Opinión
Soñadoras, carismáticos. Una belleza terrible

Escritora, Premio Nacional de Narrativa 2022 por Las malas mujeres.
-Actualizado a
Dice Vera Lanis que la gente joven “no acaba de creerse que pudiésemos llevar vidas tan expuestas, tan precarias. Hoy nadie está dispuesto a sacrificarse de esa manera”. La de Vera es una de las voces del coro de mujeres que, con salvaje paciencia —que diría Adrienne Rich—, han arrebatado Edurne Portela y José Ovejero a las nieblas y noches en que estaban sepultadas, revelándolas al público en Una belleza terrible (Galaxia Gutenberg). En la novela hay voces y vidas de hombres. El protagonista es Raymond Molinier, acompañado por Trotsky, su hijo León Sedov, llamado Liova, Jan van Heijenoort, Van, y algún traidor o espía estalinista que otro. Pero si de estos hombres hay información, aunque Molinier sea poco conocido, o han narrado en memorias su vida, como él mismo, Trotsky y van Heijenoort, las revolucionarias han sido engullidas por el olvido. Si fueron militantes de un movimiento históricamente marginal como el trotskismo, y dentro de él de una corriente minoritaria, al olvido se suma, en ocasiones como la de Jeanne Martin des Pallières, la difamación. La ocultación de las mujeres es una constante de la historia, no solo afecta a las militantes de izquierda. Ha sido necesaria toda la obstinación de Edurne Portela y José Ovejero, recorriendo archivos, entrevistando a descendientes, solicitando copias de correspondencia –bendita digitalización–, buscando referencias en oscuras revistas, para ofrecernos las historias de estas soñadoras. Pocos autores serían capaces como ellos de engarzar añicos y esquirlas de documentación, construyendo vidas imaginadas en la joya que es esta novela.
Mujeres como Vera Lanis, Jeanne Martin des Pallières, Elisabeth Käsemann, o la propia Natalia Sedova, mujer de Trotsky, participaron en política, entregaron su vida a la revolución, organizaron acciones, tuvieron una intensa actividad intelectual, escribieron artículos y panfletos. No en vano, la militante que saluda puño en alto en la portada del libro lleva una estilográfica en el bolsillo de la camisa. También se enamoraron, desearon, cuidaron niños, suyos o de otras, se apoyaron entre ellas como reflejan en la novela las cartas entre Jeanne y Natalia Sedova, o como imaginan Edurne Portela y José Ovejero poniendo en boca de Vera Lanis su desolación al saber de la muerte de Jeanne y que solo dos personas habían asistido a su funeral. Hicieron todo lo que hacían los hombres y, además, cuidaron, se ocuparon de la compra —casi siempre con poco dinero—, cocinaron, lavaron ropa, fregaron. No es algo nuevo o singular, es el papel asignado a las mujeres y ha sido transversal en la derecha y la izquierda. Podríamos hablar de experiencias en la militancia clandestina durante el franquismo (¡Nena, el café!). Siendo tan habitual, no se ha contado, se ha dado por supuesto, formaba parte del paisaje. Lo nuevo es que Edurne Portela y José Ovejero lo narran, hacen de ello uno de los hilos trenzados en la novela, ponen en boca de las mujeres su desasosiego. Jeanne se enfrenta a Raymond, su marido, en la casa que comparten con Trotsky y Natalia en Turquía: “¿Tú crees que llevo militando una década, dándolo todo por el partido para acabar fregando los cacharros de Trotsky?”.
