Opinión
Ni es tuya la empresa ni pasarás a la historia

Periodista y escritora
Hay un par de frases que deberíamos tatuarnos en la pechuga. Podríamos hacerlo del revés, para que se lean bien en el espejo, cuando la vanidad nos lleva a creer que somos alguien, que nuestro paso por esta tierra dejará algún rastro, cuando la vanidad —¿a diario?— nos ocupa. Dos frases.
Frase una: No vas a trascender, burbuja fatua.
Frase dos: La empresa no es tuya, servil engranaje miserable.
Lo que va después de las comas podemos ahorrárnoslo, es una licencia que me permito este sábado, sentada aquí en la Estació del Nord de València, mientras afuera cae una lluvia terca que echa a perder las alpargatas.
Hace unos días hablaba con la hija de una gran escritora española, ya desaparecida. "En cuanto mueres, empiezas a desaparecer", comentó pensando en su madre. Yo me pregunté quién se acuerda ahora de tantos y tantas autoras que en su momento parecían pertenecer al Olimpo de lo que permanece para la eternidad. No diré nombres, bastantes enemigas acumulo. No diré nombres, pero podéis vosotras y vosotros recitaros mentalmente todos los nombres de aquellas gentes que sabéis que desaparecieron definitivamente.
En la esquina izquierda de este bar de estación donde una máquina amarilla vende hot snacks asiáticos desde un expositor llegado del peor futuro, contra el vano de la gran puerta acristalada, una muchacha muy joven apoya la cabeza sobre el hombro de su acompañante. Van cayéndole unas lágrimas que son las de siempre, las que llevan cayendo de los ojos de las amantes en todas las estaciones del mundo desde que el mundo tiene estaciones. Pero eso ella no querrá saberlo, porque necesita que sus lágrimas sean únicas.
De la misma manera que los poderosos y los artistas necesitan imaginar trascendencias y eternidades. Como las trabajadoras y los trabajadores a los que se premia con un amago de cargo, un amago de monedilla extra, necesitan formar parte de ese algo mayor llamado empresa que las devorará sin soltar un solo eructo.
El pasado jueves, la Unió de Periodistes Valencians entregó sus premios Llibertat d’Expresió. Entre otras, premió a cuatro mujeres profesionales de À Punt, la televisión pública de allí: Elena Tamarit, Amparo Peiró, Alba Montoya y Menchu Illán. Estas mujeres abandonaron su trabajo acogiéndose a la cláusula de conciencia por considerar que la transformación del medio era "incompatible con los principios del servicio público". Eliminados los espacios dedicados a la memoria democrática, la cultura, el análisis, eliminados la perspectiva de género y los mecanismos de diálogo y control internos, la renuncia de estas mujeres muestra, sencillamente, que se puede.
Frente a una profesión cada vez más dócil con las empresas —públicas o privadas— para las que trabaja, este premio es un respiro. Es un paso excepcional, y dicha excepcionalidad es lo que duele. Pero da gusto pensar que, cuando llegue la patada en el culo que la mayoría de los profesionales de la comunicación acabaremos recibiendo, los culos de estas mujeres ya no estarán ahí.
Sigue lloviendo en València. Y sigue la muchacha llorando lentas lágrimas sin saber que no son suyas. Como millones de trabajadores ignoran que no es suya la empresa y tantísimos creadores y poderosos, que su memoria será sólo un puñado de huesos bajo tierra.
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