Opinión
El proyecto mesiánico de Netanyahu gana las elecciones, pero sin garantías de formar Gobierno

Por Leila Nachawati
Doctora en comunicación y conflicto, profesora en el departamento de Comunicación de la Universidad Carlos III. Autora de 'Cuando la revolución termine'.
El Likud de Benjamin Netanyahu ha sido la fuerza más votada en las elecciones israelíes celebradas el martes 27 de octubre, pero el resultado no garantiza que pueda continuar en el poder. Con los datos disponibles a 28 de octubre, el bloque del actual primer ministro suma 53 escaños, frente a los 48 de la oposición encabezada por Gadi Eisenkot. Las formaciones árabes, con 19 diputados, pueden resultar decisivas para formar una mayoría. Su participación ha alcanzado el 77,7 %, la más alta en más de dos décadas, en una jornada marcada también por el hostigamiento a esta población.
Una victoria sin mayoría
El Likud se mantiene como la fuerza más votada, con alrededor del 21 % de los votos. La victoria permite a Netanyahu reivindicar que sigue siendo el principal referente de la derecha israelí, pero está lejos de garantizarle el Gobierno. Su bloque, formado por partidos de derecha, extrema derecha y formaciones ultraortodoxas, queda por debajo de los 61 diputados necesarios. Como explicábamos en el artículo previo, el sistema electoral israelí obliga a construir alianzas parlamentarias, ya que ser la fuerza más votada no basta para gobernar.
El resultado tampoco supone un respaldo total ni uniforme a los socios del Likud. Las formaciones de extrema derecha han perdido terreno respecto a las elecciones anteriores, mientras que los partidos ultraortodoxos mantienen una representación relevante. Unos y otros conservan capacidad para influir en cualquier acuerdo. Netanyahu, pese al respaldo de buena parte del electorado a su política mesiánica, tendrá que negociar desde una posición más débil que en escenarios anteriores. La victoria le da, en cualquier caso, un balón de oxígeno en el momento más delicado de su vida política, entre el juicio por corrupción que podría llevarlo a la cárcel y un aislamiento internacional cada vez mayor.
Eisenkot pierde, pero podría formar Gobierno
Gadi Eisenkot, que llegaba a las elecciones como principal alternativa a Netanyahu, no ha conseguido la victoria esperada. Su partido, Yashar, queda por detrás del Likud y el bloque que encabeza suma 48 diputados, lejos de la mayoría. Sin embargo, esto no implica que no pueda formar Gobierno mediante acuerdos con otras fuerzas parlamentarias.
Los escaños de los partidos árabes permitirían superar los 61 necesarios si se sumaran a los de la oposición. Sin embargo, en toda su campaña Eisenkot se ha consolidado como un candidato sionista que no difiere en gran medida en cuestiones relativas a la ocupación y el genocidio y que no ha dado tampoco señal de tender la mano a las formaciones árabes. No ha cerrado del todo la puerta a la cooperación con estas fuerzas, pero tampoco se ha mostrado proclive a negociar con ellas para obtener la mayoría que necesita.
El líder de Los Demócratas, Yair Golan, sí ha defendido abiertamente la posibilidad de formar un Gobierno en colaboración con los ciudadanos árabes. La necesidad de esa alianza también se expresa entre sectores de la sociedad israelí. En un acto de campaña de Ra'am celebrado en Tel Aviv, Tali, una ciudadana israelí lo resumía así en declaraciones a +972 Magazine: "Israel no tiene ninguna posibilidad de seguir funcionando de manera sensata si no forma una alianza con los árabes".
La afirmación contrasta con las reservas de buena parte de la oposición a negociar con las formaciones árabes. La incógnita es si Eisenkot y sus aliados estarán dispuestos a dar ese paso para construir una mayoría parlamentaria o si el rechazo a Netanyahu volverá a ser insuficiente para superar las barreras que separan a las fuerzas políticas.
El hostigamiento al voto árabe
Las dos principales fuerzas árabes, la Lista Conjunta, una coalición de partidos de izquierdas y árabes, y Ra'am, el partido islamista liderado por Mansour Abbas, han logrado un resultado histórico. Las proyecciones les atribuyen 19 escaños, frente a los diez que sumaban en la anterior legislatura. El resultado coincide con una participación general del 77,7 % y con una movilización particularmente alta entre la población palestina de Israel.
