Opinión
Seguimos siendo cómplices

Por Marta Nebot
Periodista
El 25 de junio de 1942 el Daily Telegraph publicó la mayor primicia del siglo XX. El reportaje se titulaba "Los alemanes asesinan a 700.000 judíos en Polonia" y documentaba por primera vez que estaban utilizando cámaras de gas para asesinatos industrializados con "un promedio de 1.000 judíos gaseados diarios". Describía "la mayor masacre de la historia mundial".
Pasó sin pena ni gloria en la página cinco, de un diario de seis páginas. Aquel trabajo periodístico, que firmó un reportero anónimo, era el fruto del trabajo de otro.
"Todos los datos fueron proporcionados por Szmul Zygielbojm, un miembro del Gobierno polaco en el exilio que se propuso informar al mundo sobre el Holocausto. Tras llegar a Londres en 1942, Zygielbojm utilizó una red clandestina de contactos en la Polonia ocupada para recopilar testimonios presenciales sobre el destino de los judíos. La información específica del artículo del Daily Telegraph se introdujo clandestinamente en Londres en un microfilm oculto dentro de una llave", relataba otro artículo de ese mismo periódico publicado en 2015, por el 70 aniversario de la liberación de Auschwitz.
Aquella pieza contaba además la historia posterior de Zygielbojm.
Su esposa, Manya, y su hijo, Tuvia, estaban prisioneros en el gueto de Varsovia, cuando su informe se publicó. Ambos murieron en el gueto en 1943. Zygielbojm quedó destrozado antes por la indiferencia pública ante su revelación. Se mató el 11 de mayo de 1943 y dejó escrito:
"La responsabilidad por el crimen del asesinato de toda la nacionalidad judía en Polonia recae en primer lugar en quienes lo llevan a cabo. Pero indirectamente recae también sobre toda la humanidad, sobre los pueblos de los países aliados y sobre sus gobiernos, que hasta el día de hoy no han tomado ninguna medida real para detener este crimen. Al observar pasivamente este asesinato de millones de niños, mujeres y hombres indefensos y torturados, se han convertido en cómplices de la responsabilidad".
Muchas veces cuando planeo este artículo semanal maquino sobre qué podría escribir que sirva... Maldita soberbia boba.
Esta vez, antes de encontrarme con la historia previa, me propuse hacerlo sobre No other land, el documental sobre Gaza premiado en los Oscars. Cuenta la historia de Basel Adra, un joven activista palestino de Masafer Yatta –una zona de Cisjordania en la que sobreviven 19 aldeas palestinas– que lucha desde niño contra el Ejército de ocupación israelí y los colonos judíos que llevan décadas intentando echarlos.
Este valiente luchador ha documentado su historia con cámaras de vídeo desde la infancia y todas esas grabaciones, junto con el apoyo codo con codo de otro joven periodista judío, Juval Abraham, han hecho posible esta historia sobre un pueblo que solo quiere vivir en paz en la tierra de sus antepasados.
Lo extraordinario de su relato es que, sin mostrar sangre, consigue que empaticemos con ellos como no lo han hecho las informaciones continuas sobre bombas, explosiones, muertos, heridos en más de año y medio de asedio a Gaza.
Cuando la cinta termina conoces a esas familias, cómo comen, cómo duermen a sus hijos, cómo esquivan tanta injusticia, cómo cosechan alegrías en mitad de la ruina, cómo construyen con sus manos por las noches lo que los bulldozers israelíes destruyen una y otra vez, con mil y una excusas, a plena luz del día. Y, al conocerlos, su problema se vuelve asible, resulta cercano, puede ser compartido. Es decir, esas personas concretas te importan; después de convivir con ellas un poco, aunque sea por pantalla, harías algo por ayudarlas. Por un número no, porque los números no dan abrazos, no tienen frío ni sueño, ni quieren que su mamá les cuente un cuento, ni pelean porque no les tiren de nuevo la escuela abajo.
Los números no son humanos. La vacuidad de las cifras es infinita y chapoteamos en ella todo el tiempo. Así que propongo que cada vez que escuchemos un número de esos que sabemos que importan pero que han dejado de importarnos, le pongamos caras, hijos, abuelos, cumpleaños, bodas y entierros, con sus risas y sus llantos.
Por ejemplo, para asir los 60.000 muertos palestinos en Gaza, deberíamos recordar las imágenes del Palacio de hielo lleno de féretros con nuestros muertos diarios durante lo peor de la pandemia. Y luego multiplicar la imagen por mil. Imaginemos ese palacio de hielo repetido en un edificio de mil plantas; una torre de Babel de infamia. Imaginemos 500 estadios de fútbol llenos de muertos envueltos en sábanas blancas y después subamos a un helicóptero para ver el conjunto. Entonces, solo entonces, tendremos una dimensión más real de lo que pasa.
Así, tal vez, si hiciéramos esos ejercicios de realidad, algo se nos movería por dentro: la culpa, las ganas de gritar o llorar o todo junto, la militancia por la humanidad, por imponerla como se imponen la propiedad privada o las fronteras, por convertirla en la ley más poderosa, ya que es la más verdadera.
Ahora, con 60.000 niños pasando hambre en Gaza, mientras lees estas letras, me pregunto si podemos visualizarlos pidiendo a sus madres algo que llevarse a la boca y seguir permitiendo que los camiones con comida no pasen la frontera.
Porque es que esta vez ha habido muchos denunciando, muchos Zygielbojm dejándose la vida por contarlo, informando de todas las maneras posibles a pesar del bloqueo informativo impuesto por los israelíes. Esta vez el genocidio no ha salido solo en una página: ha sido televisado día tras día. Esta vez, tanto con Biden como con Trump haciendo de las suyas, somos más cómplices que nunca.
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