Opinión
Trump y sus predecesores en la presidencia de Estados Unidos (2)

Por Ramón Soriano
Catedrático emérito de Filosofía del Derecho y Política de la Universidad Pablo de Olavide de Sevilla
En un artículo de prensa anterior examiné los conceptos de excepcionalismo, unilateralismo e imperialismo para precisar en qué medida se acercaba o separaba Trump de los presidentes de Estados Unidos. Sigo a continuación con otros criterios.
La seguridad de Estados Unidos y del mundo
La seguridad es un concepto recurrente en los discursos de los presidentes estadunidenses. No tiene como argumento la relevancia de los valores máximos aducidos por ellos, las libertades y la democracia, pero es un principio rector de la política exterior e interior de Estados Unidos con importantes aplicaciones prácticas: complejo industrial militar, control interno de la ciudadanía, la guerra preventiva contra los adversarios contraria a la guerra legal de Naciones Unidas, etc. Diríamos con certeza que los valores emblemáticos son la libertad y la democracia y el valor real y determinante la seguridad.
La seguridad es tan relevante que los presidentes no están dispuestos a someterla a las decisiones de los organismos internacionales o de sus aliados, aunque frecuentemente dicen que la paz es un objetivo, en el que deben caminar juntos Estados Unidos y los Estados amigos. Puesto que la falta de seguridad amenaza a Estados Unidos más que a cualquier otra potencia, el Gobierno estadounidense debe actuar con gran responsabilidad y como crea oportuno y, si es necesario, sin contar con la intervención de los aliados.
El documento doctrinal más importante en política exterior de George Bush, Estrategia de Seguridad Nacional (NSS), es todo un discurso acerca de la función de la seguridad en la política estadounidense. En el texto del documento, en el que resplandece una cultura de la fuerza propia de los proyectos imperialistas, hay una frase elocuente, tras plantear el nuevo programa de seguridad del mundo: our best defense is a good offense. Una frase que no necesita comentarios.
Hay bastante demagogia en esta manera de ver los presidentes la seguridad del mundo conectada a la seguridad estadounidense, como si la gran potencia fuera la madre benevolente que cuida de todos los países. No es así, porque la pretendida seguridad se incentiva desde la jerarquía y el egoísmo del hegemón, que no deja que nadie ponga en peligro su preeminencia y pueda convertirse en su competidor.
Trump ha dejado de situar a la seguridad como punto relevante en sus discursos, a no ser que identifiquemos los conceptos de seguridad y defensa en su crítica a los Estados que no gastan en defensa lo que les corresponden. Pero en este caso tiene más bien una acepción económica. Para prestar credibilidad a sus palabras, hay que valorar sus actuaciones. En la esfera interna poco cabe esperar de quien alentó a miles de personas a asaltar el Capitolio, otorgándoles después el indulto. En la esfera externa se alinea con el agresor: el que invade un país vulnerando su soberanía e integridad territorial y el que comete genocidio contra el pueblo palestino. Dice acabar con las guerras y trastoca el panorama bélico mundial, unilateralmente y en falso, colocando las semillas de interminables guerras futuras.
El derecho internacional
En general los presidentes estadounidenses proclaman su respeto al derecho internacional y a Naciones Unidas. En la práctica sus actuaciones cumplen con su promesa, si en los casos concretos se alinea este derecho con los intereses nacionales de su país. No esporádicamente, sino con cierta frecuencia, los presidentes se han colocado al margen del derecho internacional y de organizaciones internacionales surgidas de Naciones Unidas y de pactos firmados por ellos.
No creo equivocarme si escojo a Barak Obama como ejemplo de esta doble cara de la moneda. Obama siempre proclamó su respeto al derecho internacional. Cuando recibe al presidente de Ucrania, Yatsenyuk, el 12 de marzo de 2014, declara: “la incursión rusa en Crimea fuera de sus bases es una violación del derecho internacional y los convenios internacionales que Rusia ha firmado y una violación de la integridad territorial y la soberanía de Ucrania”. Pero se olvidó del derecho internacional en actuaciones concretas.
