Opinión
Tradicionalismo cipayo

Por Israel Merino
Reportero y columnista en Cultura, Política, Nacional y Opinión.
Pero qué tradicionalismo defiendes tú, chaval, si eres el fontanero oficioso y voluntario de la uretra globalista de Goldman Sachs o Palantir, si te arrancarías el prepucio a tiras para hacer pergaminos en los que garabatearles la contabilidad si se quedaran sin luz en sus oficinas trasatlánticas; si le bajarías con ilusión la pensión de viudedad a tu abuela, no finjas ahora lo contrario que ya te tengo calado de redes, si el consultor de turno subcontratado por una big four a media jornada – doce horitas – dijera que hay que sanear la Seguridad Social degollando el poder adquisitivo de las que dieron la teta a quienes nos dieron la teta.
Si te hemos vuelto a ver este fin de semana, tío, defender el sionismo pérfido del ente que usurpa mi nombre cuando hemos sabido que en Jerusalén ha impedido celebrar al patriarca católico, la máxima autoridad de esa religión a la que dices pertenecer aunque yo te vea poquito en misa, una celebración tan importante como la del Domingo de Ramos; que te ha faltado tiempo para salir a tuitear o instagramear o lo que sea – ¿cobras por ello? – que la noticia es falsa y Netanyahu ha restringido las celebraciones de todos los credos por una cuestión de seguridad, cuando sabes perfectamente que ha prohibido solo los eventos de más de cincuenta personas y que la misa del patriarca iba a ser una celebración íntima con su entorno – y que las fuerzas de seguridad de Israel no han mostrado este garantismo selecto por otros credos como el judaísmo –.
Que te tenemos calado. Odias a la mitad de los españoles porque no creen en tus dogmas de bidet neoliberal y has encontrado en la carcasa estética de lo que adjetivas como tradicional una excusa de apariencia sofisticada para parapetar tu cipayismo; si ni siquiera eres el primero que lo hace, qué va, pues ya había minúsculos jefes de opinión en diarios que se dicen líderes de audiencia, aunque luego despidan a sus redactores porque no les da la audiencia, presumiendo de mantillas y costumbrismo español mientras celebraban como alcorconazos los aranceles contra España – luego se preguntarán por qué les falla la tan redundante audiencia –. Que no te importa tu gente, tío, ni tu vecino ni tu abuelo, ni los aceituneros de Jaén ni las pescaoras de Xixón, ni los empobrecidos artesanos de Talavera ni los que tienen hasta callos en la ojeras por la ansiedad de vivir apelotonados en Madrid; solo eres un usurpador miserable de patriotismo estético, un sumiso voluntarioso de la coalición Epstein que ha encontrado en cuatro referencias carroñeras a la cotidianidad española una forma de atacar a quienes viven de verdad la cotidianidad española, un fiel perrito de ese estado en el que más de uno y de dos y de tres se burlaron de las doscientas vidas que el agua segó en Valencia y aseguraron después que había sido un castigo divino – no lo olvido, no lo puedo olvidar, no lo quiero olvidar –. Eres un cipayo tradicionalista aunque tú te creas un basado.
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