Opinión
La rebelión de los idiotas

Periodista
Dicen que los perros se parecen a sus dueños. Y viceversa. La vieja versión animada de 101 dálmatas explota el tópico y nos muestra a una muchacha con aires de lebrel afgano, una anciana con cara de cocker spaniel y una señora esbelta y pomposa, igualita a un caniche recién salido de la peluquería. Allá por 2004, los psicólogos Michael Roy y Nicholas Christenfeld visitaron tres parques caninos de San Diego, California, y fotografiaron a varios perros y a sus dueños. Aunque la muestra es modesta, el estudio concluye que tendemos a elegir perros que nos resultan familiares.
Desde tiempos inmemoriales, las ciencias políticas han planteado una pregunta análoga: ¿se parecen los votantes a sus candidatos favoritos? A simple vista, cabría responder que no. Desde luego, el votante medio de Javier Milei no es un economista lunático, despeluchado y sacado de una escena de La masacre de Texas. A Donald Trump lo votan millones de personas que están lejos de ser magnates y nunca se han codeado con Elon Musk y Jeffrey Epstein. Nos consta que Abelardo de la Espriella nunca habría llegado a la presidencia si solo lo hubieran votado los fantoches caribeños con ínfulas de tiktokers.
La historia de la literatura arroja luz sobre nuestros personajes predilectos. Según el crítico Northrop Frye, las preferencias se han ido degradando. Hubo un tiempo mítico poblado de héroes de virtudes sobrenaturales, ya fueran los dioses homéricos o un Hércules de fuerza legendaria. Con el andar de los años, empezaron a gustarnos los protas poderosos pero humanos como Macbeth o Lear. La novela burguesa trajo consigo a Emma Bovary y otros personajes de nuestra misma estatura. Finalmente llegaron los pringados: Josef K. y Gregor Samsa. El gran héroe del siglo XX es un antihéroe. Quizá por eso amamos a Cantinflas, Mr. Bean y Homer Simpson.
En una entrevista para DDN, el antropólogo David Graeber examinaba este fenómeno en el ámbito de la política. Así se entiende que tantos candidatos conservadores parezcan idiotas. Según Graeber, el tablero parlamentario está dividido en dos grandes campos ideológicos. Por un lado, el espacio de la izquierda aparece ocupado por el centrismo liberal de Barack Obama y Emmanuel Macron. Al otro lado, en perfecta simbiosis, han surgido políticos derechistas que fingen ser estúpidos. Dice Graeber que George W. Bush se hacía el paleto para seducir a las masas resentidas con la élite cultural. Es la misma escuela de Donald Trump o Boris Johnson.
La hipótesis parece seductora: puesto que los dirigentes centristas ejercen un elitismo esnob, los dirigentes derechistas han aprendido a parecer idiotas. Hasta fingen ser fascistas sin llegar a serlo, dice Graeber. Es por eso que los gobiernos se han llenado de millonarios disfrazados de plebeyos. Los capos neopopulistas son muy diferentes de sus votantes, pero juegan a parecerse a ellos. A veces, incluso imitan a esos pobres diablos que adoramos en la ficción. El patito feo. Cenicienta. El underdog, como dicen los ingleses. Lo sugiere el propio Graeber: un idiota de pega, despreciado por las élites educadas, gana las elecciones y sus votantes se regocijan. ¿Quién es el idiota ahora?
El otro día, durante un encuentro en Comillas, Cantabria, Iván Espinosa de los Monteros abordó la crisis de la vivienda: "esto es que me pone". Ahí tenéis al hijo de un marqués hablando como un personaje de La que se avecina. Miradme, soy uno de vosotros. Según Espinosa de los Monteros, el problema de la vivienda no tiene mucha miga. Bastaría que las capitales destinaran más suelo a las constructoras. ¿Qué hay al norte de Madrid? "Coño, un descampao." Con esa campechanía suburbial, uno casi se olvida de la persona que habita tras el personaje. Entre otros inmuebles, Espinosa de los Monteros posee una vivienda en Madrid que la prensa ha valorado en seis millones.
Más de seis millones costó a las arcas públicas el ático que la Comunidad de Madrid compró para la presidentísima en Chamberí. Hasta hace poco, Isabel Díaz Ayuso ocupaba un doble inmueble de Alberto González Amador que salió al mercado por un precio total de 3,3 millones. En un vídeo publicado en Idealista se aprecian con todo detalle las dimensiones del lujo. Da igual. Lo importante es regar el discurso público de boutades tabernarias y ejercer de chulapa vitalicia cada vez que le ponen delante un micrófono. Chao, pescao. La élite son los otros. ¿La oposición? "Izquierda caviar". "Hijos de burgueses". "Sabiondos". Que vivan los idiotas.
La derecha populista no solo conquista a sus semejantes, empresarios de billetera obesa, coleccionistas de piscinas, borjamaris de palacete en Puerta de Hierro y barquito en Formentera. Con una simulada idiotez y un calculado radicalismo, los trumpistas de marca blanca seducen a los sectores populares que han perdido la fe en el viejo orden. Si las izquierdas abandonaran los complejos, si la balanza del sentido común se decantara otra vez hacia el lado del progreso, la derecha extrema dejaría de fingir lo que no es y el centrismo liberal dejaría de ser un raquítico consuelo. Los votantes se parecerían por fin a sus líderes políticos y los ricos dejarían de pasear a los pobres por los parques caninos.


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