Opinión
El síndrome Maricarmen

Por David Torres
Escritor
A estas alturas del domingo, sobre las doce de la mañana, hay centenares de personas atrincheradas en la Puerta del Sol, un campamento improvisado y levantado en nombre de la indignación, un sentimiento al que no se veía salir a la calle en tan buena forma desde hace lo menos quince años. No es una novedad que la Puerta del Sol amanezca convertida en un campo base del Himalaya, con una multitud cabreada, dispuesta a coronar el Everest, y tampoco lo es que le hayan montado el tenderete de la indignación a un gobierno supuestamente socialista, teóricamente de izquierdas, con un presidente y unos ministros y ministras que ejercen un progresismo de lo más chic, un progresismo de pensamiento, palabra y omisión que sale de puta madre en las fotos.
Lo que sí es nuevo es que esta expedición desde el kilómetro cero al ochomil del capitalismo venga impulsada por un solo nombre, el de Maricarmen, una octogenaria arrojada de su casa a patadas entre una falange de antidisturbios. Podía haber sido el de Olga, que se suicidó en Hospitalet después de que la echaran a la calle; podía haber sido el de David, enfermo del corazón, desempleado y con un hijo, que vivían juntos en un piso en Vallecas; podía haber sido un nombre entre cualquiera de los 44 desahucios que se ejecutan cada día en España. Le ha tocado a Maricarmen por muchos motivos fáciles de comprobar a madero pasado -sentimentales, sociales, médicos, simbólicos-, pero está muy bien que sea una mujer, que sea una anciana indefensa y enferma frente a la apisonadora impune del poder, del dinero, de los fondos buitre y del libre mercado. En cierto modo, Maricarmen es España: una pobre anciana indefensa, enferma y arrojada a la puta calle.
Porque Maricarmen es un síntoma -más bien un síndrome- de todo lo que anda mal no ya en este país sino en este mundo despiadado que se alumbra en los albores del tercer milenio, esta sociedad feroz, ciega y psicópata incapaz de conmoverse ante la desgracia ajena. Sí, Maricarmen ha sacado por fin a la luz al hijoputa oculto en lo más profundo del armario capitalista, no sólo a la escritora anónima que se ofrecía a pagarle el alquiler sino a la escritora con nombre y apellidos que dice que Maricarmen de víctima nada, que es una privilegiada que llevaba siete décadas viviendo de la sopa boba y que disfrutaba de un alquiler de chiste en el centro de Madrid. Maricarmen ha expuesto al microscopio incluso a los cazafantasmas de Horizonte, quienes cuestionaron la instrumentalización de un desahucio grabado en tiempo real, ellos, que llevan toda la vida captando psicofonías en cementerios y pringándose de mierda delante de las cámaras.
Por eso hay tertulianos riéndose de la desgracia de Maricarmen, hay articulistas escribiendo el cuento triste de Maricarmen, un capítulo lacrimógeno que resume en una sola imagen todas las miserias de esta telenovela llamada España y que en breve dará paso a otro capítulo, otra miseria, otra desgracia. Pero vete a saber si los cientos de expedicionarios atrincherados en la Puerta del Sol no se quedan hasta el martes, como está previsto, y continúan la acampada contra viento y marea. Entonces, a lo mejor Sánchez se encuentra con que le ha brotado una izquierda de verdad en plena calle, un orzuelo de Podemos, como le pasó a Zapatero, y a ver cómo se las apaña para inventarse a toda hostia un artilugio al estilo de Sumar para desmontar el tenderete. Una semana después de abstenerse religiosamente ante la reforma de la Ley de Vivienda, el mismo día en que presumía de “evitar desahucios” ante el alcalde de Nueva York, una pobre mujer era expulsada de su casa en camilla y todo lo que hizo Pedro Sánchez fue darle el pésame a distancia, como la señora que da limosna a un mendigo al salir de misa. Después de Ábalos, de Koldo, de Cerdán, del hermano, de Begoña y de tanta ofensiva judicial descontrolada, lo mismo es el síndrome Maricarmen el que lo pone a él de patitas en la puta calle.

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