Opinión
El rinoceronte gris, la izquierda y la alegría

Por Marga Ferré
Presidenta de Transform Europe
-Actualizado a
Cuando se habla de la izquierda, los medios y la intelligentsia patria parecen haber adoptado el cinismo como método. Son muy libres, pero cuando la totalidad de la prensa y comentaristas lo adoptan, deja de ser una actitud original. Y sí bastante inútil: el cinismo no es un método de análisis.
Huyendo de él como de la peste, hoy defiendo la alegría. Estoy contenta: esta semana se revela, se explicita en la arena pública, en forma de evento conjunto, de charla y en los debates que en torno a ellos se generan, la propuesta de unidad de la izquierda en nuestro país y a mí me parece una noticia estupenda.
Responde a una necesidad de nuestro tiempo, largamente percibida por la gente progresista que, agoreros aparte, hace tiempo que lo demanda, aunque solo sea por puro instinto de clase. Estoy contenta y defiendo que es desde este lugar, la alegría, desde donde se vence a los derrotistas, a los cínicos (de natural, bastante cenizos) y como desvanecedor de un fantasma que me preocupa y que percibo en la forma amenazante de un rinoceronte gris. Déjenme que les cuente la metáfora:
El rinoceronte gris es una alegoría utilizada en gestión de riesgos para describir amenazas altamente probables y visibles, pero que son ignoradas o subestimadas hasta que se materializan con consecuencias devastadoras. El término fue popularizado por la economista Michele Wucker y aunque lo parezca, la teoría no es tonta. Lo que argumenta es que un rinoceronte gris no describe todos los riegos evidentes que ignoramos, sino que define aquellos peligros o riegos que, a pesar de ser terriblemente evidentes, decidimos no ver. Explica fenómenos obvios, con un potencial dañino devastador, sobre los que decidimos no actuar. Como el cambio climático. O la extrema derecha.
Para mí, estos últimos son eso, un rinoceronte gris o, mejor dicho, su fantasma. Aunque sean fantasmagóricos, su ascenso electoral hace obligatorio recordar que lo que esos zombis pretenden no es solo un cambio cultural, sino que su objetivo es cambiar las estructuras del Estado: la ley electoral (para perpetuarse), los medios de comunicación (para controlarlos), la persecución de la disidencia (para hacer imposible la oposición), el desmontaje de leyes sociales (para cimentar desigualdad y privilegio), abaratar el trabajo y la motosierra al Estado del bienestar.
Es tan horrible que ya se está detectando lo que los expertos llaman “fatiga emocional” generada por la extrema derecha y su odio aparejado. No es el principal motivo de mi alegría, pero todo lo que les disrumpa, me alegra. Y mucho.
Cuando esta semana vemos que la izquierda se pone a construir la alternativa unitaria necesaria, creo que muchas y muchos sentimos eso, alegría. Aunque sé, como advertía Bonanno, que “es en verdad una contradicción hablar con seriedad de la alegría”, pretendo hacerlo porque detecto que hace mucho tiempo que hemos estado muy rodeados de ficciones burguesas atravesadas por un cinismo y una misantropía que se venden como lúcidas; y no lo son. De hecho, que pensemos que el trabajo común, la cooperación o la solidaridad sean algo naif nos dice mucho sobre la derechización neoliberal en la que vivimos.
Frente a una sociedad que nos venden como inapetente, hay mucha gente con ganas, yo entre ellas, así que me pongo a remar y creo que ya lo hacemos sin ingenuidad alguna. Se que en el camino de la unidad de la izquierda que desafía futuros, habrá piedras enormes y hasta peligro de alud, pero no tengo la menor duda de que vale la pena y de que hemos aprendido de lo ya andado.
Mi admirada Marta Harnecker, en su libro Un mundo a construir señalaba, desde el análisis de la izquierda latinoamericana, que una cualidad política primaria es ser capaz de rectificar cuando así lo exige el pueblo. Algo así ha pasado en nuestro país, en el que la desunión de la izquierda ha sido percibida como un error que no debe persistir.
Encuentro una clave para ello, para no persistir en el error, en un estudio que publicó Vladimir Bortun sobre la izquierda en Europa que me vale, además, para compartirles que es un debate que se da en toda Europa y más allá. Concluía el estudio algo que quien escribe comparte: “Esa unidad de acción no es solo compatible, sino inseparable del fomento de una cultura interna de desacuerdos y debate. Es la persecución de acuerdo absoluto sobre absolutamente todo lo que siempre termina en fragmentación y sectarismo”.
Desde esa diversidad de la que hablaba Bortun tendremos muchas más posibilidades de avanzar como país, partiendo del convencimiento, cada vez más compartido, de que la unidad de la izquierda no es un deseo, sino un imperativo histórico. Una vuelta a los grandes relatos, los que crean cimientos sólidos para que nuestro país (y el mundo) proponga y dispute futuros mejores y frene a todos los rinocerontes grises que nos atenazan. Eso es rebeldía inteligente.
Adelante.

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