Opinión
El primer ministro canadiense señala el camino a Europa

Por Ramón Soriano
Catedrático emérito de Filosofía del Derecho y Política de la Universidad Pablo de Olavide de Sevilla
-Actualizado a
Ha ocupado las primeras páginas de los periódicos del planeta el discurso del primer ministro canadiense, Mark Carney, en el Foro Económico Mundial de Davos pronunciado el 20 de enero de 2025, aplaudido por los asistentes en pie. Canadá es otro país codiciado por Trump que quiere convertirlo en el Estado 51 de Estados Unidos. Ojalá siguieran los consejos del primer ministro otros Estados y la desorientada y pasiva Unión Europea (UE).
El discurso tiene una estructura lógica aristotélica, que va de la premisa mayor a la conclusión. Todo lo contrario al discurso pronunciado por el presidente estadounidense Trump, al día siguiente: un discurso desordenado, deslavazado, pergeñado con frases sueltas conforme acudían a la mente del presidente. Veamos:
PREMISA MAYOR: El orden internacional creado y mantenido desde la segunda guerra mundial, que dispensaba seguridad y estabilidad, ha dejado de existir y no va a volver. Orden internacional en parte ficticio, porque las grandes potencias con frecuencia lo excepcionaban a su conveniencia. La situación actual en la esfera internacional no es un paréntesis o una transición sino una ruptura.
Carney expresa: "Durante décadas países como Canadá han prosperado gracias a lo que llamábamos el orden internacional basado en normas… Permítanme ser directo: estamos en plena ruptura, no en plena transición… Sabíamos que la historia del orden internacional basado en normas era en parte falsa. Que los más poderosos se saltarían las normas cuando les interesaba. Que las normas reguladoras del comercio se aplicaban de forma asimétrica. Y que el derecho internacional se aplicaba con mayor o menor rigor según la identidad del acusado o la víctima".
PREMISA MENOR: La sustitución del orden anterior por un nuevo orden sin reglas. La situación actual desprendida de las cenizas del orden internacional roto por Estados unidos es la de una rivalidad de las grandes potencias, luchando por la acotación y control de sus extensas zonas de influencia.
Carney afirma: "Ha empezado una realidad brutal en la que la geopolítica de las grandes potencias no está sujeta a ninguna limitación… Cada día se nos recuerda que vivimos en una época de rivalidad entre grandes potencias. Que el orden basado en reglas tiende a desaparecer. Que los fuertes actúan según su voluntad y los débiles sufren las consecuencias… Las grandes potencias han comenzado a emplear la integración económica como instrumento de presión. Los aranceles como palanca. La infraestructura financiera como medio de coacción".
CONCLUSIÓN: La idea central de Mark en el tercer tramo de la lógica aristotélica es la necesidad (que no solo conveniencia) de que los Estados medianos, como Canadá, se abran a relaciones multilaterales con otros Estados y la concreción de pactos entre ellos fuera del paraguas tutelar de Estados Unidos, que no es fiable. En el marco de una combinación de principios y pragmatismo. Y pone como ejemplo los pasos dados por Canadá, que ha establecido relaciones multilaterales comerciales y de seguridad con varios países díscolos con Estados Unidos o fuera de su órbita de influencia y entre ellos China y la India.
Carney asegura: "Es más beneficioso invertir colectivamente en la resiliencia que construir cada uno su propia fortaleza… Damos prioridad a una geometría variable, es decir, nos adherimos a diferentes coaliciones para diferentes cuestiones, en función de los valores e intereses comunes… En un mundo marcado por la rivalidad entre las grandes potencias, los países intermedios tienen dos opciones: competir entre sí para obtener favores o unirse para crear una tercera vía que posea relevancia".
Los Estados de la Unión Europea están desorientados y no saben si seguir las instrucciones de la UE o buscar a título individual otras relaciones y acuerdos. Es el caso de España, que no ha querido enviar soldados a Groenlandia, como ha hecho Francia, Alemania, Bélgica, etc, argumentando que no se mueve si no lo hace bajo las consignas de la UE o de la OTAN.
