Opinión
Las señoras y señoritas que levantaban alegremente el brazo

Por Andrea Momoitio
Periodista y escritora
Casi medio siglo después de la muerte de Franco, una de cada cuatro personas jóvenes en España considera que, en determinadas circunstancias, un régimen autoritario puede ser mejor que la Democracia. La encuesta de 40dB, al menos, dibuja un rechazo mucho más nítido al fascismo entre nosotras. Las mujeres, de todas las generaciones, valoramos peor que los hombres el impacto del régimen en nuestras vidas. En clave de género, la dictadura hizo una división tajante entre las mujeres que merecían protección y las que merecían castigo. Este parece buen momento para recordar a esas señoras y señoritas que levantaban alegremente el brazo mientras machacaban al resto. Claro que sí. Porque si una cosa ha demostrado el franquismo —y sus herederos emocionales— es que la memoria selectiva siempre funciona mejor para quienes sostenían el látigo.
Nos vamos a mayo de 1939. La guerra ya había terminado y las mujeres de la Sección Femenina, la rama de mujeres de la Falange, quisieron celebrar por todo lo alto el triunfo del fascismo en el Estado español. A finales de mayo de 1939, en Medina del Campo, estaba todo preparado para recibir al flamante dictador. La cita estaba prevista, ni más ni menos, que en el castillo de la Mota. El edificio, una de las últimas viviendas de Isabel la Católica, era todo un símbolo para la organización falangista. La Sección Femenina aseguró que, aquellos días, reunieron a más de diez mil mujeres. De la música se encargó Benedicto, un músico dedicado al folclore; hubo una demostración de educación física, de coros y de danzas. Siempre fueron algo exageradas, así que lo de la música seguro que es verdad, pero vete tú a saber si eran diez mil o algunas miles menos. Esta estética del entusiasmo —cantos, uniformes, disciplina, brazos en alto— funcionaba como una coreografía perfecta que trataba de difuminar el control, la vigilancia y un modelo de mujer que se construye al milímetro para servir al Estado.
Las militantes falangistas, llegadas de todas las provincias, le regalaron frutas de sus regiones al Generalísimo, que tuvo a bien dirigirles unas palabras: "Yo recibo con orgullo el homenaje de la mujer española, por cuanto representa el cariño a nuestros soldados y en honor a nuestros combatientes". Pero su cometido no podía acabar con la guerra: "Todavía os queda más, os queda la reconquista del hogar. Os queda formar al niño y a la mujer española. Os queda hacer a las mujeres sanas, fuertes e independientes. Tengo fe en vuestra obra. Yo os ayudaré", dijo. Lo que él quería era que las mujeres estuvieran calladitas. Calladitas, sumisas y disciplinadas, pero preparadas en todo momento para sostener sobre sus hombros la arquitectura moral del régimen. El franquismo exigía silencio a las mujeres mientras cargaba sobre sus hombros el peso de mantener el orden.
La misión de la Sección Femenina era fomentar el amor de la mujer española por la Patria, el Estado y las "tradiciones gloriosas" a partir de una estructura que siempre fue jerárquica. Organizadas en provincias, tras el golpe militar, fueron ganando algo de terreno político. Probablemente menos del que querría la jefaza y más del que le habría gustado a sus compañeros. Los tímidos avances feministas que se lograron con la II República desaparecieron de un plumazo con la llegada del franquismo. Las dos únicas organizaciones de mujeres aceptadas por la dictadura, Sección Femenina y Acción Católica, promovieron un ideal de mujer abnegada, entregada a la patria y a la familia, ajena y alejada de la vida pública. Eso sí, ellas, especialmente las militantes de la Sección Femenina, tuvieron una presencia pública y una capacidad de decisión en la vida política franquista nada desdeñable. Muchas de las dirigentes de la Sección Femenina desarrollaron sus vidas y sus carreras políticas alejadas del ideal de hogar que imponían férreamente al resto aunque, en muchas ocasiones, se esforzaron por desmentirlo. Lula de Lara, histórica militante de la organización, se negó en una entrevista a reconocer que ellas habían vivido una vida muy distinta a la que promulgaban:
–¿No le parece injusto exigir a la mujer más abnegación y renuncia que al hombre en el caso de que quiera dedicarse a un trabajo profesional fuera del hogar?
–Creemos en la mujer la abnegación es cualidad congénita y que además le da felicidad ejerciéndola. No se trata de exigencias: es que las cosas son así.
–¿Fue para evitar la sumisión al hombre el motivo por el cual las mujeres de la Sección Femenina elegían generalmente la soltería? Es decir, ¿optaron por eliminarle de sus vidas?
–Ya hemos contestado antes a esa enorme tontería. No merece la pena insistir.
En lo que sí merece la pena insistir es en que, mientras ellas levantaban el bracito y dictaban su moral al resto, el franquismo construyó un sistema completo para separar a las "mujeres de bien" de las que había que vigilar, corregir o encerrar. El Patronato de Protección a la Mujer, por ejemplo. Buena chica o descarriada. Pura o peligrosa. Protegida o castigada. Esto se tradujo en expedientes, internamientos y, sobre todo, en una red de instituciones dispuestas a decidir qué vida podías imaginar.
Hoy, que vemos atónitas como una parte del electorado joven relativiza la democracia o se muestra indulgente con el franquismo, conviene recordar el engranaje de control que puso en marcha la dictadura para atar en corto a las mujeres. Quizá por eso, porque en nosotras queda la memoria de las amenazas, de las humillaciones y de los sermones, las mujeres somos ahora quienes, encuesta tras encuesta, mostramos más claramente nuestro rechazo a la dictadura. Sabemos qué significaba, y qué podría volver a significar, que el fascismo decida quién merece protección y quién merece castigo.
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