Opinión
Tenemos Espe nueva en la oficina
Por David Torres
Escritor
Con el desparpajo que la caracteriza, Esperanza Aguirre pretende sacar adelante un plan renove en el anticuado chasis de la partitocracia española. Para no perder comba, lo anuncia justo dos días después del mayor palo que se ha llevado la política exterior del PP desde que Carromero se puso a jugar a los coches de choque. En la escala Richter de los sustitos, Esperanza Aguirre vale ella sola por un COI, medio Bárcenas o dos peñones de Gibraltar. La propuesta de democratizar los partidos, implantar un sistema electoral con listas abiertas y traer caras nuevas podría ser algo más que un chiste si fuese acompañada de un gesto acorde y consecuente de la propia señora Aguirre. Tampoco pedimos que se haga el harakiri en la Puerta del Sol, no, bastaría con que se estampase una tarta de nata en plena cara. Ese gesto inequívocamente cómico serviría para tomárnosla, por una vez, en serio.
Francamente, y disculpen el adverbio, no tiene mucho sentido hablar de “aire fresco” en las formaciones cuando quien habla es uno de los fósiles más longevos de la política patria. Hay señales de actividad aguerriana en las Navas de Tolosa, en Numancia y en los asentamientos de Atapuerca. Algunos estudiosos aseguran que Esperanza Aguirre podría ser el modelo de la Dama de Elche mientras otros estudiosos dicen que no, que la Dama de Elche sólo le copió el peinado. En la calle Génova excavas un poco debajo del nivel freático y te encuentras unos pendientes de su época de concejala. Los historiadores se quejan de que Aguirre casi siempre cita mal a Churchill y a Voltaire cuando lo cierto es que es al revés: ni Voltaire ni Churchill se enteraban de la misa la media.
Aguirre anunció hace cosa de un año que se retiraba de la política pero no dijo nada de si la política se retiraría de ella. Le pasa lo mismo que a las glaciaciones: lleva tanto tiempo retirándose que ya ha vuelto. De hecho, es ahora, cuando se supone que está en hibernación, que no para de salir en las noticias, los telediarios y los sismógrafos. Aguirre pasa por períodos de inactividad, igual que los terremotos o que el conde Drácula, pero siempre hay temblores, réplicas y movimientos de aguja. Ha sido senadora, ministra, presidenta del Senado, presidenta de la Comunidad Autónoma de Madrid y musa oficial de Telemadrid durante varias décadas, pero no quiere irse del todo sin probar el sabor del poder absoluto. Nadie puede reprochárselo, sobre todo teniendo en cuenta que Mariano ha sido elegido para gobernar un país y Ana Botella designada a dedo como alcaldesa consorte. A los alevines de Nuevas Generaciones se les van a apolillar las banderas avícolas en el desván esperando turno para ocupar altos cargos. De ahí viene el nombre “Esperanza”: una panzada de esperar. Fue Spinoza quien advertía que todas las cosas quieren perseverar en su ser pero es sólo porque no conocía a la señora Aguirre.
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