Opinión
Quiero creer y no me sale

Por Magda Simó
Periodista y escritora
-Actualizado a
Para desgracia para mí, yo no creo en dios, ni en casi nada. Recuerdo tomar la primera comunión, que fue casi la última, pensando el tremendo teatrillo que era aquello. Tengo nítido en la memoria también el tercer grado que me aplicó una tía mía para asegurarse de si tenía claro lo que significaba ese gran paso en mi vida, el pseudocanibalismo en forma de oblea, un discurso que se me hizo tan largo como uno de Fidel Castro, pero mucho más fantasioso. Tenía nueve años y los invitados me escribían dedicatorias con boli bic en un álbum de tapas nacaradas deseándome que fuera el día más feliz de mi vida. Me acuerdo que pensé que si era así, estaba jodida, porque fue un día bastante de mierda, en general. Tengo otros recuerdos no sé si divertidos de mi infancia en un pueblo, como desvestir a una santa para limpiarla, Teresa si no me equivoco, y que bajo el manto de terciopelo bordado no hubiera cuerpo, solo un torso de maniquí y maderas sosteniendo unas manos finas de escayola con puñetas de encaje, y que me pareciera tremendamente ridículo venerar a un muñeco antropomorfo que ni siquiera estaba completo.
Si lo veo en perspectiva, desde la montañita de mis casi cuarenta y cinco, ser así, incrédula, como me llamaba mi abuela, ha sido bastante mala suerte. Nunca he podido elegir creer y eso me ha dejado sola y desamparada frente a la certeza de un mundo cruel y una raza humana deleznable y destructiva. Ser escéptica y descreída es un inconveniente bastante importante a la hora de echar las culpas a otro ente de nuestras calamidades, sea una deidad o muchas, sea la magia o una alineación de planetas. Toda la responsabilidad sobre lo que nos pasa recae en nosotros, en el prójimo y en el azar, no podemos culpar a nadie más ni buscar consuelo en el cosmos para descargarnos y sentir que algo más grande nos dirige. Quedamos como simples animalitos, que nacen y mueren, sin sentido ni propósito.
Por eso tengo que reconocer que me da envidia la gente que cree en cosas, en lo que sea, porque tener fe en algo te da esperanzas, es reconfortante y resulta mucho más sencillo asumir lo que te pasa en este valle de lágrimas. No eres tú, es mercurio retrógrado. Estaba escrito en el destino. La enfermedad ha venido porque lo ha querido dios, no porque hayamos votado a partidos que recortan en diagnóstico precoz. Y te agarras a eso como clavo ardiendo, que te exime de responsabilidades, porque si algo le hace falta a nuestra especie son respuestas tranquilizadoras. Lo entiendo, lo envidio y me encantaría, de verdad, pero es que eso no se elige, quiero creer y no me sale.
Durante el siglo XX el espectro de creencias socialmente admitidas se vio mayoritariamente copado por las religiones, sobre todo en sociedades como la nuestra, en la que hemos arrastrado un catolicismo cultural y social hasta nuestros días y la separación iglesia-estado no es ni siquiera ahora del todo efectiva. Sin embargo, hace unas décadas empezó el declive: cada vez menos gente en las iglesias, menos bautizos, menos católicos practicantes, menos familias inculcando la religión a sus hijos o solo relegándola a un espacio festivo y no de culto, perpetuándola como un legado que no se cuestiona. Y al mismo tiempo, progresivamente, experimentan un auge las creencias de todo tipo, desde la astrología a la numerología, el tarot o las constelaciones familiares. Ya existían, pero se popularizan entre capas más amplias de manera más abierta porque se reduce su estigma y de repente tienen espacio para crecer, el que han dejado libre las religiones oficiales y que las redes sociales multiplican. Mismo objetivo, diferente aura. Buscar respuestas a nuestras dudas existenciales, encontrar guía, pero sin el tufillo a confesionario y sotana.
El resumen es que para muchas personas es necesario creer en algo, porque si no estamos muy solos con nuestro córtex prefrontal tan desarrollado y nuestra autoconciencia, y cada uno cree en lo que quiere o en lo que puede. Y como todo en nuestras sociedades autoreferenciales, las épocas van y vienen y cada una intenta ser disruptiva respecto a la anterior, así que no puede extrañarnos para nada el revival de la espiritualidad, en formato renovado, que bebe de muchísimas fuentes, pero que estéticamente apela a nuestras referencias culturales católicas. Esto lo vengo pensando, un poco extemporáneamente, por lo de Rosalía, pero podemos encontrar muchos otros ejemplos que se han subido al carro de las nuevas espiritualidades, como una revelación repentina que busca llenar de contenido lo que generalmente es vacuidad e inmediatez.
Tiene un punto de transgresión volver a lo más antiguo, sin duda, pero a la vez, hay toda una estrategia en cogerlo solo en parte y actualizarlo, porque el todo sería demasiado y tampoco estamos para votos rancios, dogmas, inquisiciones y obligaciones raras. Para eso ya están Mariah’s Pop y no sé si alguien se las toma completamente en serio. No, bastará con algo de iconografía católica, tan potente: ese san Sebastián asaeteado, ese sagrado corazón palpitante, la eterna lucha entre la luz y la oscuridad, la resurrección, el martirio que apela visualmente al orgasmo. Y mezclarlo un poco todo, como la señora de Instagram que tira las cartas a los signos del zodiaco hablando de arcángeles con una virgen detrás. Triple poder, esto seguro que funciona. Y esto nos vale para casi todo. Al final, como cantan Baustelle, è difficile resistere al mercato, amore mio.
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