Opinión
Reemplazados estamos

Por David Torres
Escritor
-Actualizado a
Andan los fachas revolucionados con la regularización de inmigrantes y salen a la calle a protestar porque cualquier día de estos los españoles perdemos nuestra identidad nacional y nos despertamos africanos. Aparte de que los patriotas pata negra no se reproducen a buen ritmo y de que los extranjeros les ganan por goleada, este gobierno en descomposición ha decidido terminar de destruir España desde dentro, mediante una invasión descontrolada en la que cualquier día vamos a amanecer negros o moros o sudacas. En Vox, por ejemplo, ya han amanecido así tres o cuatro.
No pretendo yo inquietarlos más de lo debido, pero me temo que reemplazados ya estamos. Muchos fachas querrían ser visigodos de pura raza, algo ciertamente difícil en una península cuya genética ha sido renovada cada dos o tres siglos entre íberos, griegos, cartagineses, romanos, árabes, moros y lo que sea. Para bien o para mal, en términos biológicos, España es un milenario cruce de razas, religiones, tradiciones y culturas que en sus mejores momentos nos ha dado a Averroes (musulmán), Cervantes o Teresa de Jesús (ambos descendientes de judíos conversos), aunque también es verdad que el mestizaje a veces se equivoca y produce un Bertrand Ndongo o un Vito Quiles.
En toda Europa la ultraderecha también está acojonada ante el temor de levantarse una mañana y haber perdido sus raíces europeas, las mismas raíces que llevaron a los franceses a expoliar Indochina, a los italianos Etiopía, a los alemanes Tanzania y a los británicos lo que fuese. Debe de ser el miedo al efecto bumerán, por si los tataranietos de esa pobre gente a la que masacraron, robaron y esclavizaron en su día vinieran ahora a tomarse la revancha. Ser facha hoy día es aguantar todo el rato la angustia de una invasión extraterrestre, vivir dentro de una versión alternativa de La invasión de los ladrones de cuerpos donde, apenas te descuides, te van a cambiar el color de la piel, la religión y las costumbres.
Pocos sufren más esa zozobra existencial que Santiago Abascal, quien asegura que el gobierno de Sánchez ha puesto en marcha un plan para "sustituir al pueblo español" por inmigrantes, principalmente musulmanes. En cierto modo, la inquietud de Abascal resulta lógica, porque con esa barba y esas pintas da la impresión de que él ya estuviera sustituido. A lo mejor por eso se pone el chándal del ejército en verano y el fachaleco en invierno, no vayan a confundirlo con un moro. Alguien debería decirle que vestirse en plan Peaky Blinder, con gorra de cazador, tampoco ayuda mucho, porque los Peaky Blinders mayormente eran gitanos.
La propuesta para expatriar inmigrantes en aviones a sus lugares de origen no parece ni práctica ni barata por diversas razones, la primera de ellas de orden moral: basta leer los Evangelios para comprender que un buen cristiano tiene la obligación inapelable de acoger al extranjero. "Fui forastero y me acogisteis" dice el propio Jesús en Mateo, 25, apelando a la caridad y la hospitalidad como un principio fundamental del cristianismo. En último lugar, también habría que pensar quiénes iban a vendimiar o a cuidar de nuestros ancianos si se pone en marcha una deportación en masa. Por lo visto, no hay peligro de que el Real Madrid, el Barcelona y la selección francesa de fútbol pierdan su identidad al mantener en su plantilla un montón de jugadores negros y musulmanes. Los que molestan, como siempre, son los inmigrantes pobres, pero tampoco hay que preocuparse por eso: desde Atapuerca ya hemos sido reemplazados. No hay ningún reemplazo, ni grande ni pequeño, pero en cualquier caso íbamos a salir ganando.
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