Opinión
Un respeto por los que luchan

Por Israel Merino
Reportero y columnista en Cultura, Política, Nacional y Opinión.
Soy más cínico que ingenuo, más desapegado que militante, pero este domingo me encontré con la de Sol transformada en una plaza que desplegaba esperanzas. Sí, lo que suena: esperanzas, posibles, opciones; había migajas de pan sobre el suelo agrio del laberinto, había baldosas marcadas con tinta que daban pistas de hacia dónde seguir, pese a la bossa nova trilera de un partido institucionalista podrido por vendepatrias que luego echan media jornadita en Blackstone, o de sus secuaces quincemayescos, que se rasgan las vestiduras para salvar al gobierno más progresista de la etc. y fingen una lucha ideológica de facciones que no es más que una pelea alevosa entre caniches llorones desesperados por mantener su nominita. Porque estos últimos, los institucionales, buscarán las formas de sabotear ese decreto de vivienda peleado y necesario, descargándolo de cualquier carga legislativa seria para que no se mueva ni uno solo de los cimientos de este putopaís de rentistas y aspiracionistas que financia la corrala política de la que ellos abrevan; sin embargo, la calle los tiene esta vez lo suficientemente acojonados para cambiar la utilería teatresca por armas reales que se les pueden volver en contra, y eso ya es un paso muy serio; en concreto un paso que se ha dado en la calle, que no se nos olvide remacharlo ahora, antes de que los caniches salgan a apropiárselo y ya sea tarde – me han contado, y yo mismo lo he podido comprobar, que los caniches se pasean por la Puerta del Sol, algunos camuflados y otros a sigla descubierta, para roer de este nuevo quesito popular –.
Los chicos acampados son mucho más listos y menos ingenuos que yo y saben que los triles del Gobierno les van a hacer la trece-catorce a la mínima que apipen el ojo, pero están preparados. Lo hablé, por ejemplo, con Blanca, una militante del Sindicato de Vivienda de Carabanchel que relataba su sobradísima consciencia de que el decreto que se aprobará será una risa y una migaja, pero también un primer mendrugo de pan que celebrar haberle arrancado al Estado – esperanza, ya lo dije, es la palabra en boca de todos en la plaza – y, más importante todavía, usar para coger energías y luego quedarse con la barra entera. No entiendo por qué – sí lo entiendo: muchos sois unos desagradables amargados con los huevos pegados como ventosas al sofá – corre por redes y círculos izquierdistas el retrato inexacto de las organizaciones acampadas como de una panda de tibios cachorros que moverán el rabito y se sentarán cuando el PSOE les tire el vulgar decretito de vivienda, sit-sit, plas-plas, pero la idea colectiva de la plaza es que lo logrado será una ridiculez, pero su ridiculez, nuestra ridiculez embolsada tras la enorme presión hecha estos días desde la que insistir luego para conseguir mucho más. Blanca y el resto de militantes tienen muy claro que no van a parar después de esto, aunque los de los huevos aventosados tratéis de convenceros de lo contrario, imagino que por proyección o incapacidad para movilizar ni a vuestro padre.
Yo mismo caigo en la desesperación cínica al no entender esos talleres jipiescos que tanto se han comentado en las redes, o al comprobar que los portavoces de algunos grupos desprenden el tufo elitista de los que se han formado en universidades privadísimas, o al rememorar con estrés postraumático la transformación en acomodados militantes profesionales de muchos que capitalizaron en su momento el 15-M; pero esto no es el 15-M, valga la perogrullada, y hay una mayoría de jóvenes – barro para mi casa – cargados con la esperanza concreta y digna de acabar con el negocio rentista, aunque el primer paso sea sacarle un decretito de vivienda al PSOE. Hay que tener un poco de respeto por quienes lo intentan; hay que conceder el beneficio de la duda a unos chavales que han sabido aprovechar el momento para activar las calles, después de años de organización y militancia altruista que algunos habéis malgastado en haceros los edgys por Twitter; y yo el primero, ojo. Tiempo tendrán para equivocarse y tiempo tendremos los cínicos para tener razón.
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