Opinión
Ramón en calma

Por David Torres
Escritor
-Actualizado a
La primera vez que vi a Ramón Portilla fue a través de un viejo VHS de la colección de Al filo de lo imposible en que ascendía por las laderas del Nanga Parbat. La nieve y los vientos del Himalaya se confundían con la nieve y el traqueteo del video y, en los tramos finales de la escalada, a más de ocho mil metros de altitud, el frío llegó a congelar la cámara de altura, con lo que no quedaron más testimonios de la cima que unas cuantas fotos de Ramón con la barba cristalizada, como un oso blanco, satisfecho y feliz.
Esta semana he vuelto a verlo en la tienda de ropa deportiva que acaba de abrir en la calle Moratines 8, muy cerca de la madrileña glorieta de Embajadores, y entrar en ese pequeño refugio fue como volver a una tienda al pie del campo base, a la sombra de un ochomil. Esté donde esté, Ramón lleva siempre encima la nieve, la luz y el viento salvaje de la aventura. Hace unos meses regresó de las Georgias del Sur, una expedición de homenaje a sir Ernest Shackleton, de cuya gran odisea de supervivencia se cumple ahora justamente un siglo. “La historia de Shackleton me sigue pareciendo increíble” dice. “No sólo por la lección de liderazgo, la forma de mantener la moral del grupo, las decisiones que se tomaron. La gesta de Worsley, el navegante que embocó la ruta desde Isla Elefante, sigue siendo una de las grandes hazañas naúticas de todos los tiempos. Por no hablar de la escalada que realizaron en las Georgias del Sur, cruzando la isla entera hasta la base ballenera en 37 horas sin ser alpinistas experimentados y sin tener la menor idea de dónde se metían. Fíjate que nosotros echamos cuatro días y medio, y eso que teníamos material de primera, esquíes y GPS”.
Ramón tiene lo que los militares que han entrado en combate llaman “la mirada de los mil metros”. Los ojos se le nublan cuando me cuenta la emoción que sintió al rebasar el último collado que da al puesto ballenero, repitiendo la alegría inmensa de Shackleton al oír la sirena que llamaba a los trabajadores, el primer sonido artificial que oían en tres años de soledad y desdichas. Cuando le pregunto si todavía hay en el mundo tiempo y espacio para la aventura, se echa a reír, me explica que sólo en el Himalaya quedan un montón de picos vírgenes por escalar. Aunque cuenta con cinco ochomiles en su historial, varias expediciones a la Antártida y ha ascendido también las siete cumbres más altas de cada continente, Ramón cree más en los desafíos personales: uno de los suyos es coleccionar algunas de las montañas más hermosas, esbeltas y gráciles de la Tierra, un proyecto del que hablará este miércoles 9 de abril en el ciclo de conferencias Conoce la Montaña de Ambito Cultural, en El Corte Inglés de Callao.
Se me hace raro ver a Ramón encajonado entre las cuatro paredes de una tienda, pero tampoco es muy difícil de entender si uno piensa que, entre otras cosas, está intentando devolver toda la felicidad, la belleza y la sabiduría que le han regalado las montañas. “Nuestra filosofía aquí es dar prioridad a las marcas fabricadas en España, trabajar con pequeñas empresas familiares, Bestard, Boreal, Fixe”. Una de las pocas marcas extranjeras que representa es Sherpa, una factoría de ropa deportiva hecha en Nepal con capital y mano de obra nepalí. Un porcentaje de cada prenda de Sherpa está destinado a los huérfanos de los sherpas fallecidos en las montañas. Esta empresa solidaria se complementa con su ayuda personal a Kande, un pueblo de porteadores en el valle de Ushé, donde financia el sueldo anual de una maestra en la única escuela de la zona.
El célebre anuncio que colgó Shackleton en la prensa de la época rezaba: "Se buscan hombres para viaje peligroso, sueldo escaso, frío extremo, largos meses de completa oscuridad, peligro constante. No se asegura el regreso. En caso de éxito, reconocimiento y gloria". Ramón, que no para de idear nuevas empresas, lo ha reescrito a su modo: "OK, necesito compañer@s para este verano, Cordillera Blanca, La Esfinge y la Pirámide de Garcilaso. Sólo escalo 6a, soy gruñón y casacarrabias (según mis amigos), no estoy en forma (cojeo mucho en las bajadas) y si subimos, no habrá ni honor ni gloria. Pero la aventura está garantizada".



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