Opinión
Puteros y madres abnegadas en la “gran familia socialista”

Periodista y escritora
-Actualizado a
El presidente del Gobierno de España y secretario general del PSOE, Pedro Sánchez, entra caminando despacio en la sala de prensa con aire apesadumbrado, algo encorvado, con la cara famélica que pasea desde la semana pasada. Va a hablar de puteros y de prostitutas, aunque no los llamará por su nombre. A ningún hombre en ninguna estructura de poder le es cómodo referirse a la prostitución. Ellos saben, y nosotras sabemos que saben.
“Hemos tenido toda la mañana de debate interno dentro de la Ejecutiva”. Traje azul tirando al color del mono de faena, corbata verde botella, camisa blanca impecable. “Ya que estoy en la sede de mi partido, en la calle Ferraz…”, arranca dejando claro que nada de esto le compete como presidente, que habla como secretario general, o sea jefe, de algo que considera mayor que un partido de la misma manera exaltada que los socis opinan que el Barça es más que un club. A partir de ese momento, del minuto dos de su comparecencia, se referirá a “la familia socialista” al hablar sobre el asunto de la prostitución. Cuando hable de dinero, dirá “la organización” o “el Partido Socialista”.
Ahí tenemos el marco en el que el presidente Sánchez en su rol de pater familias quiere referirse a la prostitución: la familia, la sacrosanta familia, la institución donde todo se comprende, todo se perdona. La familia es el grupo en el que puede salirte un hijo díscolo, pero el padre siempre es el padre; y, dicho sea de paso, la madre, también siempre, es esa mujer abnegada que tú y yo sabemos. Por eso, cuando arranca dice: “Como se pueden todos imaginar” y se olvida de las “todas”. Por eso insiste en que “evidentemente no somos perfectos”. Y otra vez: “Podemos cometer errores, sufrir traiciones”. Lo típico de una familia. Pedro está diciendo: somos humanos, esto no es una estructura fría (o sea, partido), sino un grupo humano, compréndannos. Si el hijo les falla, el padre pide perdón. ¿Perdón a quién? Perdón en general, porque es bien sabido que la familia es esa institución donde pedir perdón resulta suficiente para recibir una caricia en la nuca y a seguir tirando.
Aun no lleva tres minutos hablando cuando se lanza en plancha a lo que ha venido: “Quiero que los ciudadanos y ciudadanas que están siguiendo esta rueda de prensa, especialmente las mujeres, sepan que los audios que hemos conocido la semana pasada nos repugnan… lo repito”, una pausa dramática, “nos repugnan”. “La falta de ejemplaridad, la zafiedad en las expresiones y el machismo que proyectan son absolutamente incompatibles con los valores feministas de esta organización y con nuestra identidad como partido. Por eso, nos repugnan, nos apenan y nos indignan. Y esto ha sido un sentir unánime por parte de la comisión ejecutiva general después de escuchar esos audios.”
En realidad, todo lo que dirá a continuación importa poco. Lo relevante en una comparecencia está en los primeros 5 minutos. El resto es relleno. El presidente ha convocado a los medios para comunicarse con las mujeres, porque sabe que lo único que le faltaba al PSOE es que se le larguen las madres de la “gran familia socialista”. Vaya, las madres, las hijas, las abuelas y el coro de las vecinas. Acabada toda su perorata, alrededor de media hora entre una cosa y otra, a alguien le podría parecer que no ha dicho nada nuevo, y en puridad es cierto. Pedro Sánchez ha comparecido como pater de la “familia socialista” para decirles a las “madres” y, sobre todo, a las votantes que sí, que se ha dado cuenta, que los audios resultan muy machistas y que le da asco.
Algunos minutos más tarde pedirá perdón por “este error que hemos cometido”. Pero ¿cuál es el error? ¿El error es la corrupción o ir de putas? ¿El error es ir de putas o comentarlo por teléfono? ¿El error es comentarlo por teléfono o que se filtren los audios? ¿Por cuál de los errores pide perdón el presidente? ¿Se trata de que el presidente no distingue entre error y delito? Por supuesto que distingue, por eso deja claro que no se está refiriendo a la corrupción, sino a los audios sobre el catálogo de mujeres que barajaban, y probablemente siguen barajando, Koldo García y José Luis Ábalos.
