Opinión
¿Teme Hollywood al cine extranjero?

Por Juan Roures
-Actualizado a
"Si superas la barrera de los subtítulos, descubres películas asombrosas", dijo una vez Bong Joon Ho, director de Parásitos, la primera producción de habla no inglesa en llevarse el Óscar a la mejor película. Arrancaba el año 2020 y las alternativas no podían ser más hollywoodienses: Joker, Érase una vez en Hollywood, 1917, Jojo Rabbit…
Menuda bala esquivamos gracias a los coreanos.
Desde entonces, los Óscar han concedido nominaciones y hasta premios a películas de múltiples países, desde la japonesa Drive My Car hasta la franco-mexicana Emilia Pérez, pasando por la danesa Otra ronda, la letona Flow y la brasileña Aún estoy aquí. Lo que demuestra tres cosas: que el cine internacional tiene más fuerza que nunca, que el cine hollywoodiense ya no es lo que era y, sobre todo, que los académicos han abierto la mente. Una noticia maravillosa para los cinéfilos y un guiño contra la xenofobia.
Pero no hay progreso que no despierte una ola reaccionaria y la celebración de la diversidad cinematográfica no iba a ser la excepción. Al igual que las personas racializadas y LGTBIQA+ han pasado a verse desde ciertos sectores como emblemas woke por el mero hecho de existir, las películas de habla no inglesa se perciben ahora como una amenaza para la industria del entretenimiento. ¿Qué será de los chistecitos sobre dramas bielorrusos de siete horas?
Basta con fijarse en lo sucedido en la última gala de los Critics Choice Awards, ese circo cuya única función es predecir los Óscar. El premio a la mejor película internacional, cuya mera denominación se antoja indulgente, fue entregado durante la alfombra roja, sin público. Kleber Mendonça Filho no sabía si alegrarse o echarse a llorar, consciente de la ilusión que latía en Brasil por verlo ganar. Lo peor es que después le hicieron subir al escenario junto a Wagner Moura, estrella de El agente secreto, para entregar el premio principal a Una batalla tras otra.
Pura condescendencia que ellos convirtieron en la mejor mofa del evento: "Venimos a presentar el premio a la mejor película. O, como lo llamamos en Brasil, a la mejor película extranjera". Y es que no deja de ser irónico que unos galardones que pretenden abarcar a toda la industria hagan tan clara separación entre el cine "rarito" y el de verdad.
El agente secreto volvió a triunfar en los Globos de Oro, donde el discurso del equipo fue el único cortado por la música, pese a que no fueron pocos los que se dedicaron a citar uno por uno a todos sus seres queridos. Moura, que también fue premiado, sí tuvo tiempo para expresarse con calma, quizá porque haber protagonizado Narcos y Civil War hacía que no pareciera un intruso. "Los traumas se heredan, los valores también", zanjó con una serena sonrisa.
Los Globos de Oro, que estuvieron a punto de ser cancelados hace unos años ante las acusaciones de racismo, ofrecieron un palmarés bastante diverso, incluyendo al sueco Stellan Skarsgård como mejor actor de reparto. Otro forastero que lleva toda la vida trabajando en Estados Unidos. 74 años le ha costado colarse en la carrera por el Óscar. Y encima tiene que aguantar el gimoteo de Timothée Chalamet por haber cumplido 30 sin conquistar el mundo.
Después de que todos ellos (sí, también Chalamet) recogieran sus merecidos trofeos, Judd Apatow salió a presentar el concerniente a la mejor dirección. Cuando bromeó sobre no saber pronunciar el nombre que incluía el sobre, todo el mundo pensó en el maestro iraní Jafar Panahi. Bueno, quienes lo conocemos lo hicimos. Pero no, el ganador fue el californiano Paul Thomas Anderson; de nuevo, por Una batalla tras otra. Así, Un simple accidente, la flamante Palma de Oro de Cannes, se fue de vacío. Pero eso es lo de menos. ¿Habría jugado Apatow esa mala pasada a un compatriota? Lo dudo.
