Opinión
Una quinceañera desnuda en un festival literario

Periodista y escritora
El escritor era uno de los habituales del festival, un tipo popular, con labia y ese desenfado de los autores que, en aquella época, se jactaban de acudir a los certámenes literarios a follar. Y lo hacían. Se hablaba de festivales en los que "se follaba mucho" y otros en los que era "más complicado". Se mapeaban las convocatorias por comunidades autónomas en las que les resultaba —siempre según ellos— más fácil, etcétera. Yo estaba allí, nadie tiene que contármelo. La primera década de este siglo llegaba a su fin y todo aquello parecía normal, se les reían las gracias y quizás alguien echara una ojeada alrededor a ver quién cabía en la definición de “presa" y quién en la de "cazador".
Tampoco pasó nada la mañana en la que el escritor al que me refiero sacó el teléfono móvil y nos enseñó la foto. Alrededor del organizador del festival nos habíamos sentado un grupo de autoras (pocas) y autores para tomarnos la caña del mediodía. Era un festival de novela negra, así que probablemente había muchos más hombres que mujeres, pero no lo recuerdo. Lo que sí recuerdo es que el escritor empezó a relatar sus hazañas sexuales sin que a nadie le pareciera ni mal ni bien. Hace tiempo que no participo en ese tipo de encuentros, así que no sé si sigue sucediendo lo mismo, pero no lo creo. Tengo la sensación de que ahora los hombres tienen más cuidado al relatar sus proezas sexuales en grupos donde hay mujeres. Sé poco o nada de lo que sucede en los grupos en los que no las hay.
Llegado un momento, el escritor decidió pasar de lo general a lo particular y nos contó que llevaba algún tiempo "tirándose" a "una de quince" que, por lo que recuerdo, le gustaba mucho, lo que quería decir que la chica "lo pasa muy bien" con lo que aquel pretendido maestro de la seducción le hacía. De eso se trataba, de dejar claro que él era un gran amante y que la mujer de turno —en este caso una cría— era "bastante guarra".
Quién sabe si porque no lograba captar toda la atención que creía merecer o por otros motivos, mientras daba detalles innecesarios sobre sus encuentros, el escritor sacó el teléfono móvil y en nada encontró lo que buscaba. "A ver qué os parece la pibita", dijo a la concurrencia, y mostró la fotografía de una cría de quince años desnuda y lampiña. Recuerdo perfectamente lo de lampiña porque el patán insistió en que le gustaban "con el coñito pelado".
Uno tras otro, fue poniendo el móvil ante la jeta de los hombres presentes. Ninguno dijo nada, alguno sonrió, recuerdo el levísimo gesto de rechazo del director. El escritor aseguraba que aquella joven tenía quince años. La chavalilla parecía tener quince años, también parecía estar un poco ida. Quién sabe. Hoy en día cualquiera se habría levantado para recordarle que eso es un delito… por lo menos. Ahora se me ocurre la posibilidad de arrancarle el móvil de la mano, tirarlo al suelo, pisarlo con el tacón de la bota una y otra vez. Se me ocurren más cosas, todas violentas, mucho más violentas, que no contaré.
Entonces no pasó nada. Es cierto que no recibió la celebración o aplauso que esperaba. Se congeló el aperitivo, nadie supo bien cómo responder. Yo tampoco. Recuerdo que sentí una rabia a la que no sabía cómo dar salida, una náusea que me levantó de la silla, y me largué. Años más tarde supe que algunas escritoras jóvenes habían denunciado en ciertos grupos al tipo por violencia sexual. Yo misma lo he denunciado donde he creído necesario. Imagino que ahora estas cosas funcionan de otra manera, al menos si hay mujeres delante. Puede que no. He recordado todo esto al leer la noticia del descubrimiento de otro chat de hombres que compartían fotos íntimas de sus mujeres, hijas, madres o amigas. Formas nuevas para violencias conocidas.
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