Opinión
Trump entre pelotas

Por David Torres
Escritor
Al paso que va, llevándose la contraria de un día para otro y borrando titulares según abre la boca, el reinado de Trump podría significar una nueva edad dorada del periodismo. Si en el siglo pasado uno compraba el diario para saber a qué atenerse durante las próximas 24 horas, con Trump hay que mirar la pantalla cada cinco minutos y aun así tampoco hay que descartar que te caiga encima una bronca, un arancel, una palmada en la espalda o un pepino. Gracias al presidente fucsia fosforito, la actualidad ha recobrado ese pulso imprevisible que es la marca de agua de un periódico. García Márquez decía que la mejor noticia no es la que se da primero, sino la que se da mejor, pero con Trump la mejor noticia es una página en blanco.
Fuese porque le sentó mal el desayuno o porque no encontraba su gorra favorita, el miércoles por la mañana Trump acudió a la cumbre de la OTAN en Ankara y dijo que España era un socio terrible, que no cumple con sus obligaciones militares y que iba a cortar cualquier relación comercial con ese país tan díscolo en cuanto le explicasen dónde situarlo en un mapa. Al instante, Abascal y sus mamporreros lamentaron que España fuese a desaparecer del tinglado europeo al tiempo que celebraban con champán el enésimo descalabro internacional de Pedro Sánchez frente al emperador naranjito. Por un momento Ayuso barajó la idea de dejar la Puerta de Alcalá pintada eternamente con las barras y estrellas y dejar la celebración del 4 de julio congelada hasta el 30 de diciembre. Por su parte, a las once y pico de la mañana Feijóo seguía asomado a un balcón en Pamplona esperando que alguien le dijera si los toros iban a volver al encierro calle arriba o si se habían tomado una baja.
Al día siguiente, jueves, Trump se levantó de mejor humor y dijo que España se había redimido al acceder a una solicitud de pago a la OTAN, que pelillos a la mar y que aquí no ha pasado nada. Desde el gobierno español no acababan de entender a qué diablos se referiría Trump con lo de la solicitud de pago, con lo que las hipótesis más plausibles ante ese repentino cambio de opinión oscilaban entre que, o bien le habían dado hora para un trasplante capilar en una clínica turca, o bien había encontrado la gorra. Sin embargo, lo más probable es que la furia cítrica de Trump se apaciguase tras el apacible coloquio que mantuvo con Pedro Sánchez. Por lo visto, hablaron de golf y, sobre todo, de fútbol, un deporte que Trump cree que también se practica a base de portaaviones en el estrecho de Ormuz y donde Estados Unidos va ganando por goleada. Una lástima que no estuviera M. Rajoy para explicarle que "en el fútbol lo que de verdad importa es meter más goles que el rival. Si no lo haces, pierdes, o en el mejor de los casos, empatas". Con su inglés de Sanxenxo, esta lección de estrategia internacional hubiese estado a la altura de los discursos más brillantes de Churchill, de Cicerón o de Chiquito de la Calzada.
Al final fueron las pelotas las que salvaron la situación, las de fútbol, las de golf y las de Sánchez al torear tranquilamente a un verraco colorado y devolverlo vivo a los corrales. No hay nada que le guste más a Trump que el que le hagan mucho la pelota, una costumbre higiénica que nadie lleva más lejos que Mark Rutte, secretario general de la OTAN. Durante la ceremonia de apertura, señalaba sin parar las zapatillas blancas del primer ministro albanés, Edi Rama, a ver si conseguía que su papaíto Trump le hiciera caso y lo único que consiguió fue quedar ante medio mundo como un memo y un chivato. Por la cara que puso, Trump debía de estar pensando que Rutte, con su pinta de encargado de unos grandes almacenes, sería más eficaz dirigiendo una zapatería en lugar de dirigir la OTAN. Peor aún lo pasaron Abascal y sus mamporreros, que el jueves tuvieron que guardar otra vez el champán, cuando ya se frotaban las manos ante la posibilidad de que secuestrasen a Sánchez para hacer compañía a Maduro. Ayuso también se quedó con las ganas de que una escuadra de aviones americanos empezase a bombardear La Moncloa. Por su parte, Feijóo seguía en un balcón de Pamplona esperando otro chupinazo.

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