Opinión
Quiero expropiar La Casita de Bad Bunny

Por Silvia Cosio
Licenciada en Filosofía y creadora del podcast 'Punto Ciego'
No me gusta Bad Bunny, pero es por mi culpa, no suya. Como bien dice mi querido esposo, en cuestiones musicales solo me gustan las cosas "fritas o rebozadas". Esto es así porque no me he tomado la molestia de educarme, ni mostrado mucho interés -ni paciencia- en estudiar, aprender y apreciar estilos musicales distintos a los que ya me gustan. Algo que, por cierto, no he hecho ni con la literatura ni con el cine, y que me descalifica para ejercer cualquier tipo de crítica musical. Toda opinión que yo pudiera expresar sobre la música de Bad Bunny no dejaría de ser una farsa, una hipocresía y una burla, al igual que cuando el papa de Roma se pone a dar lecciones sobre el matrimonio o los derechos reproductivos de las mujeres.
Lo que quiero decir es que no tengo ni idea de si Bad Bunny es bueno, malo o mediopensionista como músico, porque está a años luz de la única música que me tomo la molestia de escuchar y porque nunca me he preocupado de dotarme de las herramientas que me permitirían tener un juicio razonado al respecto. Y me pasa lo mismo con Rosalía o los Pixies, por ejemplo. Ellos siguen su camino y yo el mío. Lo único que puedo decir sobre este tema sin sentirme una farsante es que me alegro de que gusten a la gente y que se puedan ganar bien la vida con su música. Que no todos en el mundo de la cultura tienen que ser hijos de streamers o influencers.
Así que andaba yo estos días feliz y ajena al mundo, ensimismada como estaba con mi Mandoloriano, mi Grogu y mi cita anual en el cine con El Señor de los Anillos. Rituales que me han servido de terapia frente el insoportable ruido de togas, las sacudidas tectónicas en la línea editorial de Prisa y la sobredosis de Cayetana Álvarez de Toledo diciendo tonterías -sobre cualquier cosa, da igual de lo que hable- con ese aire de gran señora pagada de sí misma que se gasta sin pudor alguno, cuando resulta que todos los grandes problemas que azotaban el Primer Mundo se estaban dando cobijo en La Casita de Bad Bunny.
Pánicos morales, misoginia, puritanismo, lujo ostensible, contradicciones y perreo, todo bien agitado y servido con un par de hielos, al gusto del consumidor de la cultura de la indignación. Porque no podemos dejar pasar ni una sola polémica sobre cualquier tema, aunque tengamos que inventárnosla. Y es que sin polarización no hay paraíso. Sin ella no hay clicks, ni retuiteos, ni nos podemos tampoco hacer virales ni mucho menos monetizar nuestros prejuicios. Porque quien no se enfada no sale en la foto. Que el algoritmo solo premia a los ofendiditos. Todo sea por ahondar -artificialmente- aún más en las guerras culturales reaccionarias.
Ha sido llegar Bad Bunny a España y empezar a salir de debajo de las piedras todo tipo de expertos musicales, de defensores irredentos de la calidad melódica -en el país que escuchaba a Dinamita pa' los Pollos- y señaladores de letras cuestionables. Todos y todas ellas soltando desde su púlpito inmaculado sermones que no logran desprenderse de ese tufillo racista -y clasista- típico de quien habla de formas musicales, de culturas y maneras de entender la vida que se escapan a la mirada eurocentrista. Este posicionamiento, por tanto, es mucho más complejo y cínico que la eterna pataleta generacional, esa que se repite como el ajo desde el principio de los tiempos, de quienes han dejado atrás sus años de juventud y se desesperan porque el mundo sigue girando y ya no cuenta con ellos ni se amolda a sus gustos y manías. Pues este prurito estético, esta exquisitez repentina en exigir que se guarden las formas y se respeten los códigos tradicionales, no es más que una de las muchas caras del código supremacista que da forma a la Prioridad Nacional. Solo que en esta ocasión viene disfrazada de coartada intelectual, un poco menos burda que la del “vienen a quitarnos el trabajo”, pero igual de peligrosa: (ellos, los extranjeros, los hombres que no son como nosotros) vienen a sexualizar a las (nuestras) mujeres. Algo que nunca jamás había ocurrido en la historia del rock o del pop hasta la llegada del reggaeton.
