Opinión
La primera víctima de cualquier guerra es la verdad

Periodista
Hace más de veinte años, a propósito de la guerra de Irak, Ryszard Kapuściński publicó una breve reivindicación del legado de Heródoto. El cronista griego, dice Kapuściński, fue no solo el primer reportero de la historia sino además un maestro para todo aquel que quiera ejercer con dignidad el periodismo. Heródoto asumió la misión de viajar y dar testimonio. Era un patriota pero no se permitía una palabra de odio ni descalificaba a otros pueblos como enemigos. Cada vez que dos culturas se enzarzaban en un enfrentamiento, su compromiso con la verdad lo llevaba a recoger las razones de todas las partes para que los lectores pudieran formarse su propio juicio.
Los tiempos cambiaron y Heródoto pasó a ser un nebuloso espectro del pasado. La guerra de Irak, contaba Kapuściński, fue también una guerra de propaganda entre CNN y Al Jazeera. Cada cual mostraba la vertiente del conflicto que le resultaba más conveniente. De aquí se deduce una famosa sentencia sin autor conocido: "La primera víctima de cualquier guerra es la verdad". Kapuściński aludía así a su amigo Phillip Knightley. En el libro La primera víctima, el periodista australiano argumentaba que las redacciones de los periódicos distorsionan a conveniencia el material crudo recogido por los reporteros de guerra.
Ahora que las tecnologías digitales han acelerado la historia, la invasión de Irak nos parece casi tan lejana como las andanzas de Heródoto. En gran medida, los reporteros de guerra pertenecen a un mundo que ha dejado de existir. La profesión es tan incierta y tan precarizada que no compensa sus riesgos. A estas alturas, en el torrente inabarcable de informaciones, cualquier ciudadano de a pie está en disposición de obtener grabaciones espontáneas que los medios de comunicación publicarán sin haber abonado el precio. Eso cuando no publican capturas manipuladas o generadas por inteligencia artificial.
En 2022, en los primeros compases de la invasión de Ucrania, Espejo Público difundió un pasaje del videojuego ArmA 3 haciéndolo pasar por una lluvia de misiles rusos. El programa llamaba al mismo tiempo a combatir la desinformación: "no compartas sin contrastar". Ya en el telediario de la tarde, Antena 3 ilustraba los bombardeos con el vídeo de una explosión accidental ocurrida en 2015 en Tianjin. Ignoramos si fue descuido, pereza o mala fe. Lo que sí sabemos es que las televisiones se han malacostumbrado a reproducir fragmentos audiovisuales que circulan por las redes sociales sin autoría conocida ni garantía de veracidad.
Por un irónico mecanismo de psicología inversa, los difusores de bulos acuden al debate público con el uniforme de verificadores. Así ha ocurrido últimamente con Grok, la inteligencia artificial de Elon Musk, que ha dado por falso el bombardeo de una escuela de niñas en Minab. Algunas voces como Esperanza Aguirre, Daniel Lacalle o Pilar Rahola aún mantienen en sus redes sociales que Estados Unidos e Israel no han matado a más de 160 personas, la mayoría niñas, sino que las imágenes corresponden a un atentado del ISIS al oeste de Kabul. Probablemente sea Gaza, sugiere Hermann Tertsch. Los reportajes sobre el terreno de la BBC o The New York Times no han terminado de convencerlos.
No se puede construir una verdad con ladrillos falsos, pero es posible construir una mentira invirtiendo la causalidad de las verdades. En su portada del pasado lunes, el diario El Mundo explicaba que "Irán dispara el terror en el Golfo y EE.UU. e Israel aplastan sus defensas". El orden de los factores ha alterado el producto hasta tal extremo que los bombardeos sobre Teherán parecen un ejercicio urgente de defensa propia. De hecho, Marco Rubio apeló a una "amenaza inminente" sobre la que no aportó ningún fundamento. Son las viejas armas de distracción masiva que guiaron la propaganda del trío de las Azores contra Irak.
Hay un sutil termómetro de nuestro despiste en las páginas de varios medios. En una crónica sobre la muerte de Alí Jameneí, Europa Press contaba que "el país árabe" había anunciado cuarenta días de luto oficial. El problema es que Irán no es un país árabe sino persa. Una búsqueda rápida nos llevará a descubrir la misma errata mil veces repetida en medios de comunicación de todo tamaño y color, desde la Cadena SER hasta Telecinco. Es un desliz tal vez menor pero sintomático. En el imperio de la inmediatez, con el reporterismo de capa caída, los profesionales de la información se ven empujados a abordar cuestiones que exceden con creces sus conocimientos.
Hablando de lutos oficiales, algunos medios españoles destacaron el pasado martes que las futbolistas de la selección de Irán se habían negado a cantar el himno del país durante la Copa de Asia. Se trataba de un "silencio desafiante" —según Antena 3— o de una "protesta contra el régimen" —según 20minutos—. Otros medios internacionales como Fox News han abundado en el mismo exceso interpretativo. Al margen de que las jugadoras deban respeto al duelo nacional, la delantera Sara Didar ofreció a la agencia AP una aclaración perfectamente plausible: "Estamos preocupadas y tristes por lo que ha sucedido en Irán y por nuestras familias".
Antes de Ryszard Kapuściński, antes también de Phillip Knightley, Samuel Johnson nombraba en 1758 los inconvenientes de la propaganda bélica. Y es que en tiempos de hostilidades, la nación solo desea escuchar algo bueno de sí misma y algo malo del enemigo. "Entre las calamidades de la guerra puede contarse la disminución del amor a la verdad". Hay escritores de noticias, dice Johnson, que se permiten afirmar hoy lo que mañana piensan desmentir. Lo mismo cabe decir de los señores de la guerra. El arsenal mortífero de Sadam Huseín no existía. La democracia iraní impulsada por Trump y Netanyahu tampoco. Lo digo de antemano por no esperar en vano el desmentido.
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