Opinión
La UE avanza el cambio de objetivos y valores

Profesora de Ciencia Política y Estudios Europeos en la UCM.
La UE se enfrenta a un ciclo electoral que puede terminar de enterrar los consensos políticos sobre los que se construyó el proyecto comunitario. Las elecciones españolas de noviembre, precedidas por las estadounidenses de medio mandato y seguidas por las de Francia, Italia y Polonia, pueden consolidar una transformación que lleva años gestándose. No estamos simplemente ante la posibilidad de que gobiernen más partidos conservadores o de extrema derecha. Estamos ante algo más profundo, la progresiva normalización de sus agendas y la renuncia de buena parte de las fuerzas tradicionales a disputarles el terreno político.
Porque la derechización de Europa no comenzó con la llegada de la extrema derecha a los gobiernos. Comenzó cuando los partidos que decían combatirla asumieron sus diagnósticos, adoptaron su lenguaje y terminaron incorporando sus propuestas. La política migratoria europea es probablemente el ejemplo más evidente. La excepcionalidad jurídica, la externalización de fronteras y la erosión del derecho de asilo se han convertido en políticas comunitarias bajo gobiernos que siguen reivindicándose como defensores de los valores europeos. Algo parecido sucede con la transición ecológica, progresivamente subordinada a las exigencias de competitividad, o con una agenda presupuestaria donde la defensa gana espacio mientras las políticas sociales siguen sometidas a restricciones fiscales. Así que no, la extrema derecha no necesita conquistar Bruselas. Le basta con que Bruselas gobierne con sus prioridades.
En este contexto, las elecciones españolas adquieren una dimensión que trasciende nuestras fronteras. Una eventual salida de Pedro Sánchez de la Moncloa supondría la pérdida de uno de los últimos grandes contrapesos socialdemócratas dentro del Consejo Europeo. No porque España haya conseguido modificar por sí sola la orientación comunitaria, sino porque ha mantenido posiciones diferenciadas en cuestiones como Gaza, la política migratoria o el gasto militar. La importancia de esas discrepancias reside precisamente en que demuestran que existen alternativas políticas a decisiones que Bruselas presenta con demasiada frecuencia como inevitables.
Un gobierno encabezado por Feijóo reforzaría al Partido Popular Europeo y reduciría el peso de los socialistas en las negociaciones comunitarias. Si Vox participara en ese Gobierno, la conexión entre la derecha tradicional y la radical adquiriría una dimensión todavía más explícita. Pero el problema europeo no comienza ni termina en Vox, que, pese a algunos, sí es derecha reaccionaria y extrema. El interrogante es hasta qué punto el Partido Popular Europeo está dispuesto a seguir sosteniendo sus acuerdos con socialistas y liberales cuando puede encontrar apoyos a su derecha para desarrollar buena parte de su agenda.
Francia representa el siguiente gran punto de inflexión. Una llegada de la extrema derecha al Elíseo podría alterar el eje francoalemán y modificar los equilibrios sobre los que históricamente ha descansado la integración. Si a ello se sumara la continuidad del nacional-conservadurismo de derecha reaccionaria italiano y un eventual giro político en Polonia, la UE podría encontrarse con una masa crítica de grandes Estados dispuestos a redefinir sus prioridades. Y no necesariamente mediante vetos o bloqueos. El cambio más peligroso para el modelo social europeo sería que esas posiciones se convirtieran en el nuevo consenso institucional.
Estaríamos avanzando entonces a una Europa más integrada en defensa, más restrictiva en migración, más disciplinada fiscalmente y menos ambiciosa en derechos sociales. Una UE que encontrara recursos para incrementar sus capacidades militares, pero siguiera considerando extraordinariamente compleja la financiación de políticas comunes de vivienda, protección social o redistribución. No sería el final de la integración europea, sino su transformación en un proyecto cada vez más securitario y menos social.
Mientras tanto, al otro lado del Atlántico, las elecciones de medio mandato pueden debilitar a Trump, pero difícilmente acabarán con el trumpismo. Incluso un Congreso adverso dejaría intactas buena parte de las tendencias estructurales de la política estadounidense. Europa haría mal en confiar en que un cambio de mayorías en Washington resolverá sus propias contradicciones. Su dependencia militar, tecnológica y estratégica no desaparecerá con una derrota electoral republicana. Y tampoco lo hará la subordinación política de algunos gobiernos europeos a las prioridades estadounidenses.
Sin embargo, sería un error interpretar este ciclo como una victoria inevitable de las derechas. El malestar social que alimenta su crecimiento no les pertenece. La crisis de la vivienda, el deterioro de los servicios públicos, la precariedad y la desigualdad están generando movilizaciones que comienzan a disputar el monopolio de la protesta a la extrema derecha. Las experiencias de Nueva York y Berlín muestran que, cuando la política vuelve a hablar de alquileres, salarios y condiciones de vida, la competición electoral puede desarrollarse sobre otros ejes.
Pero para poder activarlos es imprescindible el concurso de las izquierdas europeas. Durante demasiado tiempo han confundido la defensa de la democracia con la defensa del orden existente. Han pedido a sus electorados que se movilicen contra la extrema derecha mientras aceptaban buena parte de los límites económicos y políticos que alimentan el descontento. Pero no se combate eficazmente a quienes prometen cambiarlo todo ofreciendo únicamente administrar mejor lo que ya existe. En este sentido, la socialdemocracia europea tiene que decidir si quiere seguir siendo el socio menor de un consenso cada vez más conservador o recuperar una agenda propia de transformación social. Porque el problema no es únicamente que la extrema derecha avance, sino que sus adversarios hayan contribuido a estrechar el espacio de lo políticamente posible.
Así que sí, el próximo ciclo electoral puede consolidar el giro a la derecha de Europa, pero también puede abrir una disputa por su orientación. La diferencia dependerá de si las fuerzas progresistas consiguen abandonar una posición permanentemente defensiva y recuperar la iniciativa sobre las cuestiones materiales que atraviesan nuestras sociedades.
La extrema derecha ha entendido que el poder no consiste únicamente en ganar elecciones, sino en imponer las preguntas a las que todos los demás terminan respondiendo. Las izquierdas deberían empezar por dejar de contestar siempre a las preguntas de sus adversarios.


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