Opinión
¿Queremos los republicanos realmente la República?

Por Pablo Batalla
Periodista
Álvaro de Albornoz no tenía buena opinión de los republicanos. Él lo era —de la cofradía de los radicales de Lerroux—, pero no se hacía ilusiones con respecto al material humano que le rodeaba. En 1916, trazaba esta cruda caracterización del desempeño de los enemigos de la monarquía después del fracaso de la Primera República y durante la Restauración:
"En irreductible oposición con las masas, Castelar; jefe de una escuela social más bien que político, Pi; e indeciso y vacilante Salmerón entre los estímulos de su conciencia y las solicitudes de la calle, puede decirse que toda la actuación republicana durante treinta años es progresismo puro. La misma vana y pomposa declamación, idéntico prurito de los problemas abstractos y de los principios generales, la misma falta de sentido político, igual incompetencia técnica, el mismo funesto espíritu de división y discordia. La misma falta de civilismo, la eterna nostalgia de la conspiración y el pronunciamiento, la misma sumisión al caudillismo bereber. Como el progresismo tuvo la espada de Espartero y después la de Prim, el republicanismo progresista lleva cuarenta años esperando ver surgir la República de la espada triunfadora y radiante de un general fortuna".
Un siglo y un decenio después, no hay que salvar muchas distancias, ni modificarle muchas palabras, para que el párrafo le vaya como un guante al republicanismo de 2026.
La historia no se repite, pero en cierto sentido, la historia sí se repite. Tiene cada era sus fuerzas y sus afanes, sus sueños, su palabrería; y, claro, sus líderes. Pero por bajo de todo eso que va cambiando, hay una antropología que no lo hace. En cualquier momento de la historia hay seres humanos de una serie de tipos psicológicos que sí son siempre los mismos. El práctico y el maximalista, el apegado al poder y el apegado a la protesta, el amigo de la novedad y el misoneísta, etcétera. La toma de partido por una opción política u otra depende de más cosas que esa, pero lo psicológico cuenta. Un ejemplo. Luis Miguel Dominguín tenía un hermano llamado Domingo —Domingo Dominguín—, torero como él, y que había hecho la guerra como falangista exaltado. Tras el triunfo de Franco, José Antonio Girón le ofreció hacer carrera política con él, pero rechazó la oferta. Y no mucho después, entró a militar en el PCE, tras contactar con Semprún y el exilio mexicano. Ocurrió así que, mientras que Luis Miguel, torero estrella de la época, hacía las mejores migas con el Caudillo, su hermano financiaba Mundo Obrero y las películas de Bardem. Los que conocieron bien a la familia daban una explicación psicológica. Luis Miguel no era estrictamente franquista, no era un militante convencido de las ideas franquistas, sino simplemente un admirador del poder y los poderosos, fueran los que fueran. Entendía que, si lo eran —poderosos—, se debía a que eran los más capaces. Y Domingo tampoco fue estrictamente falangista, ni luego estrictamente comunista, sino un admirador de la disidencia y los disidentes, también fueran los que fueran. Del vértigo de la rebeldía y el romanticismo insurreccional. Si el poder era el Frente Popular, lo rebelde era enarbolar el yugo y las flechas; si el poder era el Movimiento Nacional, la hoz y el martillo.
Con demasiada frecuencia el ser de izquierdas, el ser republicanos, ha ido de parecerse un poco a Domingo Dominguín: un asunto, no de la política, sino del romanticismo; ser activistas, no de unas ideas concretas y permanentes, a seguir teniendo en el poder o la oposición, sino del activismo como tal; tautólogos para los cuales lo importante no sea el lema de la pancarta, sino que haya pancarta; no la mira del fusil, sino que haya fusiles; vivir aferrados a ellos y a su emoción. Garibaldi siempre será más sexi que José Giral o Marcelino Domingo. Y de ahí sale todo eso que lamentaba Álvaro de Albornoz. La declamación vana y hueca y abstracta e incompetente, cuanto más vana mejor, cuanto más hueca mejor, mejor cuanto más abstracta e incompetente: así será más difícil que nuestros sueños se cumplan y entonces nos decepcionen, porque la realidad, incluso cuando es brillante, siempre brilla menos que las ensoñaciones garibaldinas o guevaristas.
La buena noticia es que, por difícil que pareciera en 1916, o incluso en 1926, la República vino y no tardó demasiado. La trajeron, no tanto los viejos republicanos como un montón de súbitos republicanos nuevos, un republicanismo de aluvión, germinado de golpe durante la dictadura de Primo de Rivera, en estudiantes y en artilleros y obreros y campesinos que no perdían medio minuto en decidir si eran de Castelar o de Salmerón, del pacto sinalagmático o el self-government de Azcárate, si el modelo era Francia o era Suiza, sino solo en que Gutiérrez —le habían puesto ese apodo a Alfonso XIII— era un cantamañanas y algo había que hacer. A veces la gran historia germina tan deprisa como esas flores que brotan en el desierto en cuanto caen cuatro gotas.
Podrá germinar de pronto, igual que la Segunda, la Tercera República. Pero por el momento estamos en lo de Álvaro de Albornoz. Pocos republicanos de hoy quieren de veras la República. Quieren el sueño y que no se cumpla, para seguir soñando; y tal vez lo delaten en la forma que tienen, que suelen tener, de celebrar la del treinta y uno: en cementerios, en fosas, en tumbas, en cunetas, con ofrendas florales, no a los vivos del treinta y uno, sino a los muertos del treinta y nueve. Casi como para advertirnos a todos, con la misma vehemencia que un conservador de los de La retórica reaccionaria de Hirschman, que el soñar demasiado mata.
Hay más días en el año —todos los demás; los 364— para el obligatorio tributo de gratitud a los héroes martiriales de nuestro antifascismo, que en días inconcebibles entregaron su vida para salvar la de todos, como medio millón de cristos, como el Cristo de 200.000 brazos de la novela de Agustí Bartra. Tienen que vivir siempre en nuestra memoria. Pero el 14 de abril, deberíamos acordarnos de otras gentes y cosas. De la vida y los vivos. De aquellos ateneos obreros que en barriadas del Caudal o de Somorrostro hacían una fiesta cuando compraban el libro mil para su biblioteca. De aquellas fotos de niños y niñas hurdanos o cabreireses con mugre en el rostro ya curtido por el trabajo de sol a sol, mirando con los ojos extasiados la primera película de su vida, llevada a su aldea remota por el cinematógrafo itinerante de las Misiones Pedagógicas. De aquella anciana de Lavapiés que, hacia el año 2000, solía pararse a mirar con curiosidad un centro okupado que habían montado en su calle; que un día se acercó a preguntar a los que salían si allí dentro iban desnudos; de la que ellos pensaron que era una vieja gagá y a la que le dijeron no señora, no vamos desnudos. Y que se sacó entonces la cartera y, de ella, un septuagenario carné de la CNT, y entonces les contó que ella había sido, sí, de la CNT en los años treinta, y asidua a un centro social parecido a aquel. Y que iban desnudos.
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