obituario
Tejero: instante de una anatomía

Por Pablo Batalla
Periodista
Cuando un régimen —el que sea— dura mucho tiempo y pierde el miedo a ser defenestrado, sus servidores se van volviendo caricaturas. Pierden la tensión creativa de los tiempos de la revolución y su consolidación. Se les van atrofiando aquellas aptitudes que eran necesarias cuando se combatía a enemigos formidables, pero ya no se necesitan. Pierden la habilidad, la versatilidad, la audacia, la frescura, la complejidad. Todo está atado y bien atado y no pasa nada por ser inhábiles, inversátiles, inaudaces. Más bien hace falta serlo; no moverse, porque el que se mueve no sale en la foto.
En los tiempos de Brézhnev, en la URSS, había un funcionario que llevaba un archivo de citas sueltas de Lenin escritas en fichitas. Cuando algún burócrata tenía que dar algún discurso, acudía a él, a pedirle un manojo. Lenin, uno de los sujetos más audaces de la historia, se había vuelto eso: una calderilla de fichitas. No hacía falta más, ni tampoco lénines nuevos. Nadie quería ser original. Había, también, escuelas de oratoria en las que se enseñaba el arte de la lengua de madera, de la palabrería ritual; el Chat GPT de la sintaxis desganada de la tribu. Pero esto no era solo un asunto de cínicos: también seguía habiendo exaltados; creyentes sinceros con no muchas luces, pero mucha pasión. Ellos también hablaban la lengua de madera. La hablaban a voces, la desplegaban en exabruptos.
Al franquismo le pasó. Sus primeros servidores fueron bestias sanguinarias, unos hijos de la gran puta con tres docenas de balcones a la calle, pero no tenían un pelo de tontos. No hubieran ganado una guerra y levantado un régimen nuevo e invicto si lo tuvieran. Eran inteligentes y perspicaces, imaginativos e intrépidos. Lo eran hasta aquellos que menos lo parecían. Ernesto Giménez Caballero o José Millán-Astray podían estar como una cesta de gatos, pero no carecían de talento. Tal vez un talento alucinado o sui géneris, pero al fin y al cabo talento: por ejemplo el talento de crear la Legión y convencer a miles de tipos de ser orgullosos «novios de la muerte». Quién para a tipos así.
Cuarenta años después, el franquismo expiró —aceptemos «fin del franquismo» como animal conceptual de compañía— gritado en el Congreso por una caricatura de Millán-Astray. Antonio Tejero daba las mismas voces, pero no se había leído el Bushido, ni fundado nada nuevo y perdurable, ni librado dos atroces guerras, ni sufrido mutilaciones. Millán era risible y temible, pero más temible que risible. Tejero fue también temible y risible —algún miedo pasó España; un caricato también puede hacer daño—, pero más risible que temible. Pocos días después, el disfraz de Tejero hizo furor en los carnavales. Pero el primer disfraz de Tejero lo había llevado el propio Tejero, un sujeto sin verdadera personalidad, un disfraz animado, un monigote de El Jueves hecho realidad. Hay una conversación transcrita de aquellas horas, entre Tejero y Juan García Carrés, que podría venir literalmente de las viñetas de Martínez el Facha:
—¡No, no renunciéis, que es España!
—¡De acuerdo que es España!
—¡Que es España, coño!
—¡Viva España, coño!
España pasó miedo, pero luego fue una fiesta. El franquismo se había acabado. Una cruzada cuyo mejor paladín tenía esa pinta no podía sobrevivir, y no podía resucitar. Las misas del 20-N congregaban a colectivos menguantes y senescentes, una numancia patética. La habilidad versatilidad audacia frescura complejidad eran propiedad total del campo democrático. Los hombres de la nomenclatura felipista que tomó después las riendas del país podían no tener una ética para comer en ella, pero nadie podía negarles inteligencia. Los leguinas y los solchagas, los bonos y los ibarras, perpetraron mil tropelías, pero heredaron un Estado y, para bien y para muy mal, lo modernizaron. Sin ética, pero con épica: la del AVE y las autopistas, los hospitales y los colegios, el fin —el cuasifín— del chabolismo y los Juegos de Barcelona, aunque fuera también la épica malnacida de Riaño, Reinosa e Intxaurrondo. Para todo eso —también, sí, para imponer un embalse, cerrar una factoría con miles de obreros, matarlos a pelotazos de goma o botazos de humo o montar un escuadrón de la muerte— hace falta no ser caricaturas.
Tejero vivió mucho. Lo bastante para ver a la democracia que no pudo cercenar cumpliendo la misma edad que cumplió el franquismo. Para ver, por tanto, evolucionar a sus propios servidores, y cómo igual que los millanes astray se volvieron tejeros, los bonos y los ibarras se han convertido en pages y lambanes. Y los fragas en feijóos, y los arzalluz en pradales, y los pujoles en puigdemonts, y los gerardos iglesias en pablos iglesias. No quiere uno caer en el meme criptofascista del good time que crea weak men que crea hard time que crea strong men, pero ¿no hay algo de eso? Tampoco quiere caer en una visión rancia de grandes personajes individuales como motor de la historia. La historia son sobre todo personajes colectivos. Pero la clase obrera de 1975 tampoco es la de 2025, como no lo son el movimiento vecinal o el estudiantil. Y mientras tanto, las misas por Franco ya no menguan ni envejecen: ahora crecen y se remozan.
Sabemos que Tejero murió rodeado de gente que rezaba, fiel hasta el final al compromiso vital de recrear cada día los cuadros de la «España negra» de Gutiérrez Solana, pero ¿murió con optimismo? Javier Cercas escribió sobre el tejerazo y lo tituló Anatomía de un instante. La muerte del bigotudo teniente coronel es un buen momento para inquirirse por el instante de una anatomía: la del régimen que nació en 1977 y se consolidó aquella tardenoche de febrero de 1981. ¿Dónde reside hoy la tensión creativa; a qué bando le vibran hoy los nervios del talento; en qué corazones habita la audacia?
Mientras escribo este artículo a toda prisa, un amigo me cuenta esto, diciéndome que lo puedo publicar donde quiera, sin citarlo. Le contesto: «Hostia, pues te voy a citar sin citarte en un artículo que estaba justo escribiendo sobre Tejero, que me encargaron en Público. Parece que no, pero la anécdota me viene que ni pintada para cerrarlo». Esta es: «Nos enteramos hoy, en el recreo, por la directiva de mi IES, de que mañana viene a nuestro centro Ayuso con Topuria. Para presentar un plan contra el acoso, según parece, pero también para participar en un documental de HBO sobre el tal Topuria».
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