Opinión
La promesa de un orden claro

Por Andrea Momoitio
Periodista y escritora
Cuenta Gustavo Martín Garzo que en Valladolid, hace años, solía decirse maliciosamente que bastaba entrar en el castillo de la Mota para que el "brazo derecho te entrara en erección". Fue, sin duda, el gran símbolo de poder, disciplina, victoria y patria para miles de mujeres. De hecho, fue el lugar elegido por la Sección Femenina para celebrar su triunfo por todo lo alto. A finales de mayo de 1939, en este castillo de Medina del Campo, todo estaba preparado para el gran evento. Pilar Primo de Rivera aprovechó la visita del dictador para pedirle la cesión del inmueble y, en 1942, se inauguró allí la Escuela Mayor de Mandos de la organización. El edificio, una de las últimas moradas de Isabel la Católica, era un símbolo perfecto para el imaginario falangista.
La Sección Femenina aseguró haber reunido esos días a más de diez mil mujeres. Hubo demostraciones de educación física, coros y danzas, con música a cargo de Benedicto, un compositor dedicado al folclore. Las militantes, llegadas de todas las provincias, regalaron frutas de sus regiones al Generalísimo, quien les dirigió unas palabras: "Yo recibo con orgullo el homenaje de la mujer española, por cuanto representa el cariño a nuestros soldados y en honor a nuestros combatientes". Sin embargo, su cometido no terminaba con la guerra: "Todavía os queda más, os queda la reconquista del hogar. Os queda formar al niño y a la mujer española. Os queda hacer a las mujeres sanas, fuertes e independientes. Tengo fe en vuestra obra. Yo os ayudaré", sentenció.
Durante el acto, Franco entregó a Pilar Primo de Rivera la Y de oro, la máxima condecoración por su entrega a la causa nacional. El nombre remitía al yugo y las flechas, emblema de la Falange tomado de los Reyes Católicos: Isabel I de Castilla escogió las flechas por la F de Fernando, y Fernando II de Aragón, el yugo por la Y de Isabel. Esta distinción dorada era el mayor reconocimiento al que podía aspirar una afiliada si sus "sacrificios" implicaban heroísmo "en beneficio de la patria". La Y de plata se reservaba para las militantes que habían sido heridas, presas o asesinadas "en acto de servicio" sin perder la "moral"; la roja premiaba a quienes prestaran servicios ininterrumpidos durante al menos tres años.
El franquismo no solo controló a las mujeres; también las sedujo. Construyó una estructura de prestigio, pertenencia y recompensa mediante jerarquías y ascensos. Había medallas que ellas recibían con orgullo. Miles de mujeres participaron activamente en la construcción de un relato que reducía su misión al hogar. Pero ¿qué las sedujo del fascismo?
Las mujeres falangistas abrazaron la promesa de un orden claro. Cuando el entorno se tambalea, cuando imperan el miedo, la incertidumbre o la sensación de que el mundo se ha vuelto un lugar extraño cuyas reglas ya no se entienden, las certezas resultan magnéticas. El fascismo poseía una habilidad extraordinaria para repartirlas: cada cual en su sitio, cada cual con su función, cada cual sabiendo perfectamente qué se esperaba de él o de ella. En este reparto, las mujeres no quedaban excluidas. Al contrario. Lejos de expulsarlas del relato, se les reservaba un papel protagonista: formar criaturas, sostener los hogares, custodiar la moral y proteger una determinada idea de país. El hogar mutaba así en una suerte de trinchera nacional.
La familia fue elevada a una categoría casi sagrada. La maternidad dejó de ser una experiencia personal para transformarse en un deber patriótico. Cuidar no era cuidar: era servir. Educar no era educar: era construir nación. Todo adquiría un tono épico que trascendía la monotonía de la vida cotidiana.
Pensar en aquello quizá sirva para entender un fenómeno que aparece cada vez más en algunos estudios recientes: las mujeres jóvenes no se están alejando necesariamente de los discursos de ultraderecha; simplemente lo hacen a un ritmo distinto que los hombres. Durante mucho tiempo hemos querido creer que la igualdad poseía una especie de inercia natural, que bastaba el paso de los años para que determinadas ideas desaparecieran por pura vergüenza histórica. Es una gran ingenuidad pensar que la historia avanza sola.
Las ideas no desaparecen simplemente porque pasen los años y rara vez regresan disfrazadas de pasado. Vuelven presentándose como soluciones nuevas a problemas muy viejos. Quizá por eso determinadas formas contemporáneas de revalorización de la familia, la maternidad o los roles tradicionales encuentran hoy un eco inesperado entre mujeres jóvenes. Buscan algo que rara vez reconocemos como una necesidad política: pertenecer a algo, encontrar un lugar claro en medio del ruido. No se trata necesariamente de un deseo consciente de menos libertad. Las ideologías autoritarias rara vez resultan atractivas porque prometan menos libertad; lo son porque ofrecen orden frente al caos, explicaciones sencillas y convierten malestares difusos en algo fácil de señalar.
Pensar en aquellas mujeres quizá sirva para dejar de repetirnos ese cuento tranquilizador de que el tiempo, por sí solo, extingue las ideas totalitarias. Quizá el problema fue creer que ya habíamos derribado el castillo.
Comentarios de nuestros socias/os
¿Quieres comentar?Para ver los comentarios de nuestros socias y socios, primero tienes que iniciar sesión o registrarte.