Opinión
Un señor encaramado

Por Joan Losa
Periodista
A veces la ciudad nos depara lo insólito. Otras, la mayoría, se convierte en verosímil y no hay mucho donde rascar; lo que vemos es lo que hay. Y lo que vemos, al menos en el centro de Madrid, son guiris. Guiris en bicicleta, en patinete o en chancletas. Guiris chequeando el jamonsito en el mercado, soltando viruta o a lomos de un tuk-tuk, ese divertido carricoche eléctrico –último grito en locomoción guirufa– que los trae y los lleva por una ciudad convertida en decorado, con sus aborígenes, sus plataneros y sus papillas esquineras; fauna y flora de un safari interminable.
Pero como les digo, la ciudad, a poco que uno mire, desprende extrañezas. Fíjense en el vecino de la foto, por ejemplo, fue avistado el pasado miércoles en la céntrica calle Princesa. Ahí lo tienen, auscultando el edificio, como si este le debiera un secreto. Así visto podría pasar por un loco, un suicida o un amante que se dio a la fuga. De hecho podría serlo todo al mismo tiempo. Podría ser, incluso, un señor que se ha olvidado las llaves en casa y le ha pedido a su vecina, con la que mantiene una buena relación, que le permita descolgarse por su balcón para alcanzar el suyo a través del friso. Pero esto es harto improbable.
Expertos en artes escénicas y técnicas de experimentación urbana hablan ya de puro arte situacional, un raro ejemplo de situacionismo en pared vertical sin precedentes en nuestro país. Los hay, también, que han visto en la concienzuda adherencia del señor una llamada a la acción en defensa de la biodiversidad, en concreto por la preservación de los moluscos, en peligro ante la sobreexplotación pesquera y la contaminación de nuestras costas. ¡Es la hora de los bivalvos!, le pareció escuchar a un transeúnte que pasaba por debajo.
Sin embargo, tras el revuelo inicial, se ha impuesto la normalidad. La ciudad y sus moradores, con sus guiris itinerantes y sus ciudadanos-figurantes, ha seguido a lo suyo y la indiferencia ha reinado de nuevo, que es la forma más eficaz de disimular lo raro, como cuando alguien llora en el metro. Quizá el hombre encaramado nos quería anunciar algo, quizá era su forma de decir paren que yo me bajo, o mejor: paren que yo me quedo aquí agarrado hasta que se den cuenta ustedes de que también están colgados, como yo, a este decorado.
Pero no. Al final va a ser que se dejó la llave por dentro.
Comentarios de nuestros socias/os
¿Quieres comentar?Para ver los comentarios de nuestros socias y socios, primero tienes que iniciar sesión o registrarte.