En este contexto, y ante un electorado proclive al odio a los palestinos, Netanyahu y aliados como Sionismo Religioso han aprovechado el aumento de la participación árabe para presentarla como una amenaza y difundir acusaciones de fraude electoral. Pese a que la Comisión Electoral Central afirmó que no había pruebas de fraude en el proceso, el Likud insistió en su acoso a las formaciones árabes, apuntando a irregularidades y movilizando a agitadores de sus filas para que rondasen estos colegios y ejerciesen intimidación sobre ellos.
Y mientras que el fraude no ha quedado probado, lo que sí se documentó fueron retrasos, interrupciones de la votación, preguntas irrelevantes a ciudadanos palestinos y falta de papeletas en árabe, como denunció Adalah, organización de defensa de los derechos de la minoría árabe en Israel, que reclamó a las autoridades electorales que intervinieran para garantizar el derecho al voto.
Pese al hostigamiento –o quizás en respuesta a esta campaña– los ciudadanos palestinos de Israel, que representan alrededor de una quinta parte de la población, han reforzado su presencia en la Knesset en unas elecciones que decidían la continuidad de un Gobierno responsable de la devastación de Gaza, la expansión de los asentamientos y el avance de la anexión de Cisjordania.
El servicio militar como foco de tensión
La composición del próximo Gobierno también girará en torno al enfrentamiento por el servicio militar obligatorio. Los partidos ultraortodoxos siguen defendiendo las exenciones de las que se benefician sus comunidades, una cuestión que ha provocado tensiones dentro de la propia sociedad israelí, especialmente entre las familias cuyos hijos son enviados al frente y quienes permanecen exentos. la Como desgrana el periodista israelí Eli Bitan en +972 Magazine, la cuestión del reclutamiento no solo ha enfrentado al Israel laico con el religioso sino que ha causado un auténtico terremoto en el seno de la comunidad jaredí.
Eisenkot y otros dirigentes de la oposición han defendido que los jóvenes ultraortodoxos se incorporen al servicio militar. La posición de estos partidos puede convertirse de nuevo en una condición para cualquier acuerdo con Netanyahu, que necesita mantener el apoyo de sus socios religiosos. La cuestión no es baladí en un país que sostiene operaciones militares en varios frentes y donde asumir las obligaciones militares se ha convertido en una fuente de conflicto político y social.
Sin garantías de un cambio de rumbo
Como señalábamos en el artículo previo, el rechazo a Netanyahu no equivale necesariamente al rechazo a las políticas que afectan a la población palestina. Eisenkot ha centrado su campaña en la seguridad, la gestión del Gobierno y la corrupción, pero no ha planteado desmantelar los principales bloques de asentamientos ni ha explicitado cuestiones relativas al fin de la ocupación.
Su trayectoria militar también obliga a la cautela en cuanto a un horizonte de cambio. Como jefe del Estado Mayor, fue uno de los responsables de la llamada Doctrina Dahiye, que promulga el uso de una fuerza desproporcionada contra infraestructuras civiles y gubernamentales, tratándolas como objetivos militares. La diferencia con Netanyahu reside más bien en cómo gestionar la seguridad y el poder, no en una ruptura clara con la doctrina militar israelí. Lo que atañe a la población palestina, y a la ocupación de los países vecinos, continúa relegado en el debate sobre el próximo gobierno israelí.
Netanyahu ha respondido al resultado electoral reivindicando sus logros militares y alardeando de nuevas acciones conjuntas con Donald Trump contra Irán. Eisenkot, por su parte, ha defendido la necesidad de establecer objetivos estratégicos más claros y abrir vías diplomáticas, aunque su perfil militar y su posición sobre Palestina no permiten interpretar su candidatura como una alternativa pacifista o alejada del belicismo actual.
La diferencia entre ambos proyectos afecta también a la relación de Israel con el exterior. Netanyahu ha defendido la idea de convertir el país en una "Súper Esparta", un Estado hiper militarizado y preparado para resistir en solitario frente a un mundo hostil. Eisenkot ha advertido de los costes de esa estrategia y de la necesidad de recuperar relaciones internacionales. Sin embargo, como señala el periodista Ben Reiff en +972 Magazine, lo que distingue a los dirigentes de la oposición del actual Gobierno es, sobre todo, "su voluntad de rebajar la indignación internacional contra Israel". Dicho de otro modo, la voluntad de reducir el aislamiento diplomático no implica una ruptura con las políticas que lo han provocado.
En definitiva, las elecciones no han resuelto quién podrá formar Gobierno ni han abierto un verdadero debate sobre el fin de la ocupación. La retórica mesiánica de Netanyahu y sus políticas de tierra quemada conservan el respaldo de buena parte del electorado israelí, pero su continuidad en el poder dependerá de la capacidad de lograr pactos en un clima cada vez más polarizado.


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