Y aquellos que, hasta hace dos días, nos aleccionaban sobre evitar caer en el literalismo cuando Loquillo cantaba "solo quiero matarla, a punta de navaja, besándola una vez más", porque estos versos solo son una licencia artística, una exageración poética y dramática sin importancia; los que lloraban porque por culpa de la cultura de la cancelación -y las feministas, siempre las feministas- todo se sacaba de contexto y ya no se podía decir nada, se ponen ahora a analizar las letras de Bad Bunny con el ansia y la minuciosidad hermenéutica de un estudiante de primero de Filosofía que acaba de descubrir a Mircea Eliade. Una pasión y una censura de la que participan también y por igual las aprendizas modernas de Pilar Primo de Rivera -en su versión agropop o en su encarnación en feminista esencialista blanca eurocentrista- que no han desaprovechado la ocasión para salir en tromba a denunciar a Benito, el baile en general, la diversión y el sexo, tirando de tópicos misóginos, puritanos y racistas a lo loco.
Porque una cosa es denunciar las violencias y la desigualdad sistémica que sufrimos las mujeres y otra muy distinta presentarnos exclusivamente como víctimas. Pues las mujeres somos también sujetos activos políticos y sociales; seres que deseamos pero que también queremos ser deseadas y disfrutar de nuestro cuerpo y nuestra sexualidad. Y que exigimos que nos dejen perrear nuestras contradicciones. Lo que no evita que en esa Casita badbunniana se alberguen muchos de los males contemporáneos que amenazan con arrastrarnos hacia un abismo del que todavía somos incapaces de adivinar su profundidad.
En tiempos de tecnofeudalismo, de resurrección del lujo ostensible y de obsceno exhibicionismo de los privilegios, en tiempos de desigualdad flagrante, en los que el capitalismo fagocita hasta los movimientos sociales y en los que a la mayoría de nosotros se nos va el sueldo en pagar un techo cochambroso y en llenar la cesta de la compra, los primeros invitados e invitadas a mover bullangueramente el trasero en La Casita eran la demostración palpable de que hemos perdido la lucha de clases. Consciente, o inconscientemente, nos dejaron claro que el mundo vuelve a estar hecho a su medida y necesidades, ajenos al gallinero donde se agolpaba la plebe. La Casita transmutó así en Versalles por unos días. Y la casa humilde de clase trabajadora se convirtió en palacio. En un sueño aspiracional. Y no solo simbólicamente. Porque, a pesar de la posterior rectificación por parte del equipo del músico, resulta que para muchos de nosotros La Casita de Bad Bunny es, en sí misma, un sueño inalcanzable. Una utopía.
Vivimos en un país que ha convertido en una maldición el deseo woolfiano de poseer una habitación propia. Pues las hemos transformado en una cárcel para la mayoría de la gente joven -y ya no tan joven- de este país. Confinados en la habitación de su infancia en casa de sus padres, o en la de un piso compartido. Sin intimidad ni posibilidad de poder desarrollar un proyecto de vida. Por eso, al ver La Casita, no muy distinta a las que hasta hace muy poco habían levantado con sus propias manos los vecinos y vecinas de mi barrio -humildes pero bonitas y acogedoras- y que ahora, por culpa de la especulación y la turistificación que sufre mi ciudad, han dado paso a bloques de pisos diminutos y feos, que se venden a precio de palacete renacentista, yo no era capaz de prestar atención a la música de Benito, a sus letras o a la gente que bailaba en ella, porque solo podía pensar en que ojalá pudiera expropiar esa casita humilde y convertirla en mi hogar.

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