Opinión
La rama en el precipicio

Por Pablo Batalla
Periodista
Un hombre en uniforme rojo y amarillo —el de la UME— y una mujer sostienen y trasladan una urna con huesos, cráneos y pelvis amarillentas. No son cráneos cualesquiera: sostuvieron hace siglos la corona de Aragón; son restos de los monarcas del viejo reino, sacados del monasterio de San Juan de la Peña —junto con cuadros y otras obras de arte— mientras el fuego que lo cerca devora los bosques circundantes. La estampa es terrible, cautivadora y de época; es cyberpunk y benjaminiana; es la catástrofe amontonada del Ángel de la Historia; es la "era del centrifugado" de la que habla el historiador Fernando Hernández Sánchez, autor de En el presente hay dragones: repensar la historia en la edad incógnita. Se centrifuga la sucesión de los tiempos históricos; pasado, presente y futuro se entremezclan en nuestros días en una macedonia febril y cenicienta, y arrojan, a veces, escenas fascinantes. Que muchas veces involucran huesos, ya sea en ocasión trágica o festiva, como el "desfile dorado de los faraones" que se organizó en El Cairo en 2021 para trasladar veintidós momias del antiguo Egipto al nuevo Museo Nacional de la Civilización Egipcia. Hace unos años vimos un helicóptero llevarse de Cuelgamuros los huesos de Franco: eso también era centrifugación temporal y la civilización en marcha, como lo es ahora este rescate de los esqueletos aragoneses. Pasado, presente y futuro: el pasado son los huesos, el presente la UME; y el futuro, ese fuego voraz, que en los últimos años ha empezado a descontrolarse.
"Fuera de la capacidad de extinción" es una de las locuciones del siglo. Los incendios se desextinguen, se inextinguibilizan, anchas son su Castilla y su Aragón. Y ya afectan, no solo al patrimonio natural, sino al histórico más valioso. A Las Médulas, a San Juan de la Peña. Es cuestión de tiempo que volatilicen alguna joya irrecuperable, y el panorama no invita a la esperanza de que el cambio climático se revierta; de que se haga todo lo que hay que hacer para evitar que siga sumando grados a esta olla en la que chapoteamos mientras nos cuece. Ese fuego que se descontrola y se vuelve aparentemente inderrotable es literal y es metafórico: auge del fascismo, etcétera, etcétera. El fuego es un incendio forestal cargándose Las Médulas, es el ISIS dinamitando Palmira, es Israel arrasando la Gran Mezquita de Gaza. En Alemania, los incendios que arrasan también allá los bosques detonan bombas de la segunda guerra mundial que siguen desperdigadas por el país, lo que añade una complicación extra a la labor de los bomberos: toma Ángel de la Historia, toma catástrofe intertemporal, toma bombas que se tiraron en el pasado y cuya capacidad de matar no puede darse por perdida en el presente. En el Danubio reseco por la falta de lluvia afloran barcos nazis hundidos; todo lo nazi aflora últimamente. Pero estamos todavía —incluso en Siria, incluso en Gaza— en el punto en el que hay gente organizada encontrando el tiempo y las ganas de ponerse a salvar arte y patrimonio en medio del cataclismo, e instituciones organizándola. Y mientras siga habiendo todo eso, no todo estará perdido.
"De la abismal inmensidad de la catástrofe da muy especial cuenta su capacidad de propagarse también hacia atrás en el tiempo y la historia", escribe Jónatham F. Moriche de esa imagen del salvamento de las osamentas aragonesas. Pero siguen siendo, también, inmensas la resistencia y la intrepidez humanista de quienes a la vista de la casa incendiada corren, no en dirección opuesta, para escapar de las llamas, sino hacia ellas, para ponerse a salvar, ni siquiera la caja de caudales, las escrituras o al gato, sino los cuadros de las paredes, los álbumes de fotos, las calaveras polvorientas de unos reyes de hace un milenio. Objetos tan perfectamente inútiles como imprescindibles. En la historia, siempre que la civilización se ha despeñado por el precipicio —y se ha caído a veces por precipicios atroces—, ha encontrado una rama de la que agarrarse y desde la cual recomponerse. Sigue habiéndolas, y todavía son muchas, creciendo inverosímilmente en las grietas del abismo que ahora encaramos. Seamos optimistas mientras no las calcine el fuego.
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