Todavía hay Estados europeos que están en el limbo, añorando y creyendo que Estados Unidos les protegerá. No se han leído o no creen lo que dice la Estrategia de Seguridad Nacional de Trump y sus discursos y actuaciones. A pesar de que lo dice bien claro: el hemisferio occidental, donde está Europa, es suyo. Europa forma parte de su zona de propiedad del planeta, como otras pertenecen a China o a Rusia. Y por lo tanto al igual que América Latina, los Estados europeos caen bajo el manto de la doctrina Monroe con dos obligaciones: a) tienen que seguir las instrucciones del amo de la zona de dominio y b) no pueden permitir que en esa zona intervengan las otras potencias hegemónicas.
Crece el número de comentaristas partidarios del abandono por la UE y sus Estados miembros de la OTAN. Creo que sería un imprudente salto en el vacío en las circunstancias actuales. Sería tirar por la borda los proyectos comunes y relaciones de los miembros del OTAN. La UE tiene ante sí dos sendas, que debe recorrer al unísono. La primera, en relación con la OTAN, consiste en crear una nueva OTAN desde abajo, buscando la simetría de los Estados, sin el control extremo de Estados Unidos, que la denigra constantemente. Estados Unidos puede ser el primus inter pares, pero no el primus super partes, como es realmente el papel que desarrolla. En la carta fundacional de la OTAN, de tan solo 14 artículos, lo único que aparece por todos los resquicios es el dominio absoluto de Estados Unidos. Si éste se opone a la refundación o no acepta la simetría y el principio de la mayoría en la toma de decisiones, la consecuencia no es la desaparición de la OTAN, sino su refundación al margen de Estados Unidos. Exponía en un artículo de este diario, Razones para la refundación de la OTAN, la justificación en el diseño de la horizontalidad de los Estados en el marco de una nueva OTAN.
La segunda senda, de inmediata ejecución al alimón con la anterior, es la de la autonomía de la UE y sus Estados miembros en el marco de las indicaciones de Carney y para ello establecer relaciones multilaterales de todo tipo con los Estados del planeta a su conveniencia.
En Davos el esperado discurso de Trump insistía en que Groenlandia debe pertenecerle en propiedad y no como mero arrendamiento, porque Estados Unidos es el único país que puede proporcionar seguridad, como si Estados Unidos con bases militares instaladas en la isla tuviera algún obstáculo en desarrollar un programa de extrema seguridad, que encontraría el respaldo de daneses y groenlandeses agradecidos. Es claro que el presidente miente siguiendo su proceder de convertir la mentira en arma política. Ha mostrado la piel de cordero, asegurando que no se apropiará de la isla por la fuerza y que retira la subida de aranceles a los Estados de la OTAN que han enviado soldados a Groenlandia. Espero que nadie le crea y menos los líderes europeos, que parecen estar en Babia.
Ha dado ya Trump demasiadas muestras de no ser fiable. Han hecho bien algunas potencias europeas en plantarle cara y enviar soldados a Groenlandia. Es su deber en virtud del artículo 5 del tratado de la OTAN. Los Estados europeos presentes en la isla son miembros de la OTAN y están protegiendo a otro Estado miembro de la OTAN, Dinamarca, amenazado por Estados Unidos, a pesar de ser éste también miembro de la OTAN. Era obligatorio llevar a cabo actuaciones claras de defensa del Estado amenazado. Lástima que España haya preferido permanecer en casa, al igual que la Unión Europea. Las valientes declaraciones del presidente Sánchez contra las políticas agresivas de Trump han quedado ensombrecidas por no haber atendido al deber de auxiliar a Dinamarca.
Sería muy lamentable que la UE desamparara a sus miembros y estos -cada uno de ellos- se vieran obligados a buscarse su propia seguridad y bienestar. Las relaciones bilaterales, las de cada Estado con su hegemón, serían perversas, porque obligarían a los Estados a entrar en rivalidad entre ellos para conseguir el favor del hegemón y sin garantías de estabilidad ante la voluble y cambiante voluntad del protector.
El primer ministro canadiense señala a Europa el camino a seguir. Ya es tarde para comenzar a recorrerlo.


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