Opinión
Lo siento, el doctor no atenderá más clientes hoy

Por Silvia Cosio
Licenciada en Filosofía y creadora del podcast 'Punto Ciego'
-Actualizado a
Hace unos años me rompí el dedo meñique de la mano derecha jugando al voleibol. Me dolió como un demonio pero me hice un vendaje casero y continué con mi vida. Hasta que una semana después un amigo médico vio el estado lamentable de mi dedo, me echó una bronca monumental y por no escucharle acabé yendo al centro de salud a que le echaran un vistazo. Varias intervenciones después pude recuperar la movilidad y la sensibilidad en el meñique, que hoy luce ligeramente curvado y con unas pequeñas cicatrices que me recuerdan cada día que fui una estúpida. La verdad es que no le recomiendo a nadie que vaya por la vida con un dedo roto sin curar o haciendo como que no le pasa nada a ver si el problema se soluciona solo. Ni siquiera para tener una anécdota que contar en el futuro o para usarlo años después de perezosa alegoría en un artículo de opinión.
De hecho les pido que ante el menor síntoma o sospecha de que algo no va bien vayan corriendo al médico. Y, depende de la Comunidad Autónoma en la que vivan, les rogaría que no pierdan el tiempo y vayan a hacerse un chequeo completo antes de que sea demasiado tarde. Que más vale una atención sanitaria universal y gratuita en mano que una eficientísima y modernísima colaboración público-privada volando. Que ya sé que las redes están llenas de hilos de doctores tuiteros que se quejan de las urgencias colapsadas y de lo mucho que abusamos del sistema. Porque a la gente, esa entelequia que abarca cualquier cosa, en vez de ver la tele o irse a mirar obras para entretenerse, ahora le ha dado por plantarse en las salas de urgencias de los hospitales por pura frivolidad. Pero es que a nadie le gusta ponerse enfermo y mucho menos ponerse enfermo y que en tu centro de salud te den cita para el mes siguiente o que solo pasen consulta por teléfono.
En este mundo postindustrial cada vez se van reduciendo más las posibilidades de hacer negocio con cosas tangibles que no sean una fantasía que alimenta burbujas efímeras como las criptomonedas o la IA. Así que hay que dirigir la mirada codiciosa hacia servicios y derechos básicos. La primera víctima ha sido la vivienda. Convertida en un nicho de especulación, abandonada al albur de eso que se llama mercado y que no es más que usura, promesa de dinero fácil y falta de escrúpulos de la que no han escapado ni los pequeños propietarios, el problema de la vivienda amenaza con estallarle en la cara a todos los gobiernos locales, regionales y nacionales de Occidente, y es ya la causa principal del malestar de la gente joven, que algunos quieren aprovechar para alimentar una inútil y perniciosa guerra generacional. Pero el espacio de la Tierra es finito, al igual que hay un número limitado de pisos y edificios que se pueden construir, pero sobre todo un número cada vez más limitado de personas que se los pueden permitir.
Sin embargo hay dos cosas que son inmutables: la muerte y la enfermedad. La muerte hace ya mucho tiempo que se ha convertido en un negocio redondo pero, salvo Jesús o Jon Snow, la mayoría de nosotros solo vamos a morirnos una vez, por lo que eso de fidelizar al cliente está complicado. Pero la salud es otra cosa. Y apropiarse de la gestión sanitaria no es que sea un negocio redondo, es que es el negocio perfecto porque tus clientes, quieran o no, siempre van a necesitar de tus servicios y ni siquiera estos tienen que ser de calidad para que se vean obligados a volver, pues van a carecer de otras alternativas. Y para hacerse con este negocio, con este chollazo, solo se necesitan unos responsables políticos pizpiretos y colaboracionistas, una buena dosis de propaganda y una sociedad tensionada y polarizada que prefiere mirar el dedo roto que apunta a ETA y no a Ribera Salud.
