíamos imprescindibles para la convivencia. Empeñados en recuperar el poder a cualquier precio, las derechas tradicionales y algunos socialdemócratas como los británicos y los daneses están comprando peligrosamente todo el argumentario, los marcos y las políticas de los ultras en materia migratoria.
Decía que la excitación que está produciendo en todo el espectro derechista su auge electoral y la viralidad de sus discursos está sirviendo también para retratarlos a todos. Dicen que ya no da vergüenza ser facha, y es verdad, lo han conseguido normalizar, junto a ser un canalla, un bully, un ser despreciable. Es lo que son al final los racistas, los machistas y los que suman odios como medallas, que no cesan en su empeño por exhibirlo, como nos advirtió Mauro Entrialgo en su ensayo titulado Malismo (Capitán Swing, 2024). Y no, esto no es ser punk ni rebelde, por mucho que algunos periodistas les compren el marco para sus titulares de clickbait.
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