Opinión
"Send them back": la UE abraza la política de la expulsión

Por Miguel Urbán
Esta semana, en el plenario del Parlamento Europeo de Estrasburgo, la UE consolidó, con la aprobación del reglamento de retornos, su apuesta por la expulsión de personas a terceros países. En una votación que salió adelante con el masivo apoyo de la derecha y la ultraderecha que a gritos de "send them back" (mandadlos de vuelta) celebraron su victoria. Una votación muy importante, no solo porque mostró cómo el bloque de la derecha y la ultraderecha se consolida como una mayoría alternativa a la histórica "gran coalición" de socialdemócratas y populares. Sino también porque era la última pieza del puzle migratorio que le faltaba a la UE después de que, el pasado viernes, entrara en vigor plenamente el Pacto de Asilo y Migración aprobado hace ahora dos años, tras una década de negociaciones. Un pacto que en teoría fue votado por los socialdemócratas como una barrera contra la ultraderecha, y, casualidades de la política, realmente ha sido la puerta de entrada de la extrema derecha a la gestión directa de las políticas migratorias de la UE.
Para todo aquel que no lo recuerde, la Directiva de Retorno de 2008, conocida en su momento como la "Directiva de la vergüenza", estableció por primera vez normas y procedimientos comunes en los Estados miembros para el "retorno de nacionales de terceros países en situación administrativa irregular". Sus elementos más controvertidos por aquel entonces fueron: la posibilidad de detener a los migrantes hasta 18 meses en los Centros de Internamiento de Extranjeros (CIEs), una prohibición de reentrada de hasta 5 años, la posibilidad de devolver a los migrantes a un país de tránsito y la deportación (bajo ciertas condiciones) de menores no acompañados.
Un reglamento de retornos que tiene la expulsión de las personas migrantes como bandera, donde su principal objetivo es deportar más y más rápidamente, sin ninguna garantía y a cualquier precio. De esta forma, la normativa aprobada este miércoles recoge medidas como: la creación de los controvertidos centros de deportación a terceros países para migrantes rechazados, incluidas familias con menores. Lugares con los que no tienen ningún vínculo, pudiendo permanecer por tiempo indefinido, en países africanos o asiáticos en donde la vulneración de los derechos humanos está a la orden del día; amplía el tiempo máximo que una persona migrante puede estar detenida, hasta 24 meses prorrogables a 30 en determinadas circunstancias; y abre la puerta a las sanciones a los países de origen de los migrantes expulsados que se nieguen a recibirlos, desde restricciones en materia de visados a una revisión de las ayudas al desarrollo que reciben o de las relaciones comerciales si continúan rechazando su regreso.
De hecho, la cuestión migratoria se ha convertido en uno de los temas que más ha tensionado a la UE en los últimos años, fundamentalmente desde 2015, con la mal llamada crisis de los refugiados. En cierta medida, gracias a una extrema derecha en ascenso, que ha conseguido condicionar la agenda de las políticas migratorias de la UE, estas no han parado de endurecerse en una carrera sin retorno hacia una auténtica necropolítica. Pero sería un error señalar a la extrema derecha como única culpable de esta política que destruye derechos e inocula una visión xenófoba de la migración humana. Tenemos que ampliar el foco y señalar a la gran coalición del extremo centro (Populares y Socialistas) que gobierna la Unión y que lleva años reforzando la "Europa fortaleza" con el espantapájaros de la extrema derecha como coartada.
Un reglamento de retorno que no solo contraviene las disposiciones de la convención de Ginebra, suponiendo un auténtico ataque contra los derechos de las personas migrantes y un atentado contra el derecho internacional humanitario. Sino que también estamos ante la defunción definitiva del intento por parte de la UE de crear una identidad cívica Europea. Este es quizás el elemento más importante que nos permite conectar la "prioridad nacional" incorporada a los acuerdos autonómicos del PP y Vox, la remigración y la votación del reglamento de retorno del pasado miércoles.
