Opinión
Trump canta La Parrala

Por David Torres
Escritor
No es nada fácil ser Donald Trump, un personaje que tiene que construirse cada mañana temprano, desde que uno de sus mayordomos caza a tiros una mofeta y la rocía de espray naranja, hasta que él desayuna y se encasqueta la mofeta muerta en la cabeza. Hay días que parece que se peina a portazos y otros que parece que se ha desayunado la mofeta. Pero casi siempre sale al mundo de mala leche, despeinado, alzando mucho el hocico, convencido de que el mundo es el patio de un colegio y los países que lo pueblan chavales desobedientes que no quieren darle el bocadillo. Donald Trump está perpetuamente cabreado no sólo porque tiene la misión divina de agrandar América y no le dejan, sino porque además tiene que agrandar a Donald Trump, algo verdaderamente difícil.
Cada día se levanta, va al baño y allí piensa qué más podría hacer para ser más Donald Trump de lo que es, un problema que excede las capacidades humanas de raciocinio e incluso las otras. Es multimillonario desde pequeñito, evasor de impuestos a gran escala y presidente de los Estados Unidos, pero eso no basta para un ego tan monumental que, con más de siete mil millones de dólares de patrimonio, no tiene ni para pagarse los adjetivos que se merece. Para otra gente a lo mejor la Casa Blanca es el final, pero para Trump es sólo el principio. Le ha dado la vuelta como un calcetín a aquella famosa frase de Kennedy: "No preguntes lo que tu país puede hacer por ti, pregunta lo que puede hacer por mí".
"El mundo nunca es suficiente" -que rezaba el escudo de armas de James Bond- es una frase que Trump estamparía en una gorra. Aunque se le ocurriera tirar abajo la Estatua de la Libertad -por señora y por francesa- y ordenara poner en su lugar una suya hecha de oro puro y veinte metros más alta, el actual inquilino de la Casa Blanca sabe de sobra que ya no hay forma de llamar más la atención, de manera que no le queda más remedio que ser otro. Ser todos los que pueda. Voltaire aseguraba que quien no se contradice al menos una vez al día, es un idiota, consejo que siguieron a rajatabla genios de la talla de Nietzsche, Unamuno y, hoy día, Donald Trump. Puede que el término genio sea algo exagerado para aplicarlo al gran jefazo, pero está certificado por Iker Jiménez, que tiene un gabinete especializado en estas cosas. Gore Vidal dijo que Andy Warhol era el único genio que había conocido con un cociente intelectual de 60, pero eso es sólo porque no adivinó lo lejos que iba a llegar Donald.
El caso es que Trump, al igual que Sófocles, Ibsen o Shakespeare, contiene multitudes en su proceloso interior, un sinfín de pequeños Trumps que combaten entre sí, se refutan unos a otros y no dejan de llevarse la contraria. Un Trump dice "Groenlandia" y al rato otro Trump le contesta “Venezuela”. Un Trump pone aranceles a todo dios y otro Trump los quita sin el mayor problema. Un Trump invade Irán y al día siguiente otro Trump anuncia que va a tomar Cuba. Un Trump llama a la OTAN para que le eche una mano y otro Trump asegura que va a cargarse la OTAN. La Parrala sí, la Parrala no, la Parrala es dueña de mi corazón. Está al caer un remake de Cómo ser John Malkovich con todos los personajes interpretados por Donald Trump.
Me dirán que esto es un síntoma típico del Trastorno de Personalidad Múltiple, e incluso que andan por ahí tipos con un embudo en la cabeza aquejados de una indecisión similar. Sí, pero la gracia es que a ninguno le hace caso un portaaviones, ni puede enviar una escuadra aérea a bombardear un país, ni mucho menos tiene acceso al botón nuclear. Después de poner a parir el régimen de los ayatolás y de autoproclamarse salvador de las mujeres iraníes, Trump acaba de declarar: "Estoy tratando con gente muy inteligente. Son personas muy astutas. De otra manera, no llegarían donde están”. Vete a saber lo que declara mañana, pero de momento ha dicho que “tal vez no deberíamos estar allí, tenemos mucho petróleo".
No me hagan mucho caso, pero puede que alguien se esté beneficiando de la subida exponencial del precio del crudo y de la amenaza de crisis mundial. Me imagino que los mil millones de dólares diarios que le cuesta la guerra a Estados Unidos irán a parar al bolsillo de alguien. Eso por no hablar de quién se ha quedado con las reservas del petróleo venezolano durante el cierre del estrecho de Ormuz. Oye, quizá Donald Trump sea realmente un genio después de todo, varios genios si tenemos en cuenta no sólo sus bandazos de personalidad sino los inmensos beneficios que se está embolsando su familia desde que aterrizó por segunda vez en la Casa Blanca. Quienes lo llevan bien jodido son sus hinchas y admiradores, que día a día no saben a qué carta quedarse ni qué gorra ponerse en este emocionante juego de ¿Qué Donald Trump toca hoy?
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