Porque, que nadie se engañe: Pedro Sánchez ya sabía lo de los puteros socialistas. Las mujeres de su partido —esas madres abnegadas de la “familia socialista”— ya sabían lo de los puteros socialistas. Hasta tal punto lo sabían estas últimas, que ahora cuentan los años que llevan intentado hacerse oír, evidentemente sin éxito. O sea, que lo que les repugna, les indigna y les apena a Sánchez y sus chicos son los audios, no los hechos.
Como he escrito al principio, a cualquier hombre de cualquier estructura de poder le es incómodo hablar de prostitución porque la contratación de prostitutas es un hábito similar al de comer en asadores caros, los excesos de velocidad o las copas con camello a deshoras. Sirve esto para el ámbito de la política estatal, autonómica o el local; sirve para constructoras y organizadoras de eventos; sirve para las eléctricas, la industria del motor y la del textil. Poder y prostitutas van unidos.
Queda claro, pues, qué es exactamente lo que le molesta a Pedro Sánchez y a quién dirige sus palabras. Sin embargo, para acabar de comprender el movimiento, necesitamos mirar a las “madres” de la “familia socialista”, esas que llevan años declarándose abolicionistas de la prostitución, hasta el punto de lograr impulsar una ley al respecto; ley que, todo sea dicho, es un brindis al sol. Esas de las que se han reído los varones (con “v”) del partido llamándolas “policías de la moral”. Esas que, como toda madre que se precie, están acostumbradas a sufrir en silencio “por el bien de la familia” o por el qué dirán. Más vale proteger al partido —la familia— que señalar al hijo díscolo.
Parece ser que se han hartado. Se multiplican los artículos en los que hacen públicos su “cabreo” y su “rabia”. En todos ellos late el fondo de un “ya lo decía yo” amargo. Así que han decidido saltar, y no protestan por la corrupción sino por los puteros; no saltan por el hecho de que unos tipos roben dinero público y se lo repartan, sino porque contratan putas. Y ahí muestran la agotadora debilidad de sus argumentos.
El viejo feminismo socialista, defensor a ultranza de la abolición de la prostitución, se encuentra de golpe ante su propia incoherencia. La incoherencia es el mal de las madres, bien lo sabemos todas las hijas, incluida la mía. He aquí su brutal contradicción: defender con uñas afiladas la abolición de la prostitución y tener el partido sembrado de puteros. O sea, tenerlo sembrado y saberlo, ser conscientes. No puedo evitar imaginarlas el día que Pedro Sánchez afirmó que sus “amigos de 40 y 50” años se habían sentido “incómodos” con el feminismo “de la confrontación” de la entonces ministra Irene Montero.
Quizás si esas mujeres se hubieran prestado a un mínimo diálogo, si no se hubieran manejado como dictadoras de la moral o no lo hubieran sazonado todo con una transfobia triste, cabría cierta compasión. Han sido intransigentes hasta el odio mientras tapaban lo que ellas consideran las vergüenzas de sus compañeros. Me temo que les queda una larga digestión.
En cuanto a su futuro, a ellas y sobre todo a Pedro Sánchez, más les valdría dejar de utilizar a las prostitutas como herramienta electoral, porque me temo que aún no está todo dicho dentro de esa familia de tan “estricta moral”.
CODA:
Entonces, ayer por la mañana, entrevistan a Aitor Esteban en Radio Popular de Bilbao, y afirma: “Yo creo que en algún sitio hay una raya”… Y una no puede dejar de pensar que en la mesilla, que la raya está sobre la mesilla de la habitación del parador en el que Ábalos quedaba con “la Ainara”. Pero ese ya será otro tema. También de familia, efectivamente.
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