Opinión
Nosotras somos la tumba del fascismo
Periodista y escritora
Esta semana hemos visto a las mujeres argentinas salir a la calle por cientos de miles contra las violencias machistas. Hemos visto al movimiento #NiUnaMenos con esa fuerza que tiene el feminismo cuando enfrenta el asesinato y las agresiones constantes. Lo hemos visto poco, porque los medios de aquí no consideran que tenga importancia. O justo por lo contrario. Lo hemos visto y me he acordado de aquella canción llamada El Muerto Vivo, compuesta originalmente por el músico y compositor colombiano Guillermo González Arenas y popularizada por el mítico Peret. "No estaba muerto, estaba de parranda…".
Las mujeres no somos las instituciones, no somos el Poder Judicial, no somos un partido político, no somos organismos internacionales, no somos los medios de comunicación. En algún momento pudo parecer que sí, que éramos y queríamos ser eso. Es más, que dichos estamentos podrían participar de nuestra lucha por la igualdad y contra las violencias. Afortunadamente, como siempre, el tiempo pone las cosas en su sitio. Y digo "afortunadamente" no porque me alegre de que dichos estamentos no nos representen. No me alegra en absoluto. Sin embargo, para plantar cara al presente y el futuro resulta imprescindible saber a quién tienes al lado y a quién enfrente.
Se cumplen ahora tres años de aquel bochornoso momento en el que el presidente del Gobierno "más feminista de la historia", el socialista Pedro Sánchez, aseguró públicamente que el feminismo "incomodaba" a sus "amigos de 40 y 50". O sea, que las feministas habíamos ido demasiado lejos. Fue entonces cuando empezaron a enterrar al movimiento feminista. De hecho, ya llevaban un tiempo cavando la fosa, y no precisamente desde las derechas. Resulta pasmosa la velocidad con la que desde ciertos sectores de la "progresía" patria y desde los medios de comunicación se dio sepultura al gran movimiento feminista surgido en España sobre todo después de la gran huelga general de 2018.
No había pasado ni un año de aquella fabulosa movilización feminista, de consumo y de cuidados, cuando ya los medios de comunicación empezaron a dar titulares con la "división" del feminismo, los supuestos "enfrentamientos" en el seno del movimiento, y otras zaranzajas completamente ajenas a los cientos de miles de mujeres organizadas en los barrios y los pueblos, en miles de asociaciones y entidades de todo tipo, en la cultura y las redes. De paso, aprovecharon para escabechar a la ministra de Igualdad, Irene Montero, y a todo su equipo, mujeres magníficas castigadas por entrar en las instituciones y, desde dentro, hablar de consentimiento, modificar las redes y trabajar como mulas.
Hasta tal punto llegó el castigo que cuando nació un nuevo "movimiento" de izquierdas más allá del PSOE tuvieron la osadía de vetar expresamente a Montero. Yo no olvido. Si olvidamos, acabará pasándonos como con la Transición, las torturadas y torturados, las cunetas, Felipe González, Savater, Alaska… y me callo, que ya bastantes hostias hay en casa.
La canción popularizada por Peret cuenta la historia de Blanco Herrera, un tipo al que su familia y amigos dan por muerto después de declararlo desaparecido. Así que, cuando aparece un muerto de verdad que se le parece, le montan un velorio, le echan unas lagrimillas y corren a enterrarlo. Y aquí paz y después gloria. Es una rumbita que siempre me ha gustado mucho.
Desde que las mujeres, tras los movimientos testimoniales #NiUnaMenos, #MeToo o #Cuéntalo, empezamos a bailar nuestra rumba de la alegría de estar juntas plantando cara, de relatarnos, en las calles y las redes, desde ese preciso instante andan los cenizos y las cenizas enterrando el feminismo. Lo entierran desde los medios de comunicación y desde los partidos que otrora se pusieron la medalla violeta; lo entierran las que lo bailaron y algunos de quienes cedieron sus espacios a las voces de las mujeres. Entierran al movimiento feminista una y otra vez. Porque lo que no entienden es que, una vez has dado el paso, ya no hay vuelta atrás. Una vez has relatado tus violencias, las sufridas y las que sufres, ya no hay manera de no mirarlas a la cara. Ya no hay quien te mate.
Por eso se les queda cara de idiotas cuando, tras ya varios años de darnos por muertas y enterradas, vuelven a vernos en las calles. En esto, de nuevo, las mujeres argentinas y el movimiento feminista de allá y el #NiUnaMenos han vuelto a darnos una lección. Va para ellas mi mayor agradecimiento.
Cada vez que la cosa se ponga verdaderamente fea, nosotras, que ni estamos muertas y enterradas ni hemos desaparecido, nosotras que permanecemos vigilantes, nosotras cada vez con menos derechos y menos representación en medios e instituciones, saldremos a las calles y gritaremos todas a una que nos queremos vivas.
Porque hay algo que no acaban de entender desde ninguna de las tribunas y estamentos anteriormente citados: el movimiento feminista es hoy la única fuerza universal y solidaria —como fue el socialismo entonces— capaz de plantar cara a las extremas derechas globales. Las mujeres organizadas no somos instituciones ni medios ni lobbies. Nosotras somos las calles, las plazas, los techos, las redes, la escuela, los cuidados, la voz que no calla, la muerta que no muere jamás… Nosotras somos la tumba del fascismo.
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