Opinión
La segunda denunciante de Errejón, el terror y los palos de ciego

Periodista y escritora
Un día me llegó un mensaje curioso a través de mi cuenta de Instagram. No era un testimonio de violencia machista. La mujer me contaba que se había puesto en contacto con ella el abogado de un hombre conocido, un personaje popular en la televisión. Me explicó que el letrado le pedía que retirara el testimonio que me había enviado, y supuestamente yo había publicado, sobre su cliente. Antes de que me diera tiempo a preguntarle algo, la mujer puntualizó que ella no me había enviado ningún testimonio, ni sobre ese hombre ni sobre ningún otro.
Me quedé pensando en la metedura de pata del abogado y su cliente, esa en principio extraña forma de dar palos de ciego. Sin embargo, como ella no pudo —supo o quiso— decirme a qué testimonio se referían, me olvidé…
Hasta que algún tiempo después, no mucho, me escribió otra mujer. Me contaba que se había puesto en contacto con ella el mismo abogado en representación del mismo hombre conocido para pedirle, a ella también, que retirara el testimonio que me había enviado sobre su cliente. Añadían que, de no hacerlo, tomarían represalias. “Pero yo no te he enviado ningún testimonio, Cristina”, acababa diciendo. Esta segunda sí supo decirme la identidad del hombre sobre el que no me había escrito y también el post al que hacía referencia el abogado.
No reproduzco el testimonio al que se refieren porque tengo ya varias demandas de distintos hombres contra mi persona porque consideran que he vulnerado su derecho al honor, o zarandajas similares. En dicho post no constaba el nombre de ningún hombre, sí una referencia a que era “conocido”, “un seductor” y que “parecía cariñoso”. Me pareció francamente fatuo que el hombre se reconociera en dichos calificativos. Me quedó inmediatamente claro lo que estaba pasando: un tío creía que ese testimonio —acababa relatando una agresión sexual— se refería a él. O sea, se reconocía en la agresión sexual lo mismo que en los adjetivos “seductor” o “cariñoso”. Digo yo.
Habiéndose reconocido ahí, pasó a hacer una lista de las mujeres que podían habérmelo enviado para que lo publicara. O sea, mujeres a las que había agredido sexualmente. Entonces, contrató a un abogado para amedrentarlas, amenazarles, etc. La cosa tiene su miga, y a saber a cuántas mujeres ha violado el “seductor” y a cuántas ha amenazado su “representante legal”.
Hay varias preguntas que no me he podido responder, y de esto hace más de un año: ¿Y si el testimonio no se refería a él? ¿A cuántas mujeres ha agredido sexualmente? ¿A cuántas mujeres envió el recado a través de su abogado? ¿Cuántas de ellas siguen, a día de hoy, aterradas aunque no me hayan mandado jamás su relato de los hechos?
Me viene a la cabeza aquella declaración del hombre llamado Aldo Comas que declaró a las puertas de unos premios, que ahora “están todos los tíos cagaos”. Qué divino. Esa cagalera que afecta a “todos los tíos”, según algunos, no tiene que ver exactamente con los relatos de las mujeres, con los testimonios, sino con el hecho de que no aparezca junto a ellos el nombre de la víctima.
Yo recuerdo los días posteriores al lanzamiento de #Cuéntalo, un movimiento que dio la vuelta al mundo y del cual extrajimos cerca de 3 millones de datos, ¡tres millones! Recuerdo esos días, y los meses, e incluso los años posteriores, con una honda huella de frustración. En otoño de 2017 había explotado el #Metoo desde Estados Unidos y en primavera, el #Cuéntalo desde España. Fueron movimientos, como el #NiUnaMenosargentino o el #BalanceTonPorc francés, de los que emergieron millones de testimonios de mujeres.
Millones.
Y entre los hombres no pasó nada.
Nada de nada.
Ah, pero entonces aparece un movimiento, o un canal, o un método que consiste en proteger a las víctimas. Porque en los movimientos anteriormente citados los hashtags se colgaban en el propio perfil de la víctima, lo que supone que todo el mundo sabía que eras tú la violada, la acosada, la golpeada… pero sobre todo, que eras tú la que hablaba. Y eso tiene un precio, un precio altísimo que hemos vimos en el caso de Nevenka Fernández y volvemos a ver en el caso de Elisa Mouliaá. Ha pasado un cuarto de siglo entre ambos casos y qué poco ha cambiado la sociedad en este punto: a la que habla le castigan, la difaman, la humillan, la agreden, la colocan en la diana en medio de la plaza pública y le destrozan la vida.
¿Por qué? Para disciplinar al resto. Para que tú, mujer violentada, tengas claro que, si abres la boca, si denuncias a tu agresor, no vas a salir entera. Así la siguiente no se atreverá. Voy a insistir: 25 años entre la denuncia de Nevenka y la de Elisa Mouliaà.
De ahí que todos los hombres que no respondieron cuando entre 2015 y 2019 las mujeres expusimos las violencias que convierten nuestras vidas en dolor, se revuelven como fieras cuando eliminamos los nombres de las víctimas. No son, por supuesto, testimonios “anónimos”, como dicen. Lo que pasa es que no les enseñamos quién denuncia. ¿Por qué? Porque, de hacerlo, sembrarían el territorio de Nevenkas y Mouliaàs y eso no es algo que estemos dispuestas a permitirles.
Los nombres de las testimoniantes son confidenciales por la misma razón que se ha protegido la identidad de la segunda denunciante de Íñigo Errejón: para que no las destrocen. Qué barbaridad, ¿verdad?
La segunda denunciante de Errejón sólo lo ha dado ese paso porque confía en que nadie filtrará sus datos. Lo mismo ha sucedido con la mujer que denunció las violaciones de Adolfo Suárez cuando ella era menor. El mayor miedo de las víctimas, un terror que da escalofríos, reside en que se filtre su identidad en el caso de denunciar. El mayor miedo de los agresores, que no se filtre, que no sepan quién les denuncia, y por lo tanto, otras puedan dar también ese paso. Y ojo, porque esto significa algo que deberíamos tatuarnos: ningún agresor tiene una sola víctima. Para ellos, agredir es una costumbre, cuando no una forma de ocio. Habrá que estar muy atentas, en caso de que se filtre el nombre de la segunda denunciante de Errejón: quién lo filtra y quiénes lo difunden. Habrá que saberlo, hacerlo público y exigir a la Justicia la condena correspondiente. De ello depende que, de verdad, el miedo cambie de bando. Porque es de eso de lo que estamos hablando.

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