Opinión
Rosalía en la era de Dios
Por Israel Merino
Reportero y columnista en Cultura, Política, Nacional y Opinión.
-Actualizado a
Rosalía, quizá la artista musical más influyente de la historia de España junto a Manuel de Falla y Camarón de la Isla, anunció hace un puñado de días su nuevo álbum, Lux, y paralizó los tubos de escape de la opinión pública (inter)nacional: como si nadie lo supiera, como si no llevara meses dejando miguitas de pan en sus redes sociales u ocuparan sus vitrinas mil trofeos a canciones que rozan el proselitismo religioso, la catalana se ha reivindicado cristiana y católica, ambas cosas son importantes, y ha dejado claro que su disco también lo será. No sabemos cuánto ni exactamente cómo, pero todo parece indicar que no se quedará en la caricia estética de los que solo aman los colores de las casullas y las procesiones.
Su artefacto, como todo lo que lleva el sobrenombre de cultural, no se puede entender aislado, como el fruto de una artesana individual – aunque en parte, sí – que se encierra en una habitación beige de Miami y produce un disco sin sentir ni palpar ni oler el rumor de las calles anchas, qué va; su disco está amarrado a una época, a un tiempo, a un dolor tedioso que probablemente ella no siente como nosotros por ese detalle nimio de ser un súper estrella millonaria, aunque sí le llegue el aroma de la sangre y las babas de los que caen cerca, a unos pocos metros. El mundo líquido se está coagulando, que diría el maestro y amigo Jorge Dioni López, y lo estable y eterno vuelve a tener sentido.
Este domingo, leí una entrevista de Ángel Villarino, adjunto al director de El Confidencial, a Alec Ryrie, historiador del cristianismo y autor de La era de Hitler, un ensayo traído a España por Gatopardo Ediciones donde se plantea una premisa inteligentísima: el consenso moral de la Segunda Guerra Mundial, laico y establecido alrededor de la idea de que Hitler fue el Anticristo, se está diluyendo; el auge de la extrema derecha en el mundo, la muerte de los veteranos de ese conflicto e incluso los crímenes de lesa humanidad cometidos por el único (pseudo)estado que se define como judío han puesto contra las cuerdas un concepto de moral que ahora se desmorona sobre uno de sus fallos estructurales: no se cimenta en la ejemplaridad del bien, sino en la del mal; no hay un referente de lo que ser, sino de lo que no. Y en este contexto, la idea de Dios vuelve a calar entre los que están deseosos de ejemplo.
La fe en Dios está resurgiendo en Occidente, mucho más entre jóvenes que en otros cajones generacionales, porque ofrece un ejemplo moral, pero también un cabo al que amarrarse; el proyecto neoliberal se deshace dejando cadáveres no solo en esos lugares lejanos que antes conocíamos por el Telediario 2, sino también en Estados Unidos, Europa, Valencia y hasta en las clínicas oncológicas de Andalucía. La vivienda se ha vuelto una quimera, también la sanidad e incluso, o eso dicen los fondos privados, nuestras futuras pensiones; no quedan rocas incombustibles, qué va; no hay plataformas seguras a las que amarrarnos, excepto una: la fe en Dios. La necesitamos, la ansiamos; es el cabo de esparto que muchos jóvenes agarraremos con los dientes aun sabiendo que nos puede desarmar las encías. No es una barbaridad pensar que nos hemos adentrado en una segunda época teocéntrica por la incapacidad del ateísmo liberal para proporcionarnos certezas; estamos entrando, sí, en una nueva era de Dios.
Y esto, me temo, ya no se puede explicar desde los marcos comunes del izquierdismo tradicional que detestaba los credos y las iglesias, porque precisamente la Iglesia, ahora en mayúsculas, tiene poder como comunidad, no como institución: claro que mi amiga Daniela, transexual y fan de Bad Gyal y la Tini, sabe la postura que los pellejos vaticanos tienen sobre ella, pero le da igual porque encuentra armonía y respuestas frente a este puto mundo en el conjunto de los rezos y la gente que se arremolina alrededor de Dios, no en ese fluir vertical que desemboca en un monarca absoluto romano. Es falta de rigor, o quizá militancia en un progresismo conservador cieguísimo que no entiende el nuevo terreno de juego, achacar el auge religioso a la ola reaccionaria o ilustración oscura; es todo más complicado, aunque los reaccionarios sí puedan aprovecharse de lo primero para sus fines.
De hecho, con la nueva era de Dios en marcha, es dentro del cristianismo – la expansión del Islam en redes sociales es otro tema interesantísimo del que hablaré un día que mamá me deje – donde se juegan las dos batashas del tablero cultural; dentro del auge de la misma religión cabe lo reaccionario y lo progresista; lo individual y neoliberal, y lo comunitario y redentor.
Por ejemplo, no hay más que escuchar a los reguetoneros puertorriqueños o gurús hispanoamericanos, que han abrazado en los últimos años las teorías de la prosperidad neocatecumenal, para entender a lo que me refiero: todavía recuerdo aquel videoclip de Farruko, el cantante de Pepas, donde sale rodeado de pandilleros armados y dice que él es un soldado y profeta que encarna las virtudes del arcángel San Gabriel y está destinado a aniquilar a Anuel AA, su rival en la industria de la música; o los vídeos de Llados, donde asegura que se levanta a las 3:33 de la mañana para leer e interpretar a su modo la Biblia, que para algo el saber experto y colegiado es la némesis del neoliberalismo, y se convence de que es rico porque Dios lo ha querido, como si el rezo proporcionara prosperidad individual; o la noticia bomba de que Dani Alves se ha hecho predicador, sorpresa, de un credo neocatecumenal – porque esta gente, por lo que sea, no suele abrazar nunca el catolicismo –. Poner estas chaladuras evangélicas, violentas y narcisistas al mismo nivel que la expresión artística e íntima de Rosalía, quien ha incluido en la galleta de su nuevo disco la cita de Simone Weil “el amor no es consuelo, es luz”, es sencillamente absurdo; las cuatro cosas tienen que ver con el auge cristiano, pero solo las tres primeras con la ola reaccionaria: de verdad, tu hijo no se va a volver facha por tener inquietudes espirituales. De hecho, igual sí se vuelve si le haces luz de gas o menosprecias su fe – por lo que sea, a los creyentes no nos gusta que paletos con ínfulas se burlen o no nos traten con condescendencia solo por tragarse la bobada pubertosa y nietzschana de que no creer en Dios es más cientifista y, por ende, superior –.
Vivimos tiempos de desarme económico que han limado nuestra confianza hasta devorarla, por eso buscamos consuelo en lo que siempre está, en lo que nunca muere; en lo que permanece porque es principio y final. Rosalía lo ha entendido, y creo que también, sentido, y ha decidido expresar todo ello en un disco que va a calar con muchísima fuerza en una generación de jóvenes que vemos cómo todas las certezas socialdemócratas desaparecen en un tsunami neoliberal que habéis sido incapaces de predecir – y mucho menos, de contener –. Como decía Diego Garrocho en su columna del lunes en El País, “cada vez que el mundo se duele, la religión prospera”.
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