Opinión
Los turistas francotiradores y el sentido de la violencia

Escritora y doctora en estudios culturales
En la sala de disección de las facultades de medicina –me contó hace poco una amiga doctora–, los alumnos exploran cadáveres para la asignatura de Anatomía, que se ofrece a comienzos de la carrera. El análisis de estos cuerpos es esencial para los futuros profesionales, pero verle la cara a la muerte, que al cabo de un rato comienza a oler y a soltar agua a pesar de la refrigeración, actúa como medida disuasoria para quienes no le aguantan la mirada, y acabarán dedicándose a otra cosa. Me he acordado de esta imagen al leer que, durante el sitio de Sarajevo en la guerra de Bosnia, entre los años 1992 y 1996, muy probablemente existió un turismo sanguinario que ahora investiga la fiscalía de Milán. Se trataba de extranjeros multimillonarios que, presuntamente, pagaban hasta 100.000 euros por acomodarse en las zonas más altas de la ciudad sitiada y matar a civiles inocentes por diversión, normalmente los fines de semana. Si la víctima era un niño –con menor cuerpo para ejercitar la puntería–, el precio subía: así probarían su pericia con las armas hombres que, en su mayoría, eran cazadores.
La historia perfora los sentidos y subraya la megalomanía de quienes, acostumbrados a ejercer un poder inmenso sobre casi todo, ansían una descarga extra de adrenalina que aderece sus biografías. Pero también nos habla de la impunidad que otorga el dinero (el caso, por lo visto, se conocía entre autoridades y testigos); de masculinidades desbocadas que quizá buscasen autoafirmación en estos actos criminales; y de una condición que, a pesar de todo, no representa la normalidad. A la muerte, propia y ajena, se le suele temer. Deja secuelas psicológicas en quienes la practican, a veces forzados. A lo largo del último siglo y pico –con la modernización de la guerra– se han inventado sofisticadas tecnologías que impiden contemplar el rostro de los abatidos, desde aviones bombarderos hasta drones. Las armas –cuenta el antropólogo Alfredo González Ruibal– se diseñan con una estética especial, pues añadir belleza al artilugio sirve el propósito de disfrazar el horrible fin de su función. La banalidad del mal, de la tan citada Hannah Arendt, sirvió para demostrar que es más fácil cometer crímenes atroces si se compartimentan y burocratizan sus procesos, como en una cadena de montaje. Y, aun así, todavía hay gente capaz de comprar el ticket de un viaje hacia el horror y disparar allí alegremente, lúdicamente, durante su tiempo de ocio.
¿Qué pensarían mientras apretaban el gatillo? ¿Qué motor de la superioridad supraterrenal se activaría en las manos que contrataban el peor tour posible para después catapultar las balas hacia la carne mullida de la vida? Si una contienda moldea personalidades atravesadas de crueldad, hasta el punto de que, tras el armisticio, continúan desplegando esas pulsiones, como sabemos por los testimonios de veteranos (y por las novelas de Ágota Kristóf), ¿qué puede, dentro de la cotidianeidad civil, generar semejante monstruosidad? ¿Una infancia traumática? ¿El aburrimiento más feroz? Quizá estas preguntas sólo puedan responderlas la poesía y la filosofía, pero su formulación es pertinente en un mundo que se desarrolla cada vez más habituado a la violencia, televisada y viralizada –violencia real narrada en cortes de pantalla, con música o subtítulos, espectáculo diario para unos músculos que se van poco a poco anestesiando– y asimila su derrame y accesibilidad hasta en los teléfonos de los menores, tan conectados a la pornografía.
Pienso que el salto que va desde el barbarismo en Sarajevo hasta nuestras casas quizá no sea tan grande como en un principio creemos, mediando ciertas barreras que actúan de distanciamiento para la culpa. Una de ellas podría ser la pantalla, pero también podrían darse las oficinas precisas entre los responsables políticos de una tragedia y las tumbas de sus damnificados; o el laberinto digital por el cual se vuelve casi imposible conseguir una cita médica ante una enfermedad que se complica; o tal vez el tacto de la papeleta que se arroja a la urna en unos comicios, porque hay votos que contienen un pedacito de sufrimiento, al igual que la firma de algunas leyes o normativas que eliminan protecciones medioambientales, o desregulan el uso de sustancias químicas. Como inteligentemente argumentan mis amigos veganos: ¿serías capaz de aniquilar con tus propias manos al animal que te comes? En el chuletón no se ve la carita al ternero, por eso, a menudo se le pone un nombre distinto al del animal, troceado, despiezado. Si los turistas francotiradores sí gozaban de esa visión, si no de la cara, al menos de la figura de sus dianas humanas, el resto poco a poco vamos naturalizando lo que nunca se alineó a la naturaleza, que es ese sadismo (de las instituciones vendidas, de la rendición geopolítica) permeando nuestras sensibilidades mientras Europa se militariza.
La historia no nos absolverá, pero leyendo sobre los presuntos verdugos viajeros, clientes de la industria del terror, siento deseos de fundar escuelas de paz, llenar el barrio de flores, prevenir –con todo el cariño– cualquier gramo de tolerancia a la violencia, en directo o en diferido.
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