Opinión
Torrente y Vox: Love Story

Por David Torres
Escritor
-Actualizado a
En el momento de su estreno, allá por 1998, lo que me molestó de Torrente, el brazo tonto de la ley, no fue el humor zafio, ni la chabacanería, ni el mal gusto, ni los chistes machistas. No hacía falta cavilar mucho para comprender que aquel personaje odioso, lastimoso y deplorable era una sátira en carne y hueso de ciertos comportamientos típicos de la España profunda. Que, más o menos, por suerte o por desgracia, casi todo el mundo conocía a algún policía adicto a la chulería, al carajillo, a las gafas de sol, al Torito Bravo, a la falta de higiene corporal, a las máquinas tragaperras y al Valle de los Caídos. Ni siquiera me importó que fuese un forofo del Atlético de Madrid y no del Real Madrid, que era la elección obvia.
No, lo que me molestaba era el apellido elegido para nombrar a aquel fósil del franquismo, Torrente, que suena muy bien, sí, pero que remite a uno de los mayores novelistas del siglo pasado, Torrente Ballester, autor de La saga/fuga de J. B. y Los gozos y las sombras. Puede que fuese una coña involuntaria, puede que Segura estuviera aludiendo al pasado de don Gonzalo, quien se apuntó al falangismo en plena Guerra Civil por consejo de un cura, para evitar represalias, y después tuvo sus más y sus menos con el régimen, más menos que más desde firmó el manifiesto apoyando las huelgas mineras en Asturias y tuvo que marcharse a dar clases en una universidad en los Estados Unidos. En cualquier caso, no hay ningún rastro del Torrente real en el personaje de ficción salvo el apellido.
Ahora que acaba de estrenarse a bombo y platillo Torrente presidente, la sexta entrega de la franquicia (está claro que se trata de una franquicia, no de una saga), dicen que muchos seguidores de Vox se han molestado mucho ante la evidente parodia de un partido llamado Nox, pintado todo él de verde fosforito, y un candidato que es una burla en trazo grueso de Santiago Abascal, el Führer de Amurrio. Sin embargo, Segura se ha blindado estructurando su película a base de cameos y chanzas que se chotean de todo el espectro político actual, desde Brianeitor en el papel de Echenique a Bertín Osborne haciendo de Pedro Sánchez. En pleno auge mundial del fascismo -y obviando las abismales diferencias estéticas-, esto da una idea de lo lejos que se encuentra el enésimo producto de Segura, de catedrales de la comedia como El gran dictador, de Chaplin, o To Be or Not To Be, de Lubitsch.
Porque Segura (a quien el apellido le sienta como a Electra el luto) trata ante todo de no molestar, de no perder público, de afianzar la taquilla situándose en una faraónica equidistancia donde se igualan antifascistas y fascistas, el periodismo de verdad y el periodismo de mierda al estilo Vito Quiles, o ese irrisorio porcentaje de denuncias falsas y las apabullantes cifras, los terribles testimonios, las heridas y las muertas víctimas de la epidemia de la violencia de género. Ni derecha ni izquierda, ni machismo ni feminismo, amiguetes, no vaya a ser que la gente se cabree y salga del cine pensando, cuando de lo que se trata es de soltar la pasta, echarse unas risas y todos tan contentos.
Aun así, dudo mucho de que la inmensa mayoría de votantes de Vox haya descubierto a estas alturas que José Luis Torrente es una sátira, no cuando sus referentes, desde la sede del partido a la taberna del chino de Usera, podrían servir de decorados en cualquiera de las seis películas. Fue Adolf Hitler quien le copió el bigote a Chaplin, no al revés, siguiendo el mismo principio básico por el que tantos dictadores (Mussolini, Stalin, Franco, Mao, Fidel, Videla) parecen cómicos de cine mudo. Estos días la auténtica comedia loca está en esa guerra de trincheras protagonizada por varios líderes de Vox rebotados del partido (Ortega Smith, Juan García-Gallardo) que acusan directamente a Abascal de utilizar el partido como secta, chiringuito personal y plan de pensiones. Sin embargo, a diferencia del electorado de izquierdas -que no pasa ni media a cualquiera de sus ídolos-, el de derecha no sólo perdona robos, corruptelas y disparates a manta, sino que los aplaude con fervor. Para ellos, ese ex policía machista y repugnante no es una crítica ni una parodia, sino un modelo a seguir, un ejemplo de patriota. Torrente, unas pajillas. Torrente, viva España.
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