En Trump no existe esta dualidad entre teoría y práctica, lo que se dice y lo que se hace, sino un público desprecio al derecho internacional, que ha quedado según él caduco e inservible, y de las organizaciones internacionales, que promocionan ese derecho, comenzando por Naciones Unidas. Intenta crear un nuevo orden mundial, en el que la regla de derecho sea sustituida por el voluntarismo de los poderosos. No le importa si el líder político de una nación es un transgresor consumado del derecho internacional, como Rusia. Ha sustituido el derecho por el beneficio propio a toda costa y sin limitaciones.
Hitler sustituyó el sistema de fuentes de derecho liberal por la única fuente del derecho, el espíritu del pueblo (volkgeist), del que él era el único intérprete y ejecutor. Trump margina el ordenamiento jurídico de su país, como Hitler, poniendo en su lugar sus numerosos decretos contra la Constitución y la ley. Se ha atrevido a anular una enmienda constitucional, que únicamente puede hacer el Congreso y las Asambleas legislativas de los Estados. Hitler esperó a que el Parlamento alemán le concediera plenos poderes. Trump se ha atribuido plenos poderes desde el primer instante de la toma de posesión de la presidencia de Estados Unidos, arrogándose competencias exclusivas del Congreso.
Los intereses nacionales y vitales de Estados Unidos
Intereses nacionales e intereses vitales se intercambian con el mismo significado y alcance en las declaraciones de los presidentes estadounidenses. Estos intereses no son una cuestión menor en la política exterior, sino el centro de esa política. Cuando Obama desgrana sus criterios de la guerra justa en el emblemático discurso en la Academia militar de West Point, el 28 de mayo de 2014, como punto primero defiende el uso de la fuerza militar excepcionalmente, cuando los intereses vitales de Estados Unidos (core interest) lo exija, unilateralmente si es necesario. Identifica estos intereses: cuando aparece una amenaza directa e inminente contra el pueblo americano, su territorio o estilo de vida.
En la política exterior los derechos humanos a veces entran en conflicto con los intereses nacionales y vitales de Estados Unidos y el hecho comprobado es que los presidentes optan por la prioridad de los segundos.
Obama, galardonado con el Premio Nobel de la Paz 2004, pasa por ser el presidente más reivindicador de los derechos humanos, pero en múltiples ocasiones no ha dejado de optar por la prioridad de los intereses nacionales. Algunos ejemplos: en el conflicto en 2013 con la Siria de Bachar al Asad, en el que se lavó las manos en los atropellos del tirano, que empleó gas químico contra su propio pueblo, prohibido en los tratados internacionales. En el conflicto palestino-israelí en 2014, cuando Israel perpetró una política de exterminio de los palestinos únicamente superada por el actual genocidio de Gaza. Igualmente Obama se mantuvo al margen. Pudo más la amistad con el transgresor y los mutuos intereses estratégicos compartidos que el derecho a la vida de los miembros de un pueblo dominado y sometido.
Trump ha llevado a los intereses nacionales y vitales a la más alta cota. Intereses que se concretan en el eslogan de sus dos campañas electorales: First America. América y sus intereses son para él el primer principio político. Y por esos intereses está dispuesto a todo: a enemistarse con sus tradicionales aliados, imponiéndoles nuevos aranceles y exigiéndoles más presupuestos de defensa, a separarse de organizaciones internacionales, porque perjudican los intereses económicos de su país, a robarle a los palestinos de Gaza su territorio y a los ucranios sus tierras de metales raros, a apoderarse del canal de Panamá y de Groenlandia. No es que los intereses nacionales sean prioritarios, como en los otros presidentes, sino que lo son todo en su política exterior. Y apenas nombra a los derechos humanos en conflicto con esos intereses, que a sus antecesores en el cargo al menos les inspiraban preocupaciones. Y disfraza con el concepto de interés nacional lo que no es sino una vulneración de los derechos de las personas, las organizaciones y los Estados.
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