Es indudable que la construcción de la fobia a la alteridad sobre la que se asientan las políticas y discursos antimigración es consecuencia directa del orden asentado sobre las políticas neoliberales, las cuales, más allá de recortes y privatizaciones, constituyen la "imposición" para la mayoría de la población de un férreo imaginario de la escasez. Ese "no hay suficiente para todos" generalizado fomenta mecanismos de exclusión que canalizan el malestar social y la polarización política en su eslabón más débil: el migrante, el extranjero –o simplemente el "otro"–, favoreciendo lo que Habermas llamó chauvinismo del bienestar. Un sentimiento de escasez que está en el tuétano de la xenofobia sobre el que se construye el chovinismo del bienestar, pensamiento en extensión que se enlaza con el auge del autoritarismo neoliberal del "sálvese quien pueda" de la guerra entre los últimos y los penúltimos.
Pero tampoco podemos menospreciar cómo se está abriendo paso, una vez más, el concepto etnoidentitario de la "blanquitud", vinculado históricamente con el desarrollo de la colonización moderna y la mal llamada "misión civilizatoria" europea. Con el final de la Segunda Guerra Mundial y el inicio de la construcción de la Unión Europea, se intentó generar una identidad cívica europea vinculada a la libertad de mercado y a un pretendido Estado del bienestar. De hecho, para muchas personas, la entrada de España en la UE significaba no solo dejar atrás los años más oscuros de nuestra historia reciente sino incorporarnos a una identidad cívica: la Europa de los valores, los derechos humanos, las libertades, los servicios públicos, etc.
Pero, como afirma Hans Kundnani, esta supuesta identidad cívica nunca consiguió suplantar los aspectos más raciales: "Los elementos étnicos y culturales de la identidad europea tampoco desaparecieron tras la pérdida de las últimas colonias belgas y francesas en África. Los europeos siguieron imaginando el proyecto europeo en términos de civilización y se inspiraron en antiguas ideas de una Europa cristiana o blanca." La crisis económica de 2008, su derivada europea con las turbulencias en el sistema euro de 2010, la llegada de miles de refugiados en 2015 y los procesos de recolonización del mundo, ha acelerado la desarticulación de esta supuesta idea cívica de Europa y el regreso de elementos étnico-culturales condensados en el concepto de "blanquitud". En donde la inmigración, especialmente musulmana, aparece como una amenaza para la cultura y el modo de vida europeo.
Los gritos de "send them back" (mandadlos de vuelta) proferidos desde la bancada de la extrema derecha, son el síntoma más grotesco del hundimiento de una identidad cívica europea que realmente fue una construcción ficticia que nunca ha terminado de asentarse más allá del maquillaje propagandístico con la que la UE ha pretendido legitimar su proyecto. Porque la deriva reaccionaria que aqueja al mundo no solo afecta a unos Estados Unidos presididos por Trump, sino que atraviesa el tuétano de unas instituciones europeas que traducen los discursos de odio, racismo y xenofobia de la extrema derecha en políticas públicas.
En este contexto, las personas refugiadas y migrantes pasan a ser problemas incómodos que conviene eliminar cuanto antes, sujetos sin derechos. De ahí la necesidad de concebir la actual política migratoria no únicamente como una crisis humanitaria, sino también y, sobre todo, como una crisis de derechos y, por lo tanto, como una crisis política. Una crisis que cuestiona quién tiene derecho a tener derechos, en donde los cuerpos "ajenos" étnica y culturalmente a una idea artificial de Europa "blanca", son objetivos ya no solo a interceptar por parte de la Europa Fortaleza sino a expulsar. En una lógica, en donde el regreso de la etnoidentidad de la blanquitud nos permite conectar las políticas de expulsión de la UE con el avance del concepto de la remigración, la prioridad nacional y el nuevo sentido común reaccionario que se abre paso en Europa.

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