Opinión
Teología 'heavy' en el Congreso

Por David Torres
Escritor
-Actualizado a
Los expertos en política facial llevan años advirtiendo del desgaste de la efigie presidencial, una erosión atribuida al cansancio y a la tensión del poder, pero también a la pérdida de complejos vitamínicos a derecha e izquierda. Sin embargo, no hay nada que machaque más la piel que un sol de justicia, sobre todo si al sol le colocas una lupa de aumento de modo que vaya chamuscando todos los alrededores. En los últimos tiempos -que cada vez parecen más los últimos- Sánchez ha adquirido el porte de un guerrillero quemado por el napalm de los telediarios, un profeta de corte y confección al que cada vez sigue menos gente.
Entre sentencias ejemplares y súbitas retiradas de pasaporte, el sanchismo va subsistiendo como una fe perdida entre catacumbas, evocando aquella paradoja de Santo Tomás: para quienes creen, ninguna explicación es necesaria; para quienes no creen, ninguna explicación es posible. Peinados aparte, sólo en términos teológicos puede explicarse la absolución de Aldama -un delincuente convicto y confeso cuya colaboración con la justicia calcaba al detalle las investigaciones de la UCO- y la apabullante condena contra Ábalos, a quien le han caído de rebote todas las condenas por comisiones millonarias en mascarillas donde los tribunales decidieron en su día hacer la vista gorda: Medina, Luceño, el novio de Ayuso y el coño de la Bernarda. Da la impresión de que a Ábalos le han endosado además los crímenes de los GAL, el asesinato del Nani, la matanza de Puerto Hurraco y la muerte de Manolete.
Mientras Belarra daba por concluido el sanchismo y pedía la convocatoria de elecciones generales, Rufián subió a la palestra a revelar que en 2018 había negociado con Ábalos: “Su palabra era la palabra de Dios, y Dios era Pedro Sánchez”. Una y otra vez las alusiones religiosas hacían temer que el techo del hemiciclo se abriera de par en par y la cámara se inundara con un rayo de luz divina por el cual, en cualquier momento, podía salir Aldama tocando un arpa y batiendo alas de ángel. Rufián -que por algo tiene nombre de ángel- comentó que, a diferencia de la derecha, la izquierda tiene principios, una máxima que tal vez debería haberse ahorrado, ya que, en el principio del sanchismo, dirigiendo el Peugeot de la remontada y la moción de censura contra las corruptelas de Mariano, siempre estuvo Ábalos.
En fin, parecía que todo estaba listo para el cambio de sacristía cuando Feijóo decidió subir las apuestas y meter una vez más la pata. No se le ocurrió otra cosa que preguntarle a Patxi López qué pensaría su padre si se levantara de la tumba y viera lo que estaba haciendo su hijo, una mención a los muertos que López aprovechó para recordarle a su progenitor político, Manuel Fraga, cuyo cadáver sigue dando sustancia al caldo gordo de la derecha. Un poco más a la derecha, Abascal advertía del pucherazo que prepara Sánchez alterando el censo electoral, como si Sánchez pudiera desviar votos con la misma facilidad que Abascal desvió 13 millones de euros del presupuesto de Vox a su chiringuito personal, la Fundación Disenso. Por cierto, que Abascal también reclama ahora que el Estado le abone los intereses abusivos que le cobró un banco húngaro por financiar dos campañas electorales, incumpliendo de modo flagrante la Ley de Financiación de Partidos Políticos. Creer en el sanchismo a estas alturas es simple cuestión de fe, pero creer en Vox ya se considera milagro.
Es muy difícil, sí, pero todavía podría ocurrir que los dos líderes de la derecha resuciten a Sánchez a fuerza de guantazos, igual que dos leñadores que no se ponen de acuerdo en la manera más eficaz de tirar abajo un árbol. A Sánchez le va la marcha, le gusta asarse a fuego lento en los prolegómenos del verano y lo mismo les dice a sus verdugos que le den la vuelta en la parrilla como hizo San Lorenzo, patrón de los cocineros y los humoristas. La última vez también parecía imposible, aunque nunca hay que menospreciar las patochadas de Feijóo, que no es más torpe porque no quiere. Como se ve, el bipartidismo continúa brillando en todo su esplendor, para alegría de los creyentes. En cuanto a los que no creen, siempre les quedará el fútbol, que eso sí es una religión como Dios manda.

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