Una de las primeras cosas que nos explicaban en las clases de Filosofía Antigua era que primero estaba el rito y luego llegaba el mito. Pues con esto de convertir la salud en un negocio pasa lo mismo. Primero alguien decide que hay mucha pasta en el hecho inevitable de que la gente se ponga enferma -y que se haya acostumbrado a tener atención sanitaria-, y luego se montan los mitos sobre la falta de eficiencia de lo público y sobre cómo los ciudadanos perciben que pueden abusar de aquello que les sale gratis. Y si la realidad no se ajusta a la ficción pues se inventa o se manipula para que al final todo encaje a la perfección. Y si hay que ahogar y desmantelar la atención primaria, recortar en personal, eternizar las listas de espera o cerrar quirófanos pues se hace. Y una vez que el sistema está al borde del caos y del colapso, ya puedes vender el mito de la superioridad de la gestión privada. Y ponerte a saquear con impunidad.
Hay, claro está, varios modelos a elegir, pues cada maestrillo tiene su librillo y su forma de sacar tajada de la oportunidad que se les pone en bandeja: está el modelo norteamericano, por ejemplo, un modelo en el que ni siquiera poseer un seguro privado de salud -y pagar por él cientos o hasta miles de dólares al mes- garantiza que la aseguradora esté dispuesta a cubrir los gastos médicos del asegurado, donde las familias se ven obligadas a abrir un GoFundMe para poder costearse un parto, declararse en bancarrota o morir de un cáncer tratable mientras los hospitales y las clínicas les cobran a sus pacientes por una aspirina y una tirita cientos de dólares. Y es este sistema fallido precisamente el que ha convertido a Luigi Mangione, el presunto asesino del CEO de United Healthcare, la mayor aseguradora del país, en todo un héroe para las generaciones X y Z. Pero podemos también optar por el modelo ecuatoriano, en el que los vendedores ambulantes se pasean por los pasillos de los hospitales vendiendo agua, medicamentos, vendas y demás productos sanitarios a los enfermos, ya que el hospital no se los proporciona o se los vende más caro, y en el que te devuelven el cuerpo de tu hijo en una caja de cartón. Y ya tirando para casa tenemos un modelo -aparentemente- más civilizado, que es el que están implementando a toda máquina los gobiernos autonómicos del PP en complicidad con Vox, en el que la construcción y la gestión de los hospitales públicos se deja en manos de empresas privadas, o fundaciones dudosas, a cambio de un canon millonario o, en su versión más modesta, donde se apuesta por externalizar -desviar a la privada- servicios esenciales como los cribados de cáncer o cualquier otro tipo de pruebas diagnósticas o intervenciones quirúrgicas que les resulten más rentables a las empresas agraciadas. Este desvío de fondos y pacientes se hace con la excusa de aligerar las listas de espera y bajo la amenaza, a aquellos que amagan con oponerse, de sacarlos de las mismas. Pero para que el modelo sanitario del PP funcione, es decir, para que sea rentable -para que le dé pasta a los gestores privados-, es indispensable arruinar antes la sanidad pública hasta dejarla en los huesos. Y así nueva sanidad dejará de ser un derecho y se convertirá en otro negocio más, y si no tenemos dinero para costearnos el tratamiento del cáncer o, por edad, género o cualquier otro capricho, consideran que no les renta curarnos, pues mala suerte y otra vez será. Habremos pasado de ser ciudadanos y pacientes a convertirnos en clientes, y se nos tratará en función de nuestra rentabilidad. Y ojo, esto no lo digo yo, lo dicen ellos.
Pero este modelo no es solo perverso, ineficaz, peligroso, inmoral y letal para aquellos que lo padecen, lo es también porque solo puede sustentarse desde la corrupción, las mordidas, las puertas giratorias, el flujo de información privilegiada, los contratos amañados, las prevaricaciones, los intereses políticos bastardos y la alianza inquebrantable entre los políticos que los imponen a su ciudadanía y las empresas encargadas del desguace y saqueo de la sanidad pública. El desmantelamiento de la sanidad pública es por tanto una apuesta política e ideológica de aquellos que están convencidos de que es legítimo desviar millones del dinero de todos a los bolsillos de unos pocos a cambio de las migajas o una silla asegurada en algún consejo de administración cuando su carrera política se apague. Pero no podrían hacer nada de esto si no contaran con la complicidad de sus votantes, que, como las víctimas de la mafia, con sus votos están ayudando a cavar la tumba en la que acabarán siendo enterrados.
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