Nuevo también es que las voces de los autores formen parte del coro de Una belleza terrible. Fragmentos de diarios y conversaciones permiten vislumbrar el proceso de escritura que Edurne y José comparten con nosotros. Desde las decisiones de armar una novela en torno a Molinier, hombre carismático, activista político, aventurero, negociante e incluso estafador, fiel a sus ideas si no a sus compañeras, o la de no inventar situaciones, sino únicamente imaginar cómo pudieron ser las históricas, “entender sus deseos y sus miedos”. Escribir es, o debería ser, un ejercicio de empatía con los personajes, sean imaginarios o, como en este caso, reales, y la empatía impregna el libro de la primera a la última página. Escrita en otro registro podría haber sido una novela de aventuras, al fin no hay verdadera aventura –según el diccionario empresa de resultado incierto o que presenta riesgos – sin desventura y las desventuras son constantes. Escrita en otros tiempos podría ser una tragedia griega que viésemos representada en Mérida o en Dion, al pie del Monte Olimpo. En su centro están esos deseos y miedos, sentimientos contradictorios, la angustia ante las traiciones, el dolor por las muertes. Es la empatía la que permite hablar en primera persona a Vera Lanis, a Molinier e incluso a Suzanne Demanet, que no era revolucionaria pero también tuvo sus pequeñas prisiones, sintiéndose un “pececillo indefenso”. En la adopción de la voz de otras sobresale Edurne Portela como ha mostrado en Maddi y las fronteras (Galaxia Gutenberg).
En segunda persona se dirigen a Trotsky al narrar sus persecuciones, exilios, su muerte. Sin juzgar, intentando entender sus sentimientos ante las muchas traiciones sufridas por él y por la propia revolución, las razones por las que pudo traicionar, o expulsar de su lado a fieles colaboradores como Molinier. Intentando comprender los motivos de su ingratitud hacia Jeanne, que lo cuidó a él, a su hijo Liova, a su nieto y después fue abandonada, difamada. Empatía. Trotsky era un personaje carismático, a mucha mayor escala que Molinier, actor principal en la Revolución Soviética de 1917, intelectual, dueño de una palabra incendiaria. La persecución por el estalinismo, su asesinato lo convirtieron en cierto modo en un mártir. Los hombres carismáticos suelen estar convencidos de que tienen una misión que cumplir, sea cambiar el mundo con la acción política, sea crear una gran obra de arte. Entregados a esa misión, dan por supuesto que los demás están a su servicio. Es la empatía de los autores la que nos traslada su dolor, sus últimas palabras a Natalia en el hospital, cuando herido de muerte entiende que las enfermeras van a desnudarlo: “Desnúdame tú, no permitas que me desnuden ellas”.
Una belleza terrible es una novela que hace vivir las emociones de sus protagonistas. Nos desconsolamos con el desconsuelo de Jeanne ante el asesinato de su compañero Liova, un capítulo que resulta imposible leer sin angustiarse. Compartimos la exaltación de Raymond y Vera en el interior de la fábrica durante la huelga de la Renault, narrada con un ritmo que me resisto a llamar cinematográfico por ser propio de la narrativa. Nos duelen las divisiones en el trotskismo, en la izquierda, la tensión entre hacer la revolución y lograr mejoras, entre participar o no en la guerra contra el fascismo. Divisiones y tensiones que replicaban las existentes entre los partidos que apoyaban a la República, o dentro de ellos, que se replican hoy día. Pues Edurne Portela y José Ovejero logran “volver presente el pasado mediante la ficción”, empresa que, como reconocen en una de sus consideraciones, no es fácil.
Raymond Molinier, Jeanne, Vera, dedicaron su vida al sueño de construir un mundo mejor. A pesar de que Vera podía dudar de que en tiempos posteriores hubiese alguien dispuesto a sacrificarse, otras protagonistas del libro lo desmienten. Así Elisabeth Käsemann, la joven alemana que viajó a Latinoamérica para participar en movimientos revolucionarios, y fue violada, torturada y asesinada por la dictadura argentina en 1977. Edurne y José reflexionan sobre la ocultación, por familias o fundaciones, de su apoyo a la lucha armada, borrando parte de su pasado. Fue calificada de terrorista, cuando lo cierto es que luchaba contra un régimen de terror. Omisiones semejantes ocurren con represaliados o asesinados por la dictadura franquista, de los que las familias se resisten a reconocer la afiliación comunista.
La memoria es frágil, los archivos pueden gritar a voces sin que nadie los escuche, por eso es Una belleza terrible una obra tan conmovedora, tan necesaria. Jeanne, Vera, Natalia, Elisabeth, vencidas como las Troyanas a las que Eurípides da voz, sufrieron fracasos, pero contribuyeron a una sociedad más justa. En 2023 fueron asesinados en Latinoamérica 77 hombres y mujeres, defensores indígenas de la Tierra, que también estuvieron, están, dispuestos a entregar su vida por sus ideas.
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