Opinión
Todos los lugares, el mismo lugar

Por Enrique Aparicio
Periodista cultural y escritor
Voy a escribir sobre gentrificación mientras gentrifico. No es que haya patentado una suerte de método Stanislavski aplicado a la columna de opinión, es que no me queda más remedio, ¿verdad? Escribo lejos de la ciudad donde vivo, en una cafetería donde no me ha dado vergüenza sacar este portátil que ya un miembro más de mi cuerpo, parapetado entre una maleta y una mochila. Hasta a mí me costaría no tomarme por un turista o un expat si me viera por el otro lado de la ventana.
Siento una necesidad casi física de decir a todo el que pasa que no, que lo que ven es un espejismo, un trampantojo. Que yo sí tengo derecho a trabajar un rato aquí porque estoy esperando a que la amiga que me acoge salga de trabajar, y que soy autónomo y pago todos mis impuestos con mucho gusto. Que si he escogido este café y no otro es precisamente porque no quiero ser el gilipollas que se pone a aporrear teclas en un bar de toda la vida; que el cinnamon roll que acabo de engullir me da permiso para plantarme aquí dos horas. Si en el menú hubiera puesto rollo de canela, me lo hubiera pensado dos veces.
Aborrecería que este establecimiento abriera en la calle donde pago religiosamente el alquiler, pero me aprovecho de que exista en esta esquina por la que solo estoy de paso. Nos pone fácil cumplir con nuestras obligaciones a quienes seguimos creyendo que el hecho de no acudir todos los días a una oficina nos convierte en dueños de nuestra existencia. Y qué demonios, el cinnamon roll está delicioso. Quizás vuelva mañana aquí a desayunar.
Pues sí, he vuelto. Me acabo de enterar de que el cantante al que venía a ver nos deja plantados, pero hace un día espléndido y nada me impide aprovecharlo una vez concluya este texto y mis otras tareas. Hubiera podido ir a desayunar a otro lado, pero aquí nadie va a levantar una ceja si me quedo trabajando otro rato. Una familia británica desayuna a mi lado, su acento es tan cerrado que me ha costado distinguir que eso que hablan es efectivamente inglés. Aunque compartamos espacio yo sé que estoy en otro plano: no estoy aquí porque quiera, me han obligado las circunstancias, ¿verdad? Como más tarde pienso comerme unos bunyols, qué más da que me acabe de pedir otro cinnamon roll.
Me hubiera flipado esta cafetería cuando estudiaba la carrera en esta ciudad. Entonces los establecimientos de siempre me resultaban cutres, porque no se parecían a los que salían en las películas y en la tele. Pero este sí. Este podría estar en cualquier serie de Netflix. Y cuando digo cualquiera, lo digo de verdad. Quince años después de irme de erasmus sé que este tipo de lugares no me representan, porque a mí me gusta lo auténtico. Y como lo respeto tanto, estos días prefiero venir aquí para no mezclar las cosas. Mañana veremos.
Mañana ya es hoy y ayer lo pasé en grande. Quién quiere pop de Mánchester teniendo Amparito Roca. Si es lo que digo, no me puede apelar más lo tradicional, lo de toda la vida. Lo único que, como a este texto le falta un remate, me he sacrificado viniendo a la misma cafetería. Que conste que yo hoy quería unos fartons, pero como no hay, pues ya sabéis lo que estoy desayunando. “Cuesta mucho ser auténtica, señora”, decía la Agrado en Todo sobre mi madre, y tenía razón. Yo me lo propongo, pero a veces es imposible: el mundo es tan cómodo cuando te dejas llevar por la corriente… Incluso mientras explicas lo poco que te gusta.
Porque yo no tengo la culpa, ¿no? Yo solo hago lo que puedo en un mundo que se repite a sí mismo. Pienso que quizás estoy reproduciendo las cosas que maldigo cuando me las hacen a mí, las que veo en el barrio donde sí vivo y donde sí me siento arrinconado por quienes hacen lo que estoy haciendo yo ahora. Pero la culpa me esquiva porque el trabajo, porque las obligaciones, porque el capitalismo. Porque no es que quiera, es que no me queda otra. La gentrificación son los otros, aunque estos días, en esta ciudad que amo tanto, puede que los otros no estén tan lejos.
En cuanto cierre el portátil me largo de aquí con mi mochila y mi maleta. Si avanzo lo suficientemente rápido, quizás las personas con las que me cruce sepan que no he venido de paseo, sino de paso. La diferencia es pequeña, quizás imperceptible, pero yo lo sé y eso es suficiente. Yo sé que no soy el problema, ¿verdad? El problema es muy parecido, pero no es esto. El problema es que todos los lugares son el mismo lugar, pero yo aún puedo distinguirlos. ¿Verdad?
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