Opinión
Que no nos quiten también el humor

Escritora
Uno de los últimos piropos que me han dedicado (que siempre queda mejor que decir que fue el único) salió de boca de una compañera del instituto en el que actualmente cubro una sustitución. Comiendo juntas me preguntó, tras soltar una carcajada al escuchar alguna de mis tonterías: "¿Por qué no te dedicas a hacer memes?".
No recuerdo ni qué le había dicho. De cada tres palabras que salen de mi boca, cuatro no suelen ir en serio. Es una forma de autodefensa contra la vida. Nací así y no sé ser de otra forma, tampoco tiene mucho mérito. Escribí un libro sobre salud mental (pausa para hacer la autopublicidad, que les recuerdo que soy sustituta —y escritora, imagínense el panorama—: si quieren curiosear y, por qué no, leerlo, pueden pinchar aquí), y en gallego me pusieron una faja en la que decía "Unha novela divertídísima e profunda sobre a saúde mental" (la versión original en mi maravillosa lengua materna está aquí —perdón, pero recuerden que las chicas no lloran, las chicas facturan, sobre todo si quieren comer fuera de casa con sus compañeras—). Me molestó un poco, no les voy a engañar: casi diez años gastándonos, mamá, papá y yo, el dinero en psiquiatras y psicólogas, para que al final me feliciten por lo que me sale innato. Hay que joderse.
Yo nunca he hecho un meme. A veces sí me siento un poco meme, para qué engañarnos, pero el comentario de mi compañera me hizo darme cuenta de lo poco que nos reímos últimamente. No hablo de reírnos con las amigas cuando quedamos, una vez al año, con suerte, sino en general. ¿Se acuerdan de los memes del papel higiénico en el confinamiento? Hubo un pequeño revival de cómo era tomarse la vida con humor a pesar de la propia vida con lo del hantavirus, pero el brote fue corto en intensidad y número. Los chistes estaban descafeinados y los ánimos, en general, bajos. En las redes sociales y, cada vez más, en las plazas del pueblo, las literales y las figuradas, como los platós de la televisión, el espacio está copado por los gritones, por los ofendidos, por los maleducados, por los cabreados.
Y no es que no haya que cabrearse, ojo. Tenemos que estar indignadas, y mucho, y hay motivos para protestar y reivindicar, muchísimos. Pero eso también se puede hacer desde el humor. Lo dijo muy bien mi paisano Wenceslao Fernández Flórez en su discurso de entrada a la Real Academia Española en 1945, titulado El humor en la literatura española: "En el fondo no hay nada más serio que el humor, porque puede decirse de él que está ya de vuelta de la violencia y de la tristeza, y hasta tal punto es esto verdad, que si bien se necesita para producirlo un temperamento especial, este temperamento no fructifica en la mayoría de los casos hasta que le ayudan una experiencia y una madurez. El poeta lírico, el dramaturgo, el simple narrador literario, el escritor festivo, pueden ser precoces. El humorista, no".
Y es que el humor bueno (que no buen humor) siempre reivindica; en él siempre hay inteligencia. Y en España somos mucho de cachondeo, pero la fina línea que separa el motivo de las carcajadas nunca la hemos tenido muy clara. Yo nunca perdonaré, jamás, a Ione Belarra que por su culpa me viese en la obligación de defender a Eme Punto Rajoy cuando le soltó aquello de «ese gracejo no sé de dónde lo ha sacado porque usted es gallego y los gallegos no tienen fama de graciosos». ¿Perdona, Ione? ¿Podrías decirme de qué tenemos fama los y las gallegas? Porque yo no lo sé. Lo que sí sé es que tirar de típicos-tópicos no es humor del bueno (qué estamos, ¿en los 90?).
Si el cabreo gana la batalla, nos habrán quitado lo único que nos queda: la reivindicación que enfurece al que la recibe y alivia algo al que la expresa. No sé quién dijo que el humor tiene que ir siempre de abajo a arriba, pero añadiría más: el humor es desahogo y consuelo para el emisor, y ofensa y vergüenza para el receptor. Cada vez que veo a influencers o políticos, que cada vez son más indistinguibles, ofendidos porque han hecho chistes con ellos (la Pombo con lo de leer un libro o Carmen Calvo con su meco del entroido gallego, por ejemplo) pienso: así sí.
"Cuando ni gemimos ni nos encolerizamos ante lo que nos disgusta, no queda más que una actitud: la de la burla. Es esta una posición desde la que no pretendemos matar al adversario, sino, en todo caso, hacer que se suicide; ni aspiramos a contagiarle nuestras lágrimas, sino a que sea la sonrisa la que se le pegue y le desarme. En este caso la impresión hiriente no pasa tan sólo por el corazón para tomar en él bríos de protesta o acentos aflictivos, sino que se deja macerar en el cerebro, de donde sale como amansada; más pulida, más cortés y, sobre todo, más comprensiva", sigue Fernández Flórez. Y es que para el humor hay que tener tiempo. Hay que comprender, hay que reflexionar, hay que parar. No es que yo quiera ser comprensiva con los que ahogan a la clase trabajadora, a las mujeres, a los y las migrantes… En fin: a los de abajo, a las de siempre. Lo que quiero es que si ellos se ríen en mi cara, yo pueda hacerlo más y mejor. Pero, sobre todo, lo que quiero es que el enfado no esté en nuestro lado, sino en el suyo. Que dejemos de premiar los discursos que sacan lo peor de nosotras y que convirtamos esa cólera que cada vez sentimos más en algo inteligente; que la rabia sea un medio y no un fin. Que se cabreen ellos y me ría yo, para variar.
Y otro poquito de Wenceslao para ir cerrando: "Un pueblo joven o una literatura joven no dan frutos de humor. El humor aparece cuando las naciones ya han vivido mucho y cuando en su literatura hay muchos dramas, muchas tragedias y mucho lirismo; cuando el descontento ya se exteriorizó con genialidad en cólera y en lágrimas, en sátiras y en reproches".
Ya saben: rían su descontento. Que no nos quiten también el humor.

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