A nadie le preocupó la falta de respeto a Panahi, a pesar de que su país se encuentra ahora mismo en una situación desesperada. En una gala envuelta en el espíritu happy flower, no procedía mencionar un thriller que habla de torturas ejecutadas por las propias autoridades. Ni otro, el brasileño, que rememora el horror de la dictadura. Ni por supuesto La voz de Hind, que parte de la llamada de auxilio de una niña palestina bajo fuego israelí. No apetecía; por el dramatismo de las historias reales y lo lejanas que parecían quedar. Cuando Trump es tu presidente, pocas cosas importan, solo que, si hay un país que siempre se entromete en las realidades ajenas, ese es Estados Unidos.
Entre las películas foráneas nominadas figuraba también una española: Sirāt, que sirve de alegoría sobre esa III Guerra Mundial a la que quieren llevarnos algunos. Pasó desapercibida tanto en los Critics Choice Awards como en los Globos de Oro. Tampoco tuvieron tiempo las maestras de ceremonias (Chelsea Handler y Nikki Glaser, estereotípicamente rubias) para mencionar los logros de las otras nominadas no anglosajonas, cuyos equipos estaban sentados mucho más lejos del escenario que los demás. Solo hay que ver el paseo que se dio el pobre Skarsgård.
Gracias a que la Academia cada vez incluye más miembros extranjeros, todo indica que el cine internacional tendrá una fuerte presencia en los Óscar, cuyas nominaciones se anuncian este jueves, pero el mérito será aún mayor si consideramos todo lo que tiene en contra. Así, los BAFTA (británicos, pero cada vez más rendidos a los estadounidenses) y los recién renombrados Actor Awards ya han dejado claro que el cine relevante speaks English. Y qué decir de las populares quinielas de Variety, empeñadas en aupar constantemente a películas como F1, Wicked 2 o Avatar 3 para orientar el voto en beneficio de los grandes estudios.
La meca del cine atraviesa una crisis de creatividad e identidad que no quiere reconocer. Si nos fijamos en las películas anglosajonas que están siendo laureadas, las únicas que no parten de material previo son Los pecadores, Marty Supreme y Las guerreras Kpop (esta última, con un equipo eminentemente asiático). El público pide historias originales, aunque no siempre lo demuestre.
Y, desde el resto del mundo, ¿qué hacemos al respecto? Los recientes Premios del Cine Europeo sugieren que poco o nada. Sí, se colmó de halagos a Sirāt y a Valor sentimental y se dio la palabra a Panahi nada más arrancar la gala ("Que se normalice la violencia nos pone a todos en peligro, el silencio nos hace cómplices", advirtió en farsi), pero es que fue todo demasiado aburrido para plantar cara a Hollywood, donde, si bien el arte está de capa caída, el sentido del espectáculo sigue intacto. Y ahí también se libra la batalla por el relato. Normal que Trump vea fácil quedarse con el Nobel, Groenlandia… y todo lo que tenemos. Normal que nos tase hasta la saciedad.
Aranceles es precisamente lo que las altas esferas de Hollywood, consciente o inconscientemente, pretenden poner al cine ajeno. Les hacía gracia que nuestras películas se colaran en sus salas y en sus galardones de vez en cuando, como rarezas a reivindicar por caridad, pero no que "invadamos" sus espacios. Uy, ¿de qué me suena esto?
Más que nunca, el cine refleja la realidad. Sobre todo, el internacional, pero también el hollywoodiense, súbitamente marcado por el nihilismo. Y los Óscar y demás premios cinematográficos, aunque aparentemente banales, deciden qué historias merecen ser escuchadas y cuáles quedan relegadas a los márgenes.
Europa, Latinoamérica y Asia han dado pasos agigantados para poner su cultura en el punto de mira, y eso hay quien lo celebra… pero también quien lo teme. Alegrémonos por el primer sentimiento, pero no infravaloremos el segundo. Porque esto va más allá del cine. Buena parte de las injusticias de la historia de la humanidad nacieron del miedo.


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