Opinión
Rocío Jurado: piedra dura, paloma brava

Por Enrique Aparicio
Periodista cultural y escritor
Cuenta Rocío Jurado en el documental La más grande (cuyo primer episodio se ha estrenado estos días en Movistar+) que, cuando despuntaba en el tablao donde echó los dientes artísticamente, supo que debía diferenciarse de sus compañeras e impactar al público para que se fijara en ella: entonces se soltó el pelo. Cantar con su larga melena libre le costó una gran bronca de Pastora Imperio, que regentaba el local, pero logró su objetivo. Corría el año 1960, la de Chipiona todavía era menor de edad, y aquel fue el primero de una larga lista de atrevimientos que esculpió una figura todavía inspiradora a pesar de ausencia.
En aquel gesto ya palpitaba aquello por lo que la Jurado asombró a varias generaciones, algo intangible que se mezclaba con su voz sobrenatural para fascinarnos de una manera que iba más allá de lo que puede explicarse con palabras. Una presencia imponente, cegadora más allá de lo físico, que retó a la sociedad yendo siempre un paso más allá. Soltarse la melena fue solo el principio. El escote que usó en una actuación en TVE le costó el puesto a un ministro; cuando apareció envuelta en una sábana causó una conmoción nacional; cantó al derecho al placer femenino, y a abandonar al marido si hace tiempo que no siento nada al hacerlo contigo; se declaró "pro-gay" cuando el matrimonio igualitario era todavía una entelequia.
Sobran los motivos para volver sobre esta artista inconmensurable –al documental se une la publicación del ensayo Rocío Jurado. La voz que nos hizo sentir libres, en la editorial Dos bigotes–, más allá de efemérides luctuosas. La andaluza no solo sigue viva en el recuerdo de su impresionante carrera artística, presente en los homenajes más sofisticados y en los karaokes, pasando por las transformistas que nunca la han olvidado; su impronta en la cultura popular es incluso más larga que su herencia netamente musical, y es ahí donde su llama sigue centelleando de maneras sorprendentes.
Como a otras figuras públicas femeninas del siglo pasado, la cantante tuvo que encajar su faceta pública con su identidad privada. La Jurado, la estrella, tuvo que entenderse con Rocío Mohedano, la mujer, para que ambas pudieran lograr sus metas. Como se explica en el primer episodio de la docuserie, aunque la primera tenía claro su objetivo de convertirse en la primera figura de la escena artística, la segunda seguía precisando cumplir con sus deberes. Pero la libertad que empieza en un escenario puede desbordarse a las vidas de quienes los pisan, y hasta de quienes los rodean. Y España fue testigo del vuelo de la chiclanera.
Rocío Jurado no solo se atrevió a plantar a su novio de toda la vida, incluso con la boda anunciada, porque no le convencían sus engaños. También peleó por la nulidad matrimonial en unos años en los que el divorcio seguía marcando, especialmente a las mujeres, y se dio el capricho de casarse de blanco pasada la cincuentena. Pero más allá de su vida sentimental, su voz narró las historias de una multitud de mujeres, que encontraron en sus canciones palabras de coraje y un guiño cómplice para no dejarse pisotear.
En unos tiempos en los que el pasado se idealiza para servir a quienes añoran un patriarcado incontestable, recuperar y expandir el testimonio de Rocío Jurado –que en el documental resuena en la garganta de la actriz Daniela Vega– puede servir para infundir fuerzas a quienes siguen en ese punto de mira que la de Chiclana tuvo que padecer tantas veces. Empezando por su hija, Rocío Carrasco, productora ejecutiva de la serie, cuyo testimonio de violencia machista hizo tambalear un país que, solo unos años más tarde, ha vuelto a cuestionar sus vivencias desde las mismas pantallas que entonces la apoyaban.
Como nos mostró la propia artista, incluso con un éxito arrollador hay quien no puede permitirse dejar de ser una piedra dura (de Chipiona, que no se puede aguantar, como le dijo Lola Flores en el homenaje rendido a la segunda poco antes de su muerte), porque el mundo no dejará de cuestionar a una mujer por más claras que sean sus palabras y por más legítimos que sean sus deseos. Por eso, incluso en ese vuelo a lo más alto que nos sigue admirando, Rocío Jurado siguió siendo una paloma brava que nunca se dejó domesticar. A ella no le quedó otra, y su ejemplo debe iluminarnos para que el futuro no sea tan amargo como algunas de sus canciones.

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