Opinión
Prefería estar callada y estoy haciendo esto

Por Andrea Momoitio
Periodista y escritora
"¿Escribes de los trenes?", me preguntan. "Pero qué voy a escribir yo de los trenes", pienso. Sé que un tren es un medio de transporte terrestre que circula sobre una vía y poco más. Es curioso porque crecí al lado de las vías, esperando paciente a que pasara el tren y se levantara, por fin, la barrera que me permitía llegar a la escuela. Igual que Fito Cabrales, vaya, que también creció cerca de ellas y les dedicó una canción: "Yo he crecido cerca de las vías, y por eso sé que la tristeza y la alegría viajan en el mismo tren". Podría empezar por ahí, por esa facilidad que tienen algunas canciones para prestarnos una memoria que acaba mezclándose con la nuestra. Podría tirar de infancia y dejar que los trenes me llevasen a algún sitio, pero, en realidad, a mí me gustaría dejar aquí este texto y no tener que decir nada más. Me gustaría que nadie publicara nada, que todas nos calláramos, que dejásemos hueco al silencio para que pudiéramos sentir la fuerza de los llantos. Es un deseo bastante inconveniente para alguien que tiene que entregar una columna. También es una contradicción que, como todas, no se resuelve por reconocerla. Aquí estoy ocupando el espacio en el que digo que me gustaría que no hubiera nada.
Haber crecido junto a las vías, evidentemente, no me permite explicar el accidente que se ha cobrado ya 69 vidas en Urda (Toledo). Haber vivido junto a las vías me da recuerdos, una familiaridad con su ruido, material para escribir un párrafo, pero ninguna competencia particular para dimensionar la catástrofe. Tampoco necesito entender de trenes para sentir el espanto, pero entre sentirlo y publicar algo sobre él debería caber una pregunta: ¿Qué tengo yo que decir que merezca ocupar ahora este espacio?
Parece fácil de entender y, sin embargo, qué poco nos hacemos esa pregunta cuando nos ponen delante un micrófono, un teclado o la posibilidad de que alguien nos escuche. Siempre parece que tenemos que tener algo preparado: una interpretación, una sospecha, una frase que pueda circular libremente y lleve nuestro nombre. A veces quisiera poder entregar una duda sin tener que desarrollarla hasta que parezca una certeza. Decir que no sé y que eso no se interprete como desinterés. Me importa lo que pasa. Precisamente por eso no sé qué hacer con la obligación de encontrar enseguida palabras que estén a la altura. Hay días en los que cualquier frase me parece demasiado satisfecha consigo misma y hoy, con tantas familias y amistades esperando malas noticias, satisfacerme no está entre mis prioridades.
Puede que lo más sensato sea enviar la columna que ya tenía escrita, pero aquí estoy. La vida, al menos para mí, continúa con cierta normalidad. Anoche, por ejemplo, fui a ver un concierto de Feli Colina, una argentina poderosa, una reina. Durante años cantó en los vagones del metro de Buenos Aires ante personas que iban a trabajar o volvían a casa y que no habían elegido asistir a ningún concierto. Ella ha contado que allí aprendió a hacerse escuchar, a dar fuerza a su presencia y a cantar cosas íntimas rodeada de personas desconocidas.
Me pregunto cuántas veces habrá cantado para alguien que estaba haciendo un esfuerzo enorme por no llorar. Una canción puede acompañarnos sin saber quiénes somos, sin pedirnos que expliquemos antes qué nos pasa. "Creo que necesito llorar para sentirme bien", canta en La entrega. Me quedo con el creo, que deja sitio a no saberlo todo. Nos preguntan qué nos pasa y enseguida organizamos un relato: ponemos los acontecimientos en orden, decidimos por dónde empezar, buscamos las palabras más precisas para que quien nos escuche pueda entender la respuesta. Como si hubiera que presentar bien las razones para poder venirse abajo.
Feli Colina dice que cree que necesita llorar para sentirse bien, pero no sé si sentirse bien tiene mucho sentido ahora. Ojalá pudiéramos llorar sin pedirle al llanto que nos deje mejor de lo que estábamos. ¿Sabéis qué sería también muy bonito? Que pudiéramos acompañar a quienes lloran sin asegurarles que todo pasará. Sé que lo hacemos con cariño, pero, sobre todo, lo hacemos porque nos cuesta quedarnos junto a un dolor que no podemos contener. Escuchar exige soportar la impotencia y no apresurarse a llenarla de palabras.
Me pregunto qué pasa cuando esa dificultad se multiplica, cuando todavía hay personas intentando entender qué ha ocurrido y ya estamos disputándonos su significado, cuando ante cada dolor sentimos la obligación de pronunciarnos, cuando cada silencio necesita una justificación. No quiero confundir mi falta de palabras con la de quienes sí tienen que darnos ya lo que ha pasado. Ya. Ahora mismo, de hecho. Quiero que se investigue, que se pregunte y que se exijan responsabilidades. Hay un trabajo periodístico imprescindible por hacer, pero esta columna no forma parte de eso. Escribo porque me toca, qué cosa más terrible, qué pena más grande, cuánto siento tanto dolor.
Me gustaría conservar, al menos, la posibilidad de detenerme antes de convertir cualquier cosa en una conclusión. De escuchar una canción sin pedirle que me dé la razón también ahora, de acompañar un llanto sin traducirlo, de quedarme un rato aquí, contigo, aunque no sepa qué decir.

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