Opinión
Tararear mal la historia de Jeannete

Por Andrea Momoitio
Periodista y escritora
-Actualizado a
Qué difícil es reconstruir las historias que ya forman parte de nuestro imaginario popular. En Bilbao, si preguntas por personas relevantes de lo que se conoce como los Barrios Altos, mucha gente te hablará de Juanito, el Trianero. Incluso el periódico local más leído le dedicó una columna. Cuentan que un comisario lo detenía sólo para reírse de él. Actuaba en los cabarets más famosos de la ciudad y llegó a regentar sus propios bares. Nunca hizo fortuna, pero en Bilbao, al menos, no le iba del todo mal y todavía hoy se le recuerda, aunque se le recuerde como alguien que no quiso ser. Juanito el Trianero se llamaba Jeannete.
Era una tipa especial, de esas que no dejan indiferente. Un poco notas, tal vez. De esas mujeres que exhiben una feminidad estrambótica, hecha a sí misma a base de aspavientos. Saludaba siempre a las vecinas con cara pillina, sobre todo si le seguía una cámara. Una no tiene muchas oportunidades de salir en la tele y, menos aún, de que la tele venga a buscarte a tu barrio. Quizá por eso Jeannete se pavoneaba. Fingía una modestia que no colaba. Siempre quiso ser una estrella y, por eso, disfrutaba tanto de los destellos de su fama. Una fama mucho más discreta que ella, que necesitaría de algún hechizo para pasar inadvertida. Las verdaderas estrellas se forjan en bares de mala muerte, a oscuras, aprendiendo a no oler el serrín de los baños.
Ay, Jeannete.
Seguro que jugó a la humildad cuando la llamaron para participar en Saski naski, un programa de Tele Norte, la delegación territorial de Televisión Española. Un programa de entrevistas y reporterismo dirigido por los periodistas Luciano Rincón Vega y Antxón Urrosolo que, en los años ochenta, tuvo su público. Buscaban personajes curiosos, historias capaces de sorprender a una audiencia ávida de nuevos formatos. Alguien les hablaría de Jeannete y ella, desde luego, aceptó la propuesta.
Urrosolo tira de expresiones manidas para explicar que Jeannete era una mujer trans —"fue ayer niño, hoy es mujer"— y de palabras rimbombantes para describir el papel que jugaba en el barrio. Dice que es la "albacea", la "testamentaria" de la vida en la calle Cortes. No está mal como descripción, pero podría simplificarse mucho: "Es una tía conocida", por ejemplo. Rincón apuesta por un tono similar. Habla de una "leyenda", de "ruptura"; cita el "amor oscuro" de Lorca y acusa a la sociedad bilbaína de ser muy pacata. Cuenta que Jeannete se lanzó a la aventura de "recuperar lo que él creía que era un sexo perdido". Lo hizo entre aplausos, sí, pero también alzando la voz para no escuchar las mofas, ironías y bromas más o menos soeces de algunos señoritos y señoritas. En esta sociedad encogida, su gracia canaria se hizo un hueco a base de palos. Cuentan en el reportaje que su llegada a la ciudad marcó un antes y un después, que llegaban personas de todos los rincones de la provincia a ver sus espectáculos, que cambió la manera en que la gente se movía por el barrio. Parece una exageración, sí, pero los periodistas insisten en recordar que, antes de Jeannete, las visitas a Cortes eran más furtivas y que su naturalidad evitó que pudieran hacerle daño. "No tenía mérito llamarle homosexual", dice Luciano Rincón. Ella soltaba su pluma y lo inundaba todo.
Vivía en el número 12 de la calle Cortes y aquella mañana en la que llegaron las cámaras seguro que pasó un buen rato frente al espejo. Eligió unos vaqueros, un jersey negro, blanco y gris, una bufanda para disimular la nuez, un pequeño bolso y zapatos sin tacón. Muestra, orgullosa, su barrio. Saluda a las vecinas y narra viejas anécdotas. Entonces llevaba ya muchos años en Bilbao y estaba contenta: "Me ha ayudado mucho esta gente de esta calle maravillosa".
La vida le puso muchas pegas y no lo disimulaba: "Hubo problemas porque otra gente no quería que en Bilbao hubiera todo esto. Pero ya vieron mi modo de ser, mi manera de actuar y, por fin, conseguí libertad". Lleva a las cámaras a la tienda de ultramarinos en la que compra cada día cuatro cosas. Pasa también por la peluquería, para que vean que es verdad, que están haciendo un reportaje sobre ella. Gema, la peluquera, tuvo que preguntar a su jefe si era "chico o chica" cuando la vio por primera vez y tardó en darse cuenta de que aquellas enormes pestañas eran de cartón.
Las pestañas serían de cartón, pero Jeannete era muy de verdad. Quizá por eso duele tanto que se siga repitiendo el nombre con el que fue señalada —o, en el mejor de los casos, tolerada— y no aquel que eligió cuando pudo decidir por sí misma. Jeannete no fue el final de Juanito, sino su desmentido. Hay ciudades que recuerdan a sus personajes como se recuerdan las canciones antiguas: tarareando mal la letra. Bilbao ha hecho de Jeannete un recuerdo borroso, una estampa nocturna, una anécdota repetida. Durante años, su figura circuló entre el chiste, el mito y la advertencia. La memoria, si aspira a ser algo más que folclore, debería empezar por aprender a llamarla por su nombre.
La historia de su muerte y el epitafio que eligió para sí misma es otra historia, que